miércoles, 27 de julio de 2022

¿Qué es una lente gravitacional?

 


Últimamente hemos visto en los medios y redes fascinantes imágenes sobre este fenómeno, cuya naturaleza es extraordinaria.


En palabras llanas, el espacio-tiempo es una entidad de cuatro dimensiones en las que una es el tiempo y las tres restantes el espacio. La masa es capaz de curvar el espaciotiempo, y esta curvatura viene a ser lo que llamamos “gravedad”. Este es uno de los más curiosos resultados de la Teoría General de la Relatividad de Einstein, y describe la interacción gravitatoria donde los rayos de luz trazan líneas “rectas” a través del espacio-tiempo, pero que precisamente no lo son si tenemos en cuenta solo las tres dimensiones con las que convivimos (alto, ancho y largo) Por tal razón, los rayos de luz siguen la “curvatura” que la gravedad le provoca al espaciotiempo. Así, es perfectamente posible que los rayos de luz emitidos por cualquier objeto puedan ser desviados si hay una concentración de masa cerca.


 Esto se evidencia cuando la luz de una estrella distante (véase figura 1) que pasa cerca del Sol será desviada un pequeño ángulo de tal forma, que parecerá estar para un observador en la Tierra en una posición diferente a la que realmente está. Y esta es la base para entender el fenómeno llamado “lente gravitacional” o “lente gravitatoria”.



                                                        

El telescopio “Hubble” y, más recientemente, el “James Webb” las han detectado cuando la luz (véase la figura 1) que emite la galaxia lejana es curvada por el espaciotiempo deformado por  la gravedad  de la enorme masa del Quásar que está situado delante. De esta forma, la imagen captada por los telescopios muestra la luz  del la galaxia distorsionada “rodeando” al Quásar .

Infografía del autor del blog.

                                                    

Las aplicaciones de la lente gravitacional en astrofísica son invaluables, porque permite detectar luz de objetos muy lejanos que de otra forma no podrían vislumbrarse. Una especie de lente astronómica natural al servicio de la ciencia, que ayuda a hacer realidad la famosa frase de Carl Sagan: "En algún lugar algo increíble está esperando ser descubierto".


             
Lente gravitacional captada por el telescopio Hubble (imagen  NASA) La galaxia oculta se evidencia  deformada alrededor del cúmulo de galaxias   relativamente   cercano del centro de la foto.



Material recomendado:


DarkSapiens. (2011). El efecto de lente gravitacional.

Recuperado el 26 de julio de 2022, de NAUKAS:

https://naukas.com/2011/09/12/el-efecto-de-lente-gravitacional/


Marín, D. (2020). Usando el Sol como lente gravitatoria para ver la superficie de planetas extrasolares.

Recuperado el 27 de julio de 2022, de EUREKA:

https://danielmarin.naukas.com/2020/04/10/usando-el-sol-como-lente-gravitatoria-para-ver-la-superficie-de-planetas-extrasolares/

 

NASA. (2011). El Hubble observa una galaxia lejana a través de una lente cósmica

Recuperado el 27 de julio de 2022, de: Complejo De Comunicaciones Del Espacio Profundo De Madrid. RED DE ESPACIO PROFUNDO

https://www.mdscc.nasa.gov/index.php/2021/07/26/el-hubble-observa-una-galaxia-lejana-a-traves-de-una-lente-cosmica/

 

Cosmos, Carl Sagan (1980)

Historia del tiempo, Stephen Hawking (1988)

 

 



martes, 26 de julio de 2022

                                            

¿LA CULPA ES DE ELLOS O NUESTRA?               

El subdesarrollo de Latinoamérica es un tema que siempre ha oscilando entre los enfoques de la derecha y la izquierda; sin embargo es menester dilucidar, dentro de nosotros, cuál de los dos es el más acertado.




Dentro del contexto de la política latinoamericana podemos encontrar un debate muy interesante en torno a un tema capital que concierne a nuestro continente: ¿el subdesarrollo de nuestro continente es culpa de la influencia neocolonizadora de los países desarrollados, o de los mismos latinoamericanos? Para sintetizar el tratamiento de este complejo tópico en estas pocas líneas, estudiaremos, desde un punto de vista general, la posición que tienen al respecto las dos principales ideologías políticas latinoamericanas: la izquierdista y la derecha.

 

Por el lado de la izquierda, especialmente la más tradicional, es aceptado como un credo la teoría de Eduardo Galeano, quien en su libro Las Venas Abiertas de América Latina, concluye tajantemente que nuestro continente a sido expoliado por las potencias occidentales, especialmente EU, desde la época de la colonia. Tal es la contundencia de la sentencia de Galeano “Es América Latina la región de las venas abiertas. Desde el descubrimiento hasta nuestros días todo se ha transmutado siempre en capital europeo, o más tarde, norteamericano, y como tal se ha acumulado y se acumula en los lejanos centros de poder” Esto significa que las inmensas riquezas de nuestro continente, que son incalculables, fueron lentamente, a través de los siglos, sustraídas mediante un complejo proceso de transformación efectuado primero por los países que nos colonizaron, luego por las potencias europeas y, por último, Estados Unidos. 

