sábado, 11 de abril de 2026

Mc Giver

 

Ilustración y montaje del autor del texto

Soy una persona de evocaciones, un nostálgico de toda la vida que ha querido revivir los bellos recuerdos de  infancia en esta serie de crónicas. Una persona que, además,  rememora en ellas la figura noble de su finado padre; hombre abnegado y entregado a su familia,  cuya recursividad e inteligencia le permitió superarse en la vida profesional y personal.

Uno de los aspectos que más recuerdo de mi papá es su  extraordinaria habilidad para  la manualidad, el desarrollo de soluciones ingeniosas, así como  la construcción de  útiles artilugios: aquella gran antena, la acometida para la  planta eléctrica,   una  bomba alternativa de pistón, etc.  En los siguientes párrafos, haré un recorrido nostálgico por aquellos inventos y cosas, razón por la cual escogí el sustantivo “Mc Gyver”  para bautizar la crónica. Esto en alusión a la popular serie de TV de los 80s y 90s donde el personaje protagonista homónimo  solucionaba problemas y salía airoso de situaciones usando su ingenio, exactamente lo que hacía mi padre a quien, por ciento, le gustaba la serie.


La antena de TV

Este invento ya fue descrito en profundidad en una crónica pasada llamada “La súper antena de papá” que pueden encontrar en  este blog, buscándola por el título en la etiqueta “remembranzas”. Mi progenitor  fue durante toda su vida un especialista en construcción de antenas, las  cuales salían de sus prodigiosas manos  con una factura perfecta. De haber querido, habría tenido un próspero negocio de ventas de estos artilugios.


En un fin de semana podía armar una antena de aluminio, usando tan solo una segueta, prensa, un remachador, ángulo, lápiz y metro. No usaba planos, todo estaba en su mente. Si estoy mal, armó unas 5 antenas, la última de las cuales yace aún en el techo de mi casa derribada por el paso del tiempo.


Maquetas funcionales de bombas de agua

En el colegio donde estudié organizaban una feria científica todos los años en el mes de octubre. Los estudiantes debían presentar proyectos  que se basaran en principios físicos, que fuesen funcionales, además de prácticos. Al enterarse mi padre de esto, se le ocurrió construir una pequeña bomba centrífuga para mi proyecto. Como su rol en la empresa donde laboraba versaba sobre bombas, turbinas y compresores, quién más que él para ayudarme.

Yo sabía lo que era una bomba centrífuga gracias al libro “Cómo funcionan las cosas” (que describo en la crónica “!Ahí vienen los libros!”) , así que no me sería difícil sustentar el proyecto ante el público. Mi padre se puso manos a la obra e inició la construcción  de la primera de sus bombas en miniatura, ya que en los siguientes años hizo otra para mí y para mi hermano menor.

Recreación de la bomba según mis recuerdos 

El invento causó sensación en mi colegio. Recuerdo que lo presenté en una feria intercolegial que se realizó en un colegio femenino (qué emoción). Ante un público de chicas hice mi demostración y quedé en  el segundo lugar. La delegación que fue en representación de mi escuela estuvo conformada por este servidor, el profesor de ciencia…Y unos  tres colados que se  pegaron para escapar de un examen de trigonometría.

Para la feria del año siguiente, mi padre construyó una bomba alternativa de pistón y dos años después hizo otra de ese tipo, pero mucho más perfeccionada.


Estampados

Tengo un recuerdo lejano,  pero verídico, en el que mi padre decoraba pijamas con personajes de Disney. En ese entonces, el servidor que les escribe pensaba que esos muñecos eran dibujados a mano. Sin embargo, nunca vi pinceles ni tarros de pintura en la casa. ¿Cómo diantres, me preguntaba,  hacía  mi papá para plasmar a Pluto y Mickey en la pijama de mi  hermana? Las imágenes eran perfectas, demasiado para ser producto de pinceladas; no había trazos de pintura, ni líneas imprecisas . ¿Qué ocurría?

Lo más extraño de todo era que a veces encontraba en el patio unos marcos de madera con un lienzo  muy fino y tensado. En algún momento, no recuerdo cuando exactamente, supe que esos marcos tenían que ver con la impresión de las figuras , ya que  mi padre vertía un pigmento sobre ellos  y regaba la tinta sobre  el lienzo usando un pedazo plano de madera. Todo esto lo hacía mientras tenía   la pantalla o marco  puesto sobre    la tela de la pijama.

 Como lucía una de las pijamas estampadas, según mis recuerdos.

En realidad, lo que mi progenitor hacía era emplear la técnica del screen o serigrafía para fijar figuras sobre las pijamas de mi hermana (en ese entonces aun éramos dos hermanitos de un total de cuatro). Esta técnica fue, hasta el advenimiento de los modernos métodos de estampado sobre tela, la más usada para decorar ropa. No obstante, se requería muchísima práctica para obtener resultados óptimos, además de que  entrañaba  un procedimiento  complicado. Aún así, sin trabajar nunca en el ramo del diseño textil y dedicándole solo los días libres, mi padre dominó la técnica de una forma completamente autodidacta.   Esto tiene más merito aún si tenemos en cuenta que  las ilustraciones debían ser primero dibujadas o calcadas con  tinta china sobre papel pergamino antes de plasmarlas, con lo cual, también debía manejar bien la plumilla o el rapidògrafo. 


Llave para desenroscar los cables de las cajas decodificadoras

Este fue uno de los inventos más recientes de mi padre, de hecho, aún lo conservo. El TV cable llegó a la casa en 1994. En un principio, la acometida que surtía la señal se conectaba directamente a los televisores, pero, con el paso del tiempo la empresa proveedora del servicio  instaló unas cajas decodificadoras para estos. 





