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| Ilustración y montaje del autor del texto |
Soy una persona de evocaciones, un nostálgico de toda la vida que ha querido revivir los bellos recuerdos de infancia en esta serie de crónicas. Una persona que, además, rememora en ellas la figura noble de su finado padre; hombre abnegado y entregado a su familia, cuya recursividad e inteligencia le permitió superarse en la vida profesional y personal.
Uno de los aspectos que más recuerdo de mi papá
es su extraordinaria habilidad para la manualidad, el desarrollo de soluciones
ingeniosas, así como la construcción
de útiles artilugios: aquella gran
antena, la acometida para la planta
eléctrica, una bomba alternativa de pistón, etc. En los siguientes párrafos, haré un recorrido
nostálgico por aquellos inventos y cosas, razón por la cual escogí el
sustantivo “Mc Gyver” para bautizar la
crónica. Esto en alusión a la popular serie de TV de los 80s y 90s donde el
personaje protagonista homónimo
solucionaba problemas y salía airoso de situaciones usando su ingenio,
exactamente lo que hacía mi padre a quien, por ciento, le gustaba la serie.
La antena de TV
Este invento ya fue descrito en profundidad en
una crónica pasada llamada “La súper antena de papá” que pueden encontrar
en este blog, buscándola por el título
en la etiqueta “remembranzas”. Mi progenitor fue durante toda su vida un especialista en construcción
de antenas, las cuales salían de sus
prodigiosas manos con una factura
perfecta. De haber querido, habría tenido un próspero negocio de ventas de
estos artilugios.
En un fin de semana podía armar una antena de aluminio, usando tan solo una segueta, prensa, un remachador, ángulo, lápiz y metro. No usaba planos, todo estaba en su mente. Si estoy mal, armó unas 5 antenas, la última de las cuales yace aún en el techo de mi casa derribada por el paso del tiempo.
Maquetas funcionales de bombas de agua
En el colegio donde estudié organizaban una feria
científica todos los años en el mes de octubre. Los estudiantes debían
presentar proyectos que se basaran en
principios físicos, que fuesen funcionales, además de prácticos. Al enterarse
mi padre de esto, se le ocurrió construir una pequeña bomba centrífuga para mi
proyecto. Como su rol en la empresa donde laboraba versaba sobre bombas,
turbinas y compresores, quién más que él para ayudarme.
Yo sabía lo que era una bomba centrífuga gracias al libro “Cómo funcionan las
cosas” (que describo en la crónica “!Ahí vienen los libros!”) , así que no me
sería difícil sustentar el proyecto ante el público. Mi padre se puso manos a
la obra e inició la construcción de la
primera de sus bombas en miniatura, ya que en los siguientes años hizo otra
para mí y para mi hermano menor.
| Recreación de la bomba según mis recuerdos |
El invento causó sensación en mi colegio. Recuerdo
que lo presenté en una feria intercolegial que se realizó en un colegio
femenino (qué emoción). Ante un público de chicas hice mi demostración y quedé
en el segundo lugar. La delegación que
fue en representación de mi escuela estuvo conformada por este servidor, el
profesor de ciencia…Y unos tres colados
que se pegaron para escapar de un examen
de trigonometría.
Estampados
Tengo un recuerdo
lejano, pero verídico, en el que mi
padre decoraba pijamas con personajes de Disney. En ese entonces, el servidor
que les escribe pensaba que esos muñecos eran dibujados a mano. Sin embargo, nunca
vi pinceles ni tarros de pintura en la casa. ¿Cómo diantres, me preguntaba, hacía mi papá para plasmar a Pluto y Mickey en la pijama
de mi hermana? Las imágenes eran
perfectas, demasiado para ser producto de pinceladas; no había trazos de
pintura, ni líneas imprecisas . ¿Qué ocurría?
Lo más extraño
de todo era que a veces encontraba en el patio unos marcos de madera con un
lienzo muy fino y tensado. En algún momento,
no recuerdo cuando exactamente, supe que esos marcos tenían que ver con la impresión
de las figuras , ya que mi padre vertía
un pigmento sobre ellos y regaba la
tinta sobre el lienzo usando un pedazo
plano de madera. Todo esto lo hacía mientras tenía la
pantalla o marco puesto sobre la tela de la pijama.
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| Como lucía una de las pijamas estampadas, según mis recuerdos. |
En realidad,
lo que mi progenitor hacía era emplear la técnica del screen o serigrafía para fijar
figuras sobre las pijamas de mi hermana (en ese entonces aun éramos dos
hermanitos de un total de cuatro). Esta técnica fue, hasta el advenimiento de
los modernos métodos de estampado sobre tela, la más usada para decorar ropa.
No obstante, se requería muchísima práctica para obtener resultados óptimos, además
de que entrañaba un procedimiento complicado. Aún así, sin trabajar nunca en el
ramo del diseño textil y dedicándole solo los días libres, mi padre dominó la técnica
de una forma completamente autodidacta. Esto tiene más merito aún si tenemos en cuenta
que las ilustraciones debían ser primero
dibujadas o calcadas con tinta china sobre
papel pergamino antes de plasmarlas, con lo cual, también debía manejar bien la
plumilla o el rapidògrafo.
Llave para desenroscar los cables de las cajas
decodificadoras
Resulta que el receptor macho de la caja, a donde iba acoplada la
terminal hembra del cable, tenía un protector que impedía cualquier
manipulación. En consecuencia, solo el uso de una herramienta
especial, que tenían los técnicos de la empresa, permitía desconectar
la caja de la acometida.