Para Galeano, la riqueza es un bien de cada nación, como un inmenso tesoro que es necesario cuidar, preservar para el bien de los ciudadanos. Si se deja que una potencia extranjera tenga mucha influencia sobre la política económica de nuestro país, entonces esa fuente de riquezas, ese tesoro, va a parar a las arcas extranjeras. Esta visión de las relaciones comerciales ha tenido profundo arraigo entre muchos grandes intelectuales de América latina, especialmente los inclinados hacia la izquierda. Para ellos, la pobreza que sufrimos es mero producto de la influencia que EU tiene en los asuntos latinoamericanos. Ven con temor y preocupación cualquier tentativa de intercambio comercial con el país del norte. Es así como se explica la dura oposición al TLC por parte de los partidos de izquierda, sindicatos públicos y centrales obreras.

 

El TLC sería entonces, para los que comparten la teoría de Galeano, un factor generador de pobreza y desigualdad para nuestra nación. Al respecto, dice Galeano: “La fuerza del conjunto del sistema imperialista descansa en la necesaria desigualdad de las partes que lo forman, y esa desigualdad asume magnitudes cada vez más dramáticas.” De esta afirmación se desprende que existen dos capitalismos: uno rico (EU) y otro periférico, pobre y explotado (Latinoamérica), al primero le conviene que el segundo sigua siendo subdesarrollado para seguir explotándole (utilizando figuras como el TLC) sus riquezas.

 

Otro factor que tiene la izquierda para explicar el subdesarrollo de Latinoamérica, es la irrupción del Neoliberalismo en los últimos años. ¿Pero, qué es el Neoliberalismo? Aludiendo a una definición “técnica” podemos decir que es la doctrina económica y política que se fundamente en la plena libertad de mercado y el retiro del estado de la actividad económica y de la prestación de servicios. Este modelo, que fue impulsado por EU, se extendió en Latinoamérica durante los años 80s y buscaba conjurar los problemas de bajo crecimiento económico de la región. La idea era que, al quedar libe el Estado del control directo de la economía, el libre mercado se encargaría de generar riquezas ¿Y cómo lo haría? Incentivando la inversión extranjera, promoviendo las exportaciones, promoviendo igualmente la competencia para eliminar los monopolios económicos y diversificar el mercado haciéndolo más productivo y eficiente, integrando al país a la globalización por medio de tratados de libre comercio con las naciones ricas etc. Sin embargo, como ya se dijo, la izquierda piensa que el Neoliberalismo es nocivo para nuestro continente. 

Un intelectual importante que tiene este pensamiento es José Consuegra Higgnis quien dice: “(El Neoliberalismo)...entrega toda la riqueza nacional sin asomo de escrúpulos a la voracidad de las llamadas multinacionales. Empresas que fueron el fruto de esfuerzos y sacrificios nacionales, del trabajo y los recursos presupuéstales, se venden sin regatear y con los ojos vendados, para responder a preceptos de esquemas imperialistas bautizados con el eslogan paliativo de apertura o globalización…” .Según Higgins, y muchos seguidores de este pensamiento, el neoliberalismo sustrae las riquezas y el patrimonio nacional para dárselas a los inversionistas extranjeros, al amparo de los principios de una supuesta integración económica que no es más que un pretexto para conjurar, por parte del imperio norteamericano (y sus satélites: el FMI, la OMC…) su política de dominar los países subdesarrollados de América Latina. Lo mejor sería un Estado de bienestar donde el estado maneje la economía, controle los servicios, incentive el mercado interno para protegerlo de la voracidad extranjera y distribuya la riqueza generando justicia social.


Los detractores del Neoliberalismo, dicen demostrar la validez de sus argumentos poniendo como ejemplo a Argentina, cuya crisis económica se la endilgan al gobierno de Memen, quien llevo a cabo grandes procesos de privatización; otro ejemplo sería la exorbitante alza de las tarifas de servicios públicos ocasionada por culpa de las privatizaciones de empresas estatales en Colombia. Pero, ¿Estos casos se dieron como consecuencia de la aplicación del esquema Neoliberal en Colombia y Argentina? Para la gente del otro espectro de la política latinoamericana, la centro derecha, el Neoliberalismo no es el culpable.

 

Para empezar, en el mundo de la derecha democrática el término “Neoliberalismo” no tiene validez porque siempre ha existido, desde los tiempos de Smith, un solo Liberalismo, el Liberalismo capitalista que se dio en la unión americana a lo largo de su evolución. Por lo tanto, el prefijo “Neo”, dicen, se lo buscó la izquierda para satánizar el libre comercio cuando este llegó a Latinoamérica para desplazar el modelo proteccionista. Lo que muchos llaman Neoliberalismo es simplemente Liberalismo. “La libertad es la base de la prosperidad, _dice el centroderechista Plinio Apuyelo_ y de que el Estado debe ceder a la sociedad civil los espacios que arbitrariamente le han confiscado como productora de bienes y gestora de servicios” .La sociedad es, entonces, la base primordial de la generación de prosperidad y no el Estado. Este, además de ser relativamente pequeño y eficiente, solo regula, vigila, garantiza el cumplimiento de las leyes; por lo que no debe dirigir toda la economía y repartir la riqueza a dedo. Pero, si lo hace, como sucede con el modelo proteccionista, se inflará por el gasto público, se hará insostenible, deficitario, burocratizado y, finalmente, totalmente ineficiente. Así lo explica esta premisa del citado Plinio Apuyelo: “La inversión social concebida (en el Estado Benefactor) como un reparto autoritario de la riqueza en el nivel macroeconómico o como programa estatal financiado con emisiones monetarias, lo que provoca es depresión social.” ¿Por qué? Porque, como se viene diciendo, el Estado Benefactor precisará de más y más dinero para sostener el gasto público generado por sus programas sociales. 