Resulta que el receptor macho de la caja, a donde iba acoplada la terminal hembra del cable, tenía un protector que impedía cualquier manipulación. En consecuencia, solo el uso de una  herramienta especial, que   tenían los técnicos de la empresa, permitía desconectar la caja de la acometida.

Mi padre advirtió esta situación  y se puso manos a la obra. Buscó una pequeña lámina de latón y, usando sus herramientas, la dobló sobre sí misma hasta obtener un cilindro; seguidamente, hizo unas muescas en una de los extremos de este de tal forma, que encajasen en la tuerca de la terminal hembra del cable. El dispositivo resultó de maravilla, ya que de una forma fácil y rápida desenroscábamos aquellas cajas si, por ejemplo, queríamos cambiarla de televisor sin necesidad de llamar al servicio técnico. 


La máquina de soldar

Esta es la ganadora, la más impresionante de las cosas ingeniosas que hacía mi padre. El siempre manejó el concepto del “taller a lo americano”, es decir,  que el garaje  se convertía  en área de trabajo una vez se  haya sacado el vehículo. Este concepto lo asimiló seguramente de la revista “Mecánica popular” (la cual siempre me compraba, no sin antes sacarle información) o del visionado de series y películas  norteamericanas. Bueno, cierto día sabatino me asomé al patio de la casa,  mi padre había sacado muy temprano el Land Rover del garaje y empezó a trabajar en algo muy extraño; un balde  lleno de agua ,  cables y varillas metálicas aparecieron ante mí. De repente, una voz atronadora e imperiosa  me detuvo: “!cuidado, no metas las manos en el  balde!”  



Representación de la máquina de soldar en acción, según recuerdos del autor del blog

 
Diagrama de la máquina (ilustración del autor del texto)


En efecto, en aquel recipiente había  sumergidos dos electrodos que, a su vez, estaban asidos a dos cables de alta tensión; uno conectaba a la toma de corriente y otro a una punta de soldar, mientras que otro cable independiente del balde, y unido a un caimán, estaba igualmente conectado a la toma. Mi padre entonces cogía con el caimán  la pieza que quería trabajar  y con la punta soldaba. Aquello era un espectáculo de luces y chispas que iluminaba todo el garaje. Con razón, nos  prohibía tajantemente al suscrito y sus hermanos estar en aquel taller improvisado mientras usaba la máquina. 

Después de tantos años, recordando aquella escena, me sorprende sobremanera saber que  con ese rudimentario artilugio mi progenitor construyó las rejas de la casa(¡)

 

 Los indicadores del Trooper

En agosto de 1992 mi padre llego a la casa conduciendo  su recién adquirido  carro, un Chevrolet Trooper modelo 1989. Era una versión semi estándar, pero con algunos aditamentos citadinos como el aire acondicionado y  la cabina de fibra de vidrio.   El vehículo era  muy majo, de color negro, con estribo, botes y dos  llamativas calcomanías  pegadas  a ambos lados  de la carrocería; un adorno que seguramente fue  puesto  por el antiguo dueño y que, dato  curioso, no disgusto a mi padre quien decidió  dejarlo.

No obstante el excelente estado del carro y su imponente presencia, le faltaban algunos aditamentos propios de la versión DLX de lujo como los eleva vidrios, el nuevo diseño del  timón y el juego de tres  indicadores adicionales del panel de instrumentos. En efecto, el carro de mi papá solo traía el velocímetro,  el tacómetro y las luces testigo. Nada más.

Como mi progenitor siempre personalizaba y mejoraba  lo que compraba, quiso hacer lo mismo con su vehículo. Primero, mando a colocar los eleva vidrios, después compro de segunda (pero en excelente estado) un timón de Tropper DLX… Pero, faltaba algo.  Aquella cabina estándar lucia escueta sin los tres indicadores que estaban ubicados, en la versión DLX, en un pequeño espacio  empotrado en la mitad del tablero. Comprar un juego  de segunda saldría difícil porque habría que buscar pacientemente a alguien que  estuviera dispuesto a venderlo. Conseguirlo nuevo era demasiado costoso porque tocaría comprar todo el tablero. Bueno, si algo no se puede conseguir, se hace. Tal fue la premisa de mi padre. Decidió construir el mismo el juego. Dispuso de un pedazo rectangular  de latón al que le hizo tres orificios para acomodar los indicadores  , seguidamente curvó sus bordes, dándole un grosor y un aspecto más industrial. Compró  los relojes indicadores, era tres: presión de aceite, temperatura del motor y nivel de gasolina.


Aspecto que tendría el tablero de instrumentos del Chevrolet Tropper de mi padre con el nuevo timón y el juego de tres indicadores que el mismo construyó.




Set de indicadores hechos por mi padre: presión de aceite
temperatura del motor y carga de batería. Reconstrucciones según el autor del texto.



Panel original: presión de aceite , temperatura del motor y nivel de gasilona.

Con  las partes dispuestas, armó todo  y pinto la pieza con laca de color negro mate; la colocó en su lugar  en el tablero y luego se sumergió en las entrañas del carro para conectar  debidamente  los sensores, cables y guayas de los indicadores.

 Recuerdo que al ver el juego de  tres relojitos en el centro de la cabina,  me parecieron  muy curiosos. No obstante ser diferentes de los originales, tenían su toque especial. En la noche, iluminados con su luz verdosa, lucían muy bonitos  y no desentonaban para nada. Ahora, mi padre estaba satisfecho porque su Chevrolet Tropper  semi estándar tenía todas las ventajas interiores de la versión de lujo.

 Quizás hay más soluciones ingeniosas que recordar las cuales no descarto exponer en una segunda entrega, pero las reseñadas acá son las que marcaron mi infancia y adolescencia al lado de mi padre.

 





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