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miércoles, 22 de abril de 2026

Calculadoras

 


Hay un aparato electrónico  al cual, siempre fui aficionado y por el que  tuve un gusto especial: la calculadora de bolsillo.Hace unos 36 años se percibía como una maravilla tecnológica, pues con ella  podíamos resolver no solo las operaciones básicas matemáticas y trigonométricas, sino, otras más complejas. Hace unos 38 años era fascinante para el suscrito tener una calculadora de bolsillo, palpar ese pequeño instrumento era motivo de satisfacción y alegría.

Las calculadoras de bolsillo  evolucionaron  principalmente  en la década del  1970.  La LE-120 (1971), producida en Japón y la  HP-35 (1972) fueron  hitos fundacionales de estos aparatos en cuanto al uso generalizado entre el público. El ejercicio del cálculo personal había reemplazado  las  reglas de cálculo y sumadoras mecánicas por cómodos y pequeños aparatos que usaban en sus pantallas tecnología LEDs y posteriormente LCD.

Tratar la compleja historia de la calculadora de bolsillo no es el objeto de este texto, pero podemos resumir, en líneas generales, su discurrir evolutivo en los siguientes hitos:

  • Aparece en algún momento de la prehistoria el ábaco,  la primera máquina de cálculo de la historia.
  • En 1642 Blas Pascal desarrolla la “Pascalina” (sumas y restas)
  • Charles Babbage diseña en 1832 su maquina analítica la cual, no llegó a construirse, pero representó un avance para el futuro diseño de  calculadoras.
  • En 1945 se pone en operación en Estados Unidos  la Calculadora Electrónica (ENIAC), considerada la primera máquina  de calcular en emplear  íntegramente  la electricidad.
  • Texas Instruments presenta en 1967 la calculadora portátil “CAL-TECH”
  • Años setentas, aparición y  popularización de modelos de bolsillo como la mencionada  HP-35 (1972), primera calculadora de mano capaz de realizar funciones trigonométricas y logarítmicas. Por su parte, Texas Instrumentos lanza la TI-2500.
  • Era moderna, calculadoras Digitales: Integración en computadoras, relojes y teléfonos móviles.

 

Ya en los años ochenta, época donde discurrió la  infancia del servidor que les escribe, las calculadoras de bolsillo estaban muy perfeccionadas. Si algo me emocionaba en esa época era recibir de regalo una de esas maravillosas máquinas. Haré en consecuencia un recuento de mis calculadoras y como llegaron a mí.

 Si no estoy mal, fue en 1989 cuando le pedí a mi padre una calculadora de regalo de cumpleaños. Era un modelo básico de seis funciones marca CASIO de color blanco, delgado y de diseño elegante.  Tenía una tapa negra que protegía la pantalla y el teclado, se abría como un librito cada vez que se iba a usar.  No recuerdo su  referencia exacta, pero probablemente era una  HS-8VA en su variante alimentada  por baterías (había otra variante de alimentación solar) ¿Y para que  deseaba este servidor con una calculadora? En aquel año cursaba noveno grado, así que no era muy necesaria para algebra, entonces la usaba para hacer cualquier cálculo que se me ocurriera o necesitase. Hacia las cuentas referentes a la merienda que me daban todos los días, cuanto podía gastar, cuánto dinero me sobraba todos los días. También para sumar notas y sacar promedios, en fin, siempre le encontraba utilidad en el diario vivir.


CASIO básica, probablemente de la referencia HS-8VA, mi regalo de cumpleaños de 1989.
(recreación realizada por del autor basada en sus los recuerdos)

En 1990  iba  recibir clases de trigonometria en el colegio, así que debía hacerme a una calculadora científica para trabajar con funciones trigonométricas. Empecé a usar una que era de mi padre  para las nuevas exigencias escolares. Se trataba de  una calculadora marca  AURORA, de color metalizado, reluciente y delgada. Como era común en los modelos de esa época, traía una tapa estilo solapa como la CASIO. Era un aparato muy potente y completo. La pantalla era grande, de diez dígitos. Además, podía hacer cálculos más grandes, ya que manejaba notación exponencial. Como en aquel entonces me volví fanático  la serie “Cosmos” de Carl Sagan, no tardé en hacer cálculos convirtiendo años luz en kilómetros para tener una idea más cercana a la realidad de las distancias estelares. No puedo recodar  la referencia exacta de la AURORA. Investigando en la Internet, podría suponer  que fuese una de la serie SC 100P.