Cada vez se hará necesario crear más entidades estatales, para cubrir la creciente demanda de gente que pide mejoras sociales. Llega el momento en que se encuentra endeudado, con una pesada burocracia que pide muchos privilegios, con un déficit insuperable; circunstancia que lo obligará a emitir y gastar cada vez más. Al final, sólo queda un estado totalmente ineficiente y dominado por la corrupción generada por el abultamiento burocrático. ¿No es mejor un Estado relativamente pequeño pero eficiente, que no tenga que sostener lastres financieros ni burocráticos, y que propicie el desarrollo a través de entes privados? Dicen los derechistas.

 

Ahora, para los partidarios del Neoliberalismo, o liberalismo, existen ejemplos contundentes de su éxito en países latinoamericanos que lo aplican. Es el caso de Chile que, abriéndose a los mercados internacionales, privatizando empresas y entidades, disminuyendo el tamaño del estado, acogiendo en masa la inversión extranjera, tiene una de las tasas de desempleo más bajas del continente. Bueno, sí ¿pero, y qué de Argentina? Para eso también tienen una explicación. Argentina colapsó por las prácticas corruptas que dominaban su gobierno, lo cual impidió el correcto aplacamiento del modelo. Hubo privatizaciones que, simplemente, se convirtieron en otro monopolio para favorecer intereses particulares; también hubo ventas de empresas estatales que fueron mal llevadas por culpa de las corruptelas.

 Lo mismo ocurrió en Colombia y otros países de la zona. Para la centro derecha, la culpa de la pobreza de nuestro continente no está representada en EU, el FMI, o el Neoliberalismo; está representada en la inestabilidad política de nuestros pueblos, en la corrupción, y en la incapacidad de los latinoamericanos de integrarse en torno a una misma forma de proceder, a una misma senda por la cual seguir todos juntos. Cosa que si hicieron “los hermanos del norte” como los llamó Bolívar.

 

¿Quieren saber con qué punto de vista me identifico más? Pues, con este último, con el de la centro derecha democrática. Yo no creo que EU, y las demás potencias, nos hayan robado nuestras riquezas; tampoco creo que nos hayan estado explotando, ni neocolonizando. Igualmente, no creo en el “Neoliberalismo” porque, sencillamente, no existe. Siempre ha habido un solo liberalismo, el que se deriva del capitalismo democrático. Asimismo, tampoco creo en las “oscuras intenciones” del “Imperialismo Norteamericano” para expoliar nuestros recursos por medio de figuras como el TLC.

 

Nadie tiene la culpa de nuestra pobreza o de nuestro atraso, nadie. ¿Entonces quien tiene la culpa? Pues, sencillo, nosotros. Sí, nosotros mismos, hermanos latinoamericanos que nunca, desde los tiempos de la independencia, nos hemos puesto de acuerdo sobre lo que queremos ser, que nunca nos hemos unidos todos en torno a un solo y único fin. ¿Por qué los japoneses han convertido su pequeño país en una potencia económica en un lapso tan corto de cincuenta y nueve años y nosotros, en ciento y tantos años, no lo hemos logrado? Porque, en vez de estar echándole la culpa a todo el mundo por sus desgracias, los nipones se unieron férreamente en torno a un fin común: hacer de su tierra una potencia, un gran país. No hubo discusiones estériles, ni rencillas políticas, ni desacuerdos. Lo mismo hicieron los colonos norteamericanos que se independizaron del imperio británico, y miren hasta dónde han llegado. Pero nosotros, no imitamos ese gran ejemplo. No fuimos capaces de unirnos después de la independencia, no seguimos las orientaciones de Bolívar, quien inspirado en la revolución norteamericana, quiso fusionar los territorios que liberó en una gran nación, en una potencia política, económica y militar que coexistiera con la del norte. Pero no, nos enfrascamos en desacuerdos, brotes individualistas y rivalidades que terminaron por hacer fracasar el plan bolivariano. 

Creo que esta reflexión, del columnista Urbano Rodríguez Muñoz, sintetiza bien la situación: “Si fracasó (Bolívar) fue seguramente porque a los pueblos que dio independencia y libertad, no estaban preparados para usar estas como prueba que después de un siglo de independencia, todavía no se han educado para ser libres.” ¡Cierto! Todavía no sabemos usar esa libertad. Han pasado tantos años, y todavía discutimos, en el caso de Colombiano, asuntos como si nos conviene el régimen parlamentario o el presidencialista, si debemos hacer otra constitución cuando la de 1991 apenas tiene 14 años, si debemos volver al proteccionismo por el supuesto fracaso del modelo aperturista… ¡No me sorprendería que alguien llegase a proponer que cambiemos el himno de la república por uno nuevo!

