El mata ratón
A propósito de la viruela símica, se me vino
a la memoria este recuerdo.
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| Ilustración del autor de blog. |
Es el año de 1984
, estaba cuarto de primaria y en mi salón
hubo un brote de varicela. Uno a uno
íbamos cayendo como butifarras, empezó en febrero o marzo. Llegaban a mis oídos
los testimonios de los padecimientos de la enfermedad, aunque algunos eran
casos muy leves. Me convencí con total seguridad de que aquel año no lo iba a pasar sin
contagiarme. Solo era cuestión de tiempo, ¿pero cuándo? ¿Mañana? ¿Pasado
mañana? Entre los compañeros del aula hacíamos
apuestas sobre “quién cae primero”, un juego macabro.
Pasó febrero
y marzo, nada. Estaba invicto, esquivaba el virus y hasta pensé que las cosas
quedarían así. Llegaron las vacaciones de Semana Santa, era el sábado que precede al Domingo de Ramos. Recuerdo estar
leyendo un paquito del famoso “Condorito” en la terraza de mi casa y de un
momento a otro empecé a sentirme muy mal, un malestar espantoso se apoderó de
mi. La fiebre hizo su aparición, demasiado alta para ser una simple gripa.
“Ñeeerrrrrdaaaa,
ya me tocó”, me dije así mismo… Entonces, se prendieron las alarmas en la casa. Mi mamá hizo las llamadas
correspondientes y dos ayudas vinieron
al rescate: la ciencia representada en una consulta ese mismo día con el Dr. Flórez, el médico de confianza de la
familia; y la otra, la medicina tradicional, la de los abuelos, representada
en mi abuela Carmen. El médico no dudó en decir que era varicela y me recetó los
medicamentos pertinentes, pero mi abuela esgrimió uno que según ella era
infalible para la enfermedad: él mata ratón.
Gliricidia sepium, también llamado, según el país en cuestión, “Gliricidia”,
“madre de cacao”, “madriado”, “madricacao”, “mata ratón” (como lo llaman en la
costa norte colombiana), es un árbol de la familia de las leguminosas. Habita en
toda Centro América, desde el sur de México hasta Colombia, Venezuela hasta las
Guayanas. Es usado en la medicina tradicional para diversas afecciones.
Llegado el Lunes
Santo, mi cuerpo tenía el aspecto de una guanábana. Adquirí la forma más virulenta de la
enfermedad con muchísimos granos y vesículas, algunas de estas llamadas
coloquialmente “llagas madres”(por su tamaño y profundidad) me aparecieron en
la muñeca derecha, piernas y pecho. Todavía son visibles en mi cuerpo sus cicatrices.
Cómo estaba muy brotado, el doctor me mandó inyecciones.
Entonces entró
en acción mi abuela materna. Todas las mañanas, muy temprano, llegaba a mi casa con las
ramas de mata ratón. Las colocaba en una ponchera llena de agua esterilizada , las revolvía y de forma
muy paciente me aplicaba la mezcla en las lesiones. Lo sorprendente para
mi es que lo hacía sin gasas y con las manos desnudas. En medio
del eco que producía el pequeño baño de mi casa, me dirigí a ella.
_Abuelita_ dije
arrugando mi rostro por la molestia que
me producía la curación.
_Dime, mijo…
_A ti no te
ha dado varicela, ¿no tienes miedo de que se te pegue? Me estás curando con la
mano “pelá”_ preguntaba mirándola con
cara de preocupación.
_Nooo, mijo,
a mí no se me pega eso porque tengo la “mano buena”
La “mano
buena” era otro de los aspectos de la medicina ancestral. Pero, lo que
realmente tenía mi abuela era buenos anti cuerpos. No se contagió esa vez ni
nunca, a pesar de que también cuidó a mi hermana, quien fue la siguiente en padecer la enfermedad (aunque más leve). Una
vez que me limpiaba con mata ratón, procedía a secarme el cuerpo y a embadurnarme de “Caladryl”. Seguidamente, me sentaba en el mecedor frente al
abanico que resoplaba a toda velocidad. Promediando la mitad de la mañana,
arribaba la enfermera del Dr. Flórez a aplicarme la inyección.
Mi
convalecencia fue infernal, casi no podía dormir por la picazón y el dolor.
Recuerdo especialmente un horrendo racimo de vejigas en el tobillo de unos de mis
pies. Así como la enorme vesícula madre (la más grande de las cuatro que tenía)
que nació en el empeine del pie derecho y que parecía un pequeño volcán.
No sé si la Gliricidia
sepium es científicamente eficaz contra las vesículas de la varicela, pero ciertamente
la enfermedad cursó y remitió sin
complicaciones. Al final, cuando ya estaba curado y dispuesto a regresar al
colegio, mi abuela decía: “Mi mano buena
y él mata ratón, nunca te olvides de eso”. Nunca lo olvidaré, pero tampoco el esmero, amor, y dedicación que me dispensó durante esos días.

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