 

Calculadora científica AURORA (probablemente de la serie SC 100P). Representación
realizada por el autor del texto basado en sus recuerdos.

Pero aquella bonita máquina de calcular no iba a durarme todo el año. Transcurriendo el mes de agosto, según recuerdo, la extravié en el colegio. Quizás se salió del maletín, o la dejé en alguna parte. Siempre he sido, y aún lo soy, despistado y distraído. Como necesitaba una calculadora para las consabidas funciones trigonométricas, mi padre  prometió comprarme una.

Fue un sábado de 1990,  salí en la mañana con mi padre en su Nissan Patrol modelo 1982. Primero llegamos a un almacén de repuestos donde mi progenitor compró un carburador para el carro, luego fuimos al entonces famoso centro de ventas tecnológicas “San Andresito” a buscar la calculadora. Dimos con la CASIO fx-82D FRACTION, un modelo robusto “de combate” pensado específicamente para estudiantes. De ocho dígitos, alimentada por dos pilas AA, esta calculadora no era esbelta y plana , pues era relativamente grande (para que le cupieran las dos pilas) en comparación con los modelos tradicionales. Presentaba la novedad de estar protegida por un estuche rígido con una gran tapa  la cual, se abría para usar el teclado. En este caso, mis recuerdos son más precisos, puedo decir con bastante seguridad que ese fue el modelo que mi padre me compró aquel día.  

 

CASIO fx-82D FRACTION de 1990, igual a la que tuve (recreación del autor con base a recuerdos)

Después de graduarme de bachillerato tuve más calculadoras, siempre tengo alguna a la mano. Tuve alguna vez la CASIO fx-82 TL, más delgada que la fx-82D y con una cubierta deslizante que se retiraba para usar la calculadora. Cabe anotar que a partir de los 90s se popularizaron modelos bastante económicos, de marcas genéricas que se venden en grandes cantidades en los comercios populares. Cuestan unas 5 cinco veces menos que las CASIO originales, pero son fiables y relativamente durables. 
Actualmente tengo varias de este tipo, todas científicas.

Calculadoras científicas genéricas (propiedad del autor del blog)

La incorporación de muchas funciones matemáticas  a los celulares inteligentes condena a la calculadora de bolsillo a desaparecer. La gente prefiere hacer cálculos básicos en su móvil que cargar otro aparato para el mismo fin. No obstante, seguiré siendo fan a este maravilloso artilugio.

 

sábado, 11 de abril de 2026

Mc Giver

 

Ilustración y montaje del autor del texto

Soy una persona de evocaciones, un nostálgico de toda la vida que ha querido revivir los bellos recuerdos de  infancia en esta serie de crónicas. Una persona que, además,  rememora en ellas la figura noble de su finado padre; hombre abnegado y entregado a su familia,  cuya recursividad e inteligencia le permitió superarse en la vida profesional y personal.

Uno de los aspectos que más recuerdo de mi papá es su  extraordinaria habilidad para  la manualidad, el desarrollo de soluciones ingeniosas, así como  la construcción de  útiles artilugios: aquella gran antena, la acometida para la  planta eléctrica,   una  bomba alternativa de pistón, etc.  En los siguientes párrafos, haré un recorrido nostálgico por aquellos inventos y cosas, razón por la cual escogí el sustantivo “Mc Gyver”  para bautizar la crónica. Esto en alusión a la popular serie de TV de los 80s y 90s donde el personaje protagonista homónimo  solucionaba problemas y salía airoso de situaciones usando su ingenio, exactamente lo que hacía mi padre a quien, por ciento, le gustaba la serie.


La antena de TV

Este invento ya fue descrito en profundidad en una crónica pasada llamada “La súper antena de papá” que pueden encontrar en  este blog, buscándola por el título en la etiqueta “remembranzas”. Mi progenitor  fue durante toda su vida un especialista en construcción de antenas, las  cuales salían de sus prodigiosas manos  con una factura perfecta. De haber querido, habría tenido un próspero negocio de ventas de estos artilugios.