 

Así hemos estado siempre, sin unidad, sin acuerdo; evidenciando siempre esa adolescencia política de la que no hemos salido y, lo peor de todo ¡Echándoles la culpa a los demás!


Publicado originalmente el 13 de junio de  2007 

miércoles, 22 de junio de 2022

 

El mata ratón

 A propósito de la viruela símica, se me vino 

a la memoria este recuerdo.

Ilustración del autor de blog.

Es el año de 1984 , estaba cuarto de primaria y  en mi salón hubo un  brote de varicela. Uno a uno íbamos cayendo como butifarras, empezó en febrero o marzo. Llegaban a mis oídos los testimonios de los padecimientos de la enfermedad, aunque algunos eran casos muy leves. Me convencí con total seguridad  de que aquel año no lo iba a pasar sin contagiarme. Solo era cuestión de tiempo, ¿pero cuándo? ¿Mañana? ¿Pasado mañana?  Entre los compañeros del aula hacíamos apuestas sobre “quién cae primero”, un juego macabro.

 

Pasó febrero y marzo, nada. Estaba invicto, esquivaba el virus y hasta pensé que las cosas quedarían así. Llegaron las vacaciones de Semana Santa, era el sábado que  precede al Domingo de Ramos. Recuerdo estar leyendo un paquito del famoso “Condorito” en la terraza de mi casa y de un momento a otro empecé a sentirme muy mal, un malestar espantoso se apoderó de mi. La fiebre hizo su aparición, demasiado alta para ser una simple gripa.


“Ñeeerrrrrdaaaa, ya me tocó”, me dije así mismo… Entonces, se prendieron las alarmas en la casa. Mi mamá hizo las llamadas correspondientes y dos ayudas vinieron al rescate: la ciencia representada en una consulta ese mismo día con el Dr. Flórez, el médico de confianza de la familia; y la otra, la medicina tradicional, la de los abuelos, representada en mi abuela Carmen. El médico no dudó en decir que era varicela y me recetó los medicamentos pertinentes, pero mi abuela esgrimió uno que según ella era infalible para la enfermedad: él mata ratón.


 Gliricidia sepium, también llamado, según el país en cuestión, “Gliricidia”, “madre de cacao”, “madriado”, “madricacao”, “mata ratón” (como lo llaman en la costa norte colombiana), es un árbol de la familia de las leguminosas. Habita en toda Centro América, desde el sur de México hasta Colombia, Venezuela hasta las Guayanas. Es usado en la medicina tradicional para diversas afecciones.

Llegado el Lunes Santo, mi cuerpo tenía el aspecto de una guanábana. Adquirí la forma más virulenta de la enfermedad con muchísimos granos y vesículas, algunas de estas llamadas coloquialmente “llagas madres”(por su tamaño y profundidad) me aparecieron en la muñeca derecha, piernas y pecho. Todavía son visibles en mi cuerpo sus cicatrices. Cómo estaba muy brotado, el doctor me mandó inyecciones.


Entonces entró en acción mi abuela materna. Todas las mañanas, muy temprano, llegaba a mi casa con las ramas de mata ratón. Las  colocaba en una ponchera llena de  agua esterilizada , las revolvía y de forma muy paciente me aplicaba la mezcla en las lesiones. Lo sorprendente para mi es que lo hacía   sin gasas y con las manos desnudas. En medio del eco que producía el pequeño baño de mi casa, me dirigí a ella.

_Abuelita_ dije  arrugando mi rostro por la molestia que me producía la curación.

_Dime, mijo…

_A ti no te ha dado varicela, ¿no tienes miedo de que se te pegue? Me estás curando con la mano “pelá”_ preguntaba mirándola con cara de preocupación.

_Nooo, mijo, a mí no se me pega eso porque tengo la “mano buena”

La “mano buena” era otro de los aspectos de la medicina ancestral. Pero, lo que realmente tenía mi abuela era buenos anti cuerpos. No se contagió esa vez ni nunca, a pesar de que también cuidó a mi hermana, quien fue la siguiente en padecer la enfermedad (aunque más leve). Una vez que me limpiaba con mata ratón, procedía a secarme el cuerpo y a embadurnarme de “Caladryl”.  Seguidamente, me sentaba en el mecedor frente al abanico que resoplaba a toda velocidad. Promediando la mitad de la mañana, arribaba la enfermera del Dr. Flórez a aplicarme la inyección.

 

Mi convalecencia fue infernal, casi no podía dormir por la picazón y el dolor. Recuerdo especialmente un horrendo racimo de vejigas en el tobillo de unos de mis pies. Así como la enorme vesícula madre (la más grande de las cuatro que tenía) que nació  en el empeine del  pie derecho y que parecía un pequeño volcán.  