Mi padre advirtió esta situación y se puso manos a la obra. Buscó una pequeña lámina de latón y, usando sus herramientas, la dobló sobre sí misma hasta obtener un cilindro; seguidamente, hizo unas muescas en una de los extremos de este de tal forma, que encajasen en la tuerca de la terminal hembra del cable. El dispositivo resultó de maravilla, ya que de una forma fácil y rápida desenroscábamos aquellas cajas si, por ejemplo, queríamos cambiarla de televisor sin necesidad de llamar al servicio técnico.
La máquina de soldar
Esta es la ganadora, la más impresionante de las
cosas ingeniosas que hacía mi padre. El siempre manejó el concepto del “taller
a lo americano”, es decir, que el garaje se convertía en área de trabajo una vez se haya sacado el vehículo. Este concepto lo
asimiló seguramente de la revista “Mecánica popular” (la cual siempre me compraba,
no sin antes sacarle información) o del visionado de series y películas norteamericanas. Bueno, cierto día sabatino me
asomé al patio de la casa, mi padre había
sacado muy temprano el Land Rover del garaje y empezó a trabajar en algo muy
extraño; un balde lleno de agua , cables y varillas metálicas aparecieron ante
mí. De repente, una voz atronadora e imperiosa me detuvo: “!cuidado, no metas las manos en
el balde!”
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| Representación de la máquina de soldar en acción, según recuerdos del autor del blog |
| Diagrama de la máquina (ilustración del autor del texto) |
En efecto, en aquel recipiente había sumergidos dos electrodos que, a su vez,
estaban asidos a dos cables de alta tensión; uno conectaba a la toma de
corriente y otro a una punta de soldar, mientras que otro cable independiente
del balde, y unido a un caimán, estaba igualmente conectado a la toma. Mi padre
entonces cogía con el caimán la pieza que
quería trabajar y con la punta soldaba.
Aquello era un espectáculo de luces y chispas que iluminaba todo el garaje. Con
razón, nos prohibía tajantemente al
suscrito y sus hermanos estar en aquel taller improvisado mientras usaba la
máquina.
Después de tantos años, recordando aquella escena,
me sorprende sobremanera saber que con
ese rudimentario artilugio mi progenitor construyó las rejas de la casa(¡)
Los indicadores del Trooper
En agosto de 1992 mi padre llego a la casa conduciendo su recién adquirido carro, un Chevrolet Trooper modelo 1989. Era una versión semi estándar, pero con algunos aditamentos citadinos como el aire acondicionado y la cabina de fibra de vidrio. El vehículo era muy majo, de color negro, con estribo, botes y dos llamativas calcomanías pegadas a ambos lados de la carrocería; un adorno que seguramente fue puesto por el antiguo dueño y que, dato curioso, no disgusto a mi padre quien decidió dejarlo.
No obstante el excelente estado del carro y su
imponente presencia, le faltaban algunos aditamentos propios de la versión DLX
de lujo como los eleva vidrios, el nuevo diseño del timón y el juego de tres indicadores adicionales del panel de
instrumentos. En efecto, el carro de mi papá solo traía el velocímetro, el tacómetro y las luces testigo. Nada más.
Como mi progenitor siempre personalizaba y mejoraba lo que compraba, quiso hacer lo mismo con su vehículo. Primero, mando a colocar los eleva vidrios, después compro de segunda (pero en excelente estado) un timón de Tropper DLX… Pero, faltaba algo. Aquella cabina estándar lucia escueta sin los tres indicadores que estaban ubicados, en la versión DLX, en un pequeño espacio empotrado en la mitad del tablero. Comprar un juego de segunda saldría difícil porque habría que buscar pacientemente a alguien que estuviera dispuesto a venderlo. Conseguirlo nuevo era demasiado costoso porque tocaría comprar todo el tablero. Bueno, si algo no se puede conseguir, se hace. Tal fue la premisa de mi padre. Decidió construir el mismo el juego. Dispuso de un pedazo rectangular de latón al que le hizo tres orificios para acomodar los indicadores , seguidamente curvó sus bordes, dándole un grosor y un aspecto más industrial. Compró los relojes indicadores, era tres: presión de aceite, temperatura del motor y nivel de gasolina.
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| Aspecto que tendría el tablero de instrumentos del Chevrolet Tropper de mi padre con el nuevo timón y el juego de tres indicadores que el mismo construyó. |
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| Set de indicadores hechos por mi padre: presión de aceite temperatura del motor y carga de batería. Reconstrucciones según el autor del texto. |
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| Panel original: presión de aceite , temperatura del motor y nivel de gasilona. |
Con las partes dispuestas, armó todo y pinto la pieza con laca de color negro mate; la colocó en su lugar en el tablero y luego se sumergió en las entrañas del carro para conectar debidamente los sensores, cables y guayas de los indicadores.
Recuerdo
que al ver el juego de tres relojitos en
el centro de la cabina, me parecieron muy curiosos. No obstante ser diferentes de
los originales, tenían su toque especial. En la noche, iluminados con su luz verdosa, lucían muy bonitos y no
desentonaban para nada. Ahora, mi padre estaba satisfecho porque su Chevrolet
Tropper semi estándar tenía todas las
ventajas interiores de la versión de lujo.
Quizás hay más soluciones ingeniosas que recordar las cuales no descarto exponer en una segunda entrega, pero las reseñadas acá son las que marcaron mi infancia y adolescencia al lado de mi padre.







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