En un fin de semana podía armar una antena de aluminio, usando tan solo una segueta, prensa, un remachador, ángulo, lápiz y metro. No usaba planos, todo estaba en su mente. Si estoy mal, armó unas 5 antenas, la última de las cuales yace aún en el techo de mi casa derribada por el paso del tiempo.


Maquetas funcionales de bombas de agua

En el colegio donde estudié organizaban una feria científica todos los años en el mes de octubre. Los estudiantes debían presentar proyectos  que se basaran en principios físicos, que fuesen funcionales, además de prácticos. Al enterarse mi padre de esto, se le ocurrió construir una pequeña bomba centrífuga para mi proyecto. Como su rol en la empresa donde laboraba versaba sobre bombas, turbinas y compresores, quién más que él para ayudarme.

Yo sabía lo que era una bomba centrífuga gracias al libro “Cómo funcionan las cosas” (que describo en la crónica “!Ahí vienen los libros!”) , así que no me sería difícil sustentar el proyecto ante el público. Mi padre se puso manos a la obra e inició la construcción  de la primera de sus bombas en miniatura, ya que en los siguientes años hizo otra para mí y para mi hermano menor.

Recreación de la bomba según mis recuerdos 

El invento causó sensación en mi colegio. Recuerdo que lo presenté en una feria intercolegial que se realizó en un colegio femenino (qué emoción). Ante un público de chicas hice mi demostración y quedé en  el segundo lugar. La delegación que fue en representación de mi escuela estuvo conformada por este servidor, el profesor de ciencia…Y unos  tres colados que se  pegaron para escapar de un examen de trigonometría.

Para la feria del año siguiente, mi padre construyó una bomba alternativa de pistón y dos años después hizo otra de ese tipo, pero mucho más perfeccionada.


Estampados

Tengo un recuerdo lejano,  pero verídico, en el que mi padre decoraba pijamas con personajes de Disney. En ese entonces, el servidor que les escribe pensaba que esos muñecos eran dibujados a mano. Sin embargo, nunca vi pinceles ni tarros de pintura en la casa. ¿Cómo diantres, me preguntaba,  hacía  mi papá para plasmar a Pluto y Mickey en la pijama de mi  hermana? Las imágenes eran perfectas, demasiado para ser producto de pinceladas; no había trazos de pintura, ni líneas imprecisas . ¿Qué ocurría?

Lo más extraño de todo era que a veces encontraba en el patio unos marcos de madera con un lienzo  muy fino y tensado. En algún momento, no recuerdo cuando exactamente, supe que esos marcos tenían que ver con la impresión de las figuras , ya que  mi padre vertía un pigmento sobre ellos  y regaba la tinta sobre  el lienzo usando un pedazo plano de madera. Todo esto lo hacía mientras tenía   la pantalla o marco  puesto sobre    la tela de la pijama.

 Como lucía una de las pijamas estampadas, según mis recuerdos.

En realidad, lo que mi progenitor hacía era emplear la técnica del screen o serigrafía para fijar figuras sobre las pijamas de mi hermana (en ese entonces aun éramos dos hermanitos de un total de cuatro). Esta técnica fue, hasta el advenimiento de los modernos métodos de estampado sobre tela, la más usada para decorar ropa. No obstante, se requería muchísima práctica para obtener resultados óptimos, además de que  entrañaba  un procedimiento  complicado. Aún así, sin trabajar nunca en el ramo del diseño textil y dedicándole solo los días libres, mi padre dominó la técnica de una forma completamente autodidacta.   Esto tiene más merito aún si tenemos en cuenta que  las ilustraciones debían ser primero dibujadas o calcadas con  tinta china sobre papel pergamino antes de plasmarlas, con lo cual, también debía manejar bien la plumilla o el rapidògrafo. 


Llave para desenroscar los cables de las cajas decodificadoras

Este fue uno de los inventos más recientes de mi padre, de hecho, aún lo conservo. El TV cable llegó a la casa en 1994. En un principio, la acometida que surtía la señal se conectaba directamente a los televisores, pero, con el paso del tiempo la empresa proveedora del servicio  instaló unas cajas decodificadoras para estos. 