No sé si la Gliricidia sepium es científicamente eficaz contra las vesículas de la varicela, pero ciertamente la enfermedad cursó y remitió sin complicaciones. Al final, cuando ya estaba curado y dispuesto a regresar al colegio, mi abuela  decía: “Mi mano buena y él mata ratón, nunca te olvides de eso”. Nunca lo olvidaré, pero tampoco el esmero, amor, y dedicación que me dispensó durante esos días.

 

 

 

martes, 8 de marzo de 2022

El fotógrafo


La hermosa costumbre de mi padre de retratar

cálidos momentos  de nuestra infancia.

Un día soleado de 1979 o 1980, tal vez un domingo en la mañana, salimos mi hermana y yo a jugar en la terraza con el triciclo. Mi padre, con la Kodak Ektralite  siempre lista, nos retrató mientras sonreíamos.

La mayoría de las personas guardan fotografías de su infancia, documentos que retratan un momento  de una época pasada y añorada. Escenas guardadas en la memoria visual de un papel fotográfico que nos transporta años en el pasado, portales que son capaces de revivir  recuerdos que hace brotar lágrimas de nostalgia o emoción. Aunque no hubiese cámara fotográfica en la familia siempre había la posibilidad , previa contratación de un fotógrafo, de tomarles fotos a los niños en el día de su cumpleaños, la primera comunión o el grado de primaria. Por tal motivo tal vez muchas de estas estampas atesoradas por la gente correspondan solo a fechas especiales y  quizás no muchos se reservan el privilegio de guardar fotos casuales y espontáneas. 

 Kodak  Ektralite (ilustración de Héctor Barceló, autor del blog)

                               

Mis hermanos y yo si tuvimos ese privilegio gracias a nuestro padre. Desde siempre le gustó la fotografía , según me contó en vida, llegó en una época a revelar sus fotos el mismo. Cuando nos mudamos a la casa donde nos criamos mi padre se hizo a una cámara fotográfica  muy popular en ese entonces. Era toda una revolución, todos la querían tener y era la mejor opción en cuanto a fotografía familiar por su calidad y precio: la “Kodak Ektralite”. Su tamaño práctico, ideal para portar y manejar en cualquier parte, su facilidad de uso y su operación económica la convirtieron en una moda.

 



 Usaba el conocido formato analógico 110, diseñado para ser manejable y fácil de cargar en las cámaras debido a su tamaño reducido. Recuerdo ese rollo, su forma curiosa; a mí siempre me parecieron dos carretes pequeños de hilo unidos por una extensión, tal como se ve en la gráfica. 

La Ektralite venía con un flash integrado y era heredera de la guerra fría, ya que utilizaba un mecanismo similar a las cámaras espía que permitía disparar y avanzar la película. Vio la luz en el mercado en 1978  y se vendieron durante 10 años. Importada de USA, pudo llegar a Colombia ese mismo año o más probablemente en 1979. Generalmente, tenía un objetivo de f/11 de 25 mm y un obturador de dos velocidades ( 1/125s y 1/210s) . No tengo el dato exacto de cuantas tomas se podía sacar  con esta cámara, pero la información que se consigue dice que 24 imágenes. Estas eran reveladas por mi papá en un tamaño de unos 9 x 9 cms,  el tiempo las ha cubierto de un matiz amarillo que he corregido digitalmente para reproducirlas en el blog y hacerlas parecer como se veían originalmente.

Mi padre sabía encuadrar las escenas para lograr una composición adecuada de 
las fotografías, no por casualidad utilizó la perspectiva de la reja para dar profundidad
a la escena. Esto lo hizo agachándose al lado de la misma.



Otro ejemplo de composición; nótese que de forma deliberada mi padre incluyó
el Land Rover en la imagen, la idea es indicar que estamos listos para el paseo dominical.


Quizás un  día domingo  luminoso y feliz de 1982,  tomando refrescos "Canadá Dry"  
bajo la protección de la sombra.


Mi padre  tenía permanentemente la cámara lista con su rollo puesto, no esperaba a que cumpliéramos para retratarnos. Cualquier día del año era propicio para ello. Tal vez, eran más valiosas para él las fotos espontáneas y casuales, las estampas de la vida diaria. Una mañana, al son de la brisa de aquella amplia terraza y con el fondo iluminado por el cielo azul, podía sorprendernos con el "clic" de aquel artilugio. Las imágenes resultantes eran de gran ternura y nostalgia. Aún conservamos muchas de esas pequeñas postales.



Reverso de la foto superior con el sello de Kodak, el año y mes
de revelado (mayo de 1979)

                                                                         

Con el tiempo, la "Ektralite" fue remplazada por otras cámaras. Hacia 1984 llegó a  manos de mi progenitor una  "Polaroid", la cual ganó en un sorteo de una marca de crema dental. Este aparato hacía algo fantástico:   revelaba y positivaba la toma capturada  en apenas 60 segundos. Recuerdo que la foto era expulsada después de la obturación y había que agitarla con la mano para que apareciera la imagen. No usaba rollos, sino, paquetes de papel fotográfico que eran sumamente costosos en relación con el revelado normal; era el precio que había que pagar a fin de obtener el valioso recuerdo al instante. Asimismo, a diferencia de la "Ektralite", no integraba un flash. Había que comprarlo aparte y asirlo en el cuerpo de la cámara. 


