miércoles, 22 de junio de 2022

 

El mata ratón

 A propósito de la viruela símica, se me vino 

a la memoria este recuerdo.

Ilustración del autor de blog.

Es el año de 1984 , estaba cuarto de primaria y  en mi salón hubo un  brote de varicela. Uno a uno íbamos cayendo como butifarras, empezó en febrero o marzo. Llegaban a mis oídos los testimonios de los padecimientos de la enfermedad, aunque algunos eran casos muy leves. Me convencí con total seguridad  de que aquel año no lo iba a pasar sin contagiarme. Solo era cuestión de tiempo, ¿pero cuándo? ¿Mañana? ¿Pasado mañana?  Entre los compañeros del aula hacíamos apuestas sobre “quién cae primero”, un juego macabro.

 

Pasó febrero y marzo, nada. Estaba invicto, esquivaba el virus y hasta pensé que las cosas quedarían así. Llegaron las vacaciones de Semana Santa, era el sábado que  precede al Domingo de Ramos. Recuerdo estar leyendo un paquito del famoso “Condorito” en la terraza de mi casa y de un momento a otro empecé a sentirme muy mal, un malestar espantoso se apoderó de mi. La fiebre hizo su aparición, demasiado alta para ser una simple gripa.


“Ñeeerrrrrdaaaa, ya me tocó”, me dije así mismo… Entonces, se prendieron las alarmas en la casa. Mi mamá hizo las llamadas correspondientes y dos ayudas vinieron al rescate: la ciencia representada en una consulta ese mismo día con el Dr. Flórez, el médico de confianza de la familia; y la otra, la medicina tradicional, la de los abuelos, representada en mi abuela Carmen. El médico no dudó en decir que era varicela y me recetó los medicamentos pertinentes, pero mi abuela esgrimió uno que según ella era infalible para la enfermedad: él mata ratón.


 Gliricidia sepium, también llamado, según el país en cuestión, “Gliricidia”, “madre de cacao”, “madriado”, “madricacao”, “mata ratón” (como lo llaman en la costa norte colombiana), es un árbol de la familia de las leguminosas. Habita en toda Centro América, desde el sur de México hasta Colombia, Venezuela hasta las Guayanas. Es usado en la medicina tradicional para diversas afecciones.

Llegado el Lunes Santo, mi cuerpo tenía el aspecto de una guanábana. Adquirí la forma más virulenta de la enfermedad con muchísimos granos y vesículas, algunas de estas llamadas coloquialmente “llagas madres”(por su tamaño y profundidad) me aparecieron en la muñeca derecha, piernas y pecho. Todavía son visibles en mi cuerpo sus cicatrices. Cómo estaba muy brotado, el doctor me mandó inyecciones.


Entonces entró en acción mi abuela materna. Todas las mañanas, muy temprano, llegaba a mi casa con las ramas de mata ratón. Las  colocaba en una ponchera llena de  agua esterilizada , las revolvía y de forma muy paciente me aplicaba la mezcla en las lesiones. Lo sorprendente para mi es que lo hacía   sin gasas y con las manos desnudas. En medio del eco que producía el pequeño baño de mi casa, me dirigí a ella.

_Abuelita_ dije  arrugando mi rostro por la molestia que me producía la curación.

_Dime, mijo…

_A ti no te ha dado varicela, ¿no tienes miedo de que se te pegue? Me estás curando con la mano “pelá”_ preguntaba mirándola con cara de preocupación.

_Nooo, mijo, a mí no se me pega eso porque tengo la “mano buena”

La “mano buena” era otro de los aspectos de la medicina ancestral. Pero, lo que realmente tenía mi abuela era buenos anti cuerpos. No se contagió esa vez ni nunca, a pesar de que también cuidó a mi hermana, quien fue la siguiente en padecer la enfermedad (aunque más leve). Una vez que me limpiaba con mata ratón, procedía a secarme el cuerpo y a embadurnarme de “Caladryl”.  Seguidamente, me sentaba en el mecedor frente al abanico que resoplaba a toda velocidad. Promediando la mitad de la mañana, arribaba la enfermera del Dr. Flórez a aplicarme la inyección.

 

Mi convalecencia fue infernal, casi no podía dormir por la picazón y el dolor. Recuerdo especialmente un horrendo racimo de vejigas en el tobillo de unos de mis pies. Así como la enorme vesícula madre (la más grande de las cuatro que tenía) que nació  en el empeine del  pie derecho y que parecía un pequeño volcán.  


No sé si la Gliricidia sepium es científicamente eficaz contra las vesículas de la varicela, pero ciertamente la enfermedad cursó y remitió sin complicaciones. Al final, cuando ya estaba curado y dispuesto a regresar al colegio, mi abuela  decía: “Mi mano buena y él mata ratón, nunca te olvides de eso”. Nunca lo olvidaré, pero tampoco el esmero, amor, y dedicación que me dispensó durante esos días.

 

 

 

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