Cámara instantánea Polaroid (ilustración de Héctor Barceló, autor del blog)

                   

 Flash de Polaroid 

Recuerdo ese día, 20 de julio de 1984 día de la independencia, era festivo y mi padre estaba libre. La gran novedad en la casa era el magnífico premio que él se  había ganado gracias a un sorteo de la marca de pasta de dientes "Close up": una cámara "Polaroid" instantánea, la cual ya estaba lista con su cartucho de papel fotográfico. En la mañana, colocó la bandera  y se dirigió a donde mi abuela para mostrarle el aparato a mis tíos. Luego, regresó a la casa y nos tomó las siguientes fotos:






Las fotografías instantáneas tiene el defecto de deteriorarse con el tiempo, pero eso  no les impide seguir mostrando la ternura y calidez de las escenas. Ninguno de nosotros está engalanado para la ocasión, pero esa era la intención de mi padre: captar fotos  espontáneas e intimas. 


Luego de la "Polaroid",  mi padre adquirió una cámara que en los 80s y 90s tuvo auge entre los aficionados a la fotografía que deseaban un equipo más económico que las costosas "Cannon", "Nikon" y similares: la "Zenit" réflex. Esta marca, que en aquella época se fabricaba en la Unión soviética (hoy día sigue su producción en la  Federación  Rusa), tenía la peculiariedad de que era completamente mecánica (lo único que tenía electrónico era el exposímetro), de gran robustez y de un precio hasta tres veces menor que sus pares occidentales. Era en la práctica una cámara profesional, pero muy espartana  al mejor estilo soviético. Pesaba mucho, razón por la cual recibió el remoquete de "Bola de hierro". Usaba  rollos de 35 mm que venían en presentaciones de 12, 24 y hasta 36 tomas de un tamaño estándar de 10 x 15 cm, también se le adicionaba un flash.  


Cámara Zenit y estuche de cuero  igual  al modelo que tuvo mi padre.



Tal como ocurrió con las anteriores cámaras, mi padre mantenía su Zenit en estado de alerta para captar momentos íntimos de mis tres hermanos y mi madre: 




Por ese entonces estrenaba mi flamante bicicleta "5A" que fue un regalo de navidad de mi padre. En un sábado soleado, posiblemente de 1984 o 1985, capto esta foto:



En 1988 nos mudamos a nuestra nueva casa donde mi padre, amañado con la Zenith, siguió con la costumbre de producir hermosas postales:



De paseo en el Rodadero, toda una oda a la nostalgia y felicidad.
                                       

Las  fotos constituyen puertas temporales que nos permiten retroceder en el pasado y sentir de nuevo esas vivencias extraídas  de los recovecos más alegres e íntimos de nuestras vidas. Agradezco a mi finado progenitor el tener siempre la cámara lista para hacerlo posible.




martes, 21 de diciembre de 2021

     Mis máquinas del tiempo 
                          favoritas, parte II                                        

                    La máquina del tiempo de 
                             Paul Driscoll

Entramos ahora en el campo de la sci fi presentando una máquina del tiempo que pertenece al fascinante universo de la serie antológica "Dimensión desconocida", versión original. Aparece en un capítulo no muy popular entre esas listas de favoritos que hacen los fans y críticos. Un capítulo que, para este humilde servidor, es una pequeña joya, uno de los mejores que salió de la pluma de Rod Serling. Se trata de "Todo tiempo pasado fue mejor", el décimo de la cuarta temporada. Fue dirigido por Justus Addiss, el reparto estuvo conformado por: Dana Andrews (Paul Driscoll), Patricia Breslin (Abigail Sloan), Robert F. Simon (Harvey), Robert Corntwhaite (Hanford) y  Malcolm Atterbury (Profesor Elliot) Fue estrenado en EU  el 7 de Marzo de 1963 y pertenece a la época en la que los episodios pasaron temporalmente al formato de 50 minutos.


Como era costumbre en la serie,  Rod Serling reseñaba el personaje principal en la narración de apertura. Se trata del físico  Paul Driscoll, quien ha construido una máquina del tiempo operativa con la que piensa retroceder en el tiempo, modificar la historia y buscar de esta forma repercutir en el futuro. Driscoll está convencido de que la "época actual" ( en ese entonces se estaba en plena guerra fría, había ocurrido recientemente la crisis de los misiles cubanos) es nefasta debido a que el apetito de la civilización humana por la guerra podía conducir al mundo hacia un cataclismo nuclear en un futuro cercano. 





Al pie de la imponente máquina del tiempo (de la cual hablaremos más adelante) discute con su colega Harvey sobre las motivaciones que lo llevan a emprender tal cruzada. Los diálogos que surgen de esta discusión están entre los mejores de la serie e introducen al espectador al meollo reflexivo del episodio. Después de la puesta a punto de los controles de la máquina, Driscoll retrocede hasta   agosto de 1945 para prevenir a los japoneses de la bomba atómica y su inminente lanzamiento, fracasa e Hiroshima es destruida. También trata de asesinar a Hitler, pero de nuevo falla. Tampoco evitó que el transatlántico "Lusitania" fuese torpedeado por un submarino alemán. Desilusionado, el físico decide viajar a una época más tranquila y sin las complicaciones del siglo XX. Escoge un pueblo de EU  llamado " Homeville", en 1881. Espera disfrutar de los placeres de una época supuestamente más sencilla, pero de nuevo el devenir de la  historia lo persigue y no logra su objetivo. 


Este capítulo plantea una reflexión importante sobre la inmutabilidad del tiempo, el hecho de que no es posible modificarlo aunque se realicen múltiples intentos. También nos hace ver que por mucho que intentemos escapar hacia un idílico y maravilloso pasado, siempre nos perseguirá la certeza de que algo va a ocurrir y que, por ende, nos atormentará el hecho de que no podemos  hacer nada para evitarlo. 

La máquina del tiempo de Driscoll (ilustración de Héctor Barceló, autor del blog) autor del blog)
        Ilustración del autor de blog, Héctor Barceló

La máquina del tiempo que aparece en el capítulo es monumental, todo un armatoste que ocupaba una gran estancia. Consistía en un gran cilindro puesto verticalmente, de una altura (según mí cálculo) de 5 mts y un diámetro de unos 2 mts. En su cúspide estaban los controles de la máquina, mediante una escalerilla se ascendía hacia ellos. Desde cada lado de la  parte superior del cilindro salían dos cables (con pequeñas esferas adosadas a lo largo de ellos) que convergían en una plataforma cilíndrica, más pequeña, que descansaba en el suelo donde se paraba el viajero del tiempo. Esta tendría (de nuevo según mis cálculos) unos 1.50 mts por 30 cm de alto. Para encender la máquina, el operador subía por la escalerilla hasta lo alto del gran cilindro y accionaba los múltiples controles. Entonces el viajero, ubicado  en la plataforma, desaparecía en medio de columnas de humo para aparecer en la época del tiempo escogida. La peculiaridad del   diseño del aparato sumado a la atmósfera oscura donde estaba ubicado, le daba un aura irresistible de misterio al mejor estilo de la sci fi de la época. En ese sentido la calidad de producción del episodio es notable y logra mostrar una historia sólida y verosímil. 


No se explicaba el mecanismo de funcionamiento de la máquina, pero esta aparente falencia era subsanada por el enfoque de la historia que apuntaba más allá de los meros detalles técnicos. Personalmente, siempre me ha encantado y decididamente ocupa un lugar en mi escala  de máquinas del tiempo favoritas. 



jueves, 18 de noviembre de 2021

El televisor "Hitachi" de perillas

 

Recordando cachivaches de mi infancia.

      

   

Foto tomada por mi padre en algún momento de 1985, quizás mi persona ( se me alcanza a ver la mano a la izquierda) y mi vecinito  estábamos viendo el mundial de fútbol juvenil de aquel año.


En la primera de estas remembranzas, recordaba la fabulosa antena que mi padre construyó para el deleite mío y de mis hermanos. Decía que en mi niñez (en los 80s)  solo había disponible tres canales en la costa Caribe de Colombia: "Canal 11" , "Canal 13" y "Telecaribe". Si se deseaba contemplar algo más, había que conseguirse una parabólica (una opción pata millonarios) o poner una antena que atrapase canales de otros países , que fue lo que hizo mi progenitor. No había Internet, ni TV Cable, ni nada parecido. Existía la alternativa del “Betamax”, e incluso, del “Laser Disc”. Pero el primero era costoso y poco asequible en la época (mi padre solo vino a comprar Betamax  en 1990) y ni que decir del segundo. Así que para el niño que era yo, ver  las series o películas favoritas quedaba a plena dependencia de la programación que emanaban los mencionados canales (en nuestro caso, adicionamos  “Venevisión”). No es como hoy, que uno puede verse a la hora que quiera y el día que le apetezca cualquier material… No, había  que esperar el día y la hora en que se emitiría lo que queríamos ver, previa consulta a la revista de tele guía. Los días de la semana estaban etiquetados de “aburridos” a “entretenidos” de acuerdo a lo que había en la parrilla de TV.

 

Sin más entretenciones audiovisuales en casa y dependiendo de la programación, un aparato muy familiar ocupaba entonces  toda la atención en la casa: el televisor. No hay persona de la generación X que pueda desmentir lo importante que fue en su niñez. Congregaba a la familia en la sala de la casa, toda la rutina diaria giraba en torno al aparato de marras; la hora de la telenovela, la de la serie favorita, la de la esperada película eran datos a tener en cuenta en esos tiempos. Para los niños de ese entonces esa pequeña pantalla emanaba todo un universo de entretenimiento y aventura.

Dice la  historia que la primera transmisión de televisión pública propiamente dicha fue obra del ingeniero eléctrico escocés John Logie Baird en 1926 mediante un aparato electromecánico. Sin embargo, ya en años anteriores  había inventores cuyos logros seguramente le sirvieron de base a Baird como los del alemán Paul Nipkow que patenta un sistema mecánico de disco óptico para grabar y emitir imágenes (1884) ;el también alemán Ferdinand Braun, quien desarrolla el tubo de rayos catódicos(18979. Asimismo, un ruso entra en escena: Boris Rossing con su primera transmisión de imágenes a través del aire. El despegue definitivo del invento se dio con el televisor totalmente electrónico, inventado por el estadounidense Philo T. Farnsworth, cuya primera demostración fue en 1927. El otro gran hito fue el televisor a color, desarrollada por el ingeniero mexicano  Guillermo González Camarena.

La televisión llegó a Colombia, mi país, en 1954 por iniciativa del mandatario de aquel entonces, Gustavo Rojas Pinilla. Luego de un tiempo la televisión colombiana, que en sus inicios era educativa y cultural, pasó al modelo de las concesiones. Este consistía en que el estado administraba la infraestructura  y los canales, pero la programación de estos era realizada por programadoras privadas a las cuales se les entregaba en concesión los espacios. Ya hacia la primera mitad de  los años 70, se perfilaban dos grandes canales de televisivos: “Canal dos” (que antes de convertirse a cobertura nacional fue “Teletigre” y “ Tele 9 Corazón”) y “Canal uno” (que fue fundado el 13 de junio de 1954, en los inicios de la la televisión)

Para 1979  la televisión a color llegaba Colombia, gracias a la gestión  del presidente Cesar Turbay Ayala. Aparecieron entonces los primeros comerciales promocionando el flamante receptor de las imágenes coloridas, toda una novedad. En ese entonces, si bien en general  los televisores eran más económicos, todavía en muchas partes de Colombia no eran de fácil adquisición, máxime si se  trataba de los nuevos aparatos. Solo para aquellas familias cuyas cabezas tenían un trabajo estable era posible hacerse a uno y mis padres pertenecían a este segmento de la clase media trabajadora. No puedo precisar el año exacto en que mi papá compró nuestro primer televisor a color, intuyo que pudo ser en 1981. Realmente no recuerdo el día, ese detalle se escapa de mi memoria. Pero, sin duda debió haber sido una novedad en el seno de la casa, pocos vecinos tenían el privilegio de tener una TV a color último modelo. 



Reconstrucción artística realizada por mi sobre el  televisor Hitachi. Técnica: dibujo vectorial digital, Adobe Ilustrador.


El aparato en cuestión, tal como dije en el capítulo de la super antena,  era un televisor marca “Hitachi” de 21 pulgadas de perillas.(desconozco la referencia). La parte del panel de controles y la pantalla era negra, la tapa blanca y la cubierta del tubo, negra. Una reconstrucción visual de su aspecto la pueden ver en este artículo. Para hacerla, me basé en mis recuerdos y las fotos familiares donde aparece. Recuerdo sus dos grandes perillas, una de la banda  “VHF” en la cual, se sintonizaban los canales nacionales, regionales y “Venevisión” (cuando dispusimos de la antena) y la otra de la banda “UHF”  que contenía muchos canales, pero era inoperante en nuestro país. El ruido que hacía ese enorme “selector de giro” (su nombre técnico) era inconfundible. ¿Y el encendido? Al jalar el botoncito negro  (a la sazón el interruptor), brotaba un sonido seco y corto. Era algo así como golpear una puerta con la punta de un destornillador.

  

A pesar de sus sonoridades (imperdonables en un televisor actual), tenía una bonita imagen para la época, sin los molestos “cocuyos” que fastidiaban a otras familias cuyos receptores sobrevivían con antenas portátiles de “bigote”. De hecho, la fabulosa antena que mi padre construyó permitía una imagen limpia para ver series extranjeras ( o “enlatados” como se les decía en ese entonces) como”Mc Giver”, “Los magníficos”, “Los Hard investigadores”, “Profesión peligro”, “Automan”, “Ultraman”, "V, la batalla final" y otras tantas. También para deleitarnos con clásicos de la televisión colombiana como: “Don Chinche” , “Dejémonos de vainas”, “Naturalia”, “El Show de Jimmy",etc. En aquellas noches nos reuníamos en nuestra pequeña y cálida sala para contemplar estos programas. También los sábados y domingos durante todo el día donde, atraídos por su notable imagen, llegaban niños de otras casas a disfrutar  la programación de las cadenas, principalmente de la fantástica “Venevisión”.

 

Nuestro Hitachi a color nos acompañó más de 10 años. Cuando nos mudamos, en 1988,  lo llevamos a la nueva casa. Inicialmente, lo situamos en la sala y luego en mi cuarto. En 1993 un sobre voltaje daño el viejo televisor y mi papá lo desechó regalándolo a un tío.  Para  ese entonces teníamos un “Thoshiba” de 14 pulgadas y un “JVC” de 21 pulgadas a control remoto. A estos se sumaría un Sankey de 21 pulgadas digital de perillas en 1994 (que mi papá nos regaló para ver el mundial)

 

Hoy día los televisores son grandes, delgadas y esbeltas piezas que casi no traen controles manuales y dependen por completo del control remoto para ser operados.  Pero, para un nostálgico como yo, no vienen con el encanto  de aquel voluminoso aparato de perillas y botones que alegraba los días de antaño.

 

 

 

Recordando los TV de la casa , parte I

En la crónica "El televisor Hitachi de perillas" de mi serie de remembranzas , mencioné  brevemente   algunos televisores que  tuv...