Resulta que el receptor macho de la caja, a donde iba acoplada la terminal hembra del cable, tenía un protector que impedía cualquier manipulación. En consecuencia, solo el uso de una  herramienta especial, que   tenían los técnicos de la empresa, permitía desconectar la caja de la acometida.

Mi padre advirtió esta situación  y se puso manos a la obra. Buscó una pequeña lámina de latón y, usando sus herramientas, la dobló sobre sí misma hasta obtener un cilindro; seguidamente, hizo unas muescas en una de los extremos de este de tal forma, que encajasen en la tuerca de la terminal hembra del cable. El dispositivo resultó de maravilla, ya que de una forma fácil y rápida desenroscábamos aquellas cajas si, por ejemplo, queríamos cambiarla de televisor sin necesidad de llamar al servicio técnico. 


La máquina de soldar

Esta es la ganadora, la más impresionante de las cosas ingeniosas que hacía mi padre. El siempre manejó el concepto del “taller a lo americano”, es decir,  que el garaje  se convertía  en área de trabajo una vez se  haya sacado el vehículo. Este concepto lo asimiló seguramente de la revista “Mecánica popular” (la cual siempre me compraba, no sin antes sacarle información) o del visionado de series y películas  norteamericanas. Bueno, cierto día sabatino me asomé al patio de la casa,  mi padre había sacado muy temprano el Land Rover del garaje y empezó a trabajar en algo muy extraño; un balde  lleno de agua ,  cables y varillas metálicas aparecieron ante mí. De repente, una voz atronadora e imperiosa  me detuvo: “!cuidado, no metas las manos en el  balde!”  



Representación de la máquina de soldar en acción, según recuerdos del autor del blog

 
Diagrama de la máquina (ilustración del autor del texto)


En efecto, en aquel recipiente había  sumergidos dos electrodos que, a su vez, estaban asidos a dos cables de alta tensión; uno conectaba a la toma de corriente y otro a una punta de soldar, mientras que otro cable independiente del balde, y unido a un caimán, estaba igualmente conectado a la toma. Mi padre entonces cogía con el caimán  la pieza que quería trabajar  y con la punta soldaba. Aquello era un espectáculo de luces y chispas que iluminaba todo el garaje. Con razón, nos  prohibía tajantemente al suscrito y sus hermanos estar en aquel taller improvisado mientras usaba la máquina. 

Después de tantos años, recordando aquella escena, me sorprende sobremanera saber que  con ese rudimentario artilugio mi progenitor construyó las rejas de la casa(¡)

 

 Los indicadores del Trooper

En agosto de 1992 mi padre llego a la casa conduciendo  su recién adquirido  carro, un Chevrolet Trooper modelo 1989. Era una versión semi estándar, pero con algunos aditamentos citadinos como el aire acondicionado y  la cabina de fibra de vidrio.   El vehículo era  muy majo, de color negro, con estribo, botes y dos  llamativas calcomanías  pegadas  a ambos lados  de la carrocería; un adorno que seguramente fue  puesto  por el antiguo dueño y que, dato  curioso, no disgusto a mi padre quien decidió  dejarlo.

No obstante el excelente estado del carro y su imponente presencia, le faltaban algunos aditamentos propios de la versión DLX de lujo como los eleva vidrios, el nuevo diseño del  timón y el juego de tres  indicadores adicionales del panel de instrumentos. En efecto, el carro de mi papá solo traía el velocímetro,  el tacómetro y las luces testigo. Nada más.

Como mi progenitor siempre personalizaba y mejoraba  lo que compraba, quiso hacer lo mismo con su vehículo. Primero, mando a colocar los eleva vidrios, después compro de segunda (pero en excelente estado) un timón de Tropper DLX… Pero, faltaba algo.  Aquella cabina estándar lucia escueta sin los tres indicadores que estaban ubicados, en la versión DLX, en un pequeño espacio  empotrado en la mitad del tablero. Comprar un juego  de segunda saldría difícil porque habría que buscar pacientemente a alguien que  estuviera dispuesto a venderlo. Conseguirlo nuevo era demasiado costoso porque tocaría comprar todo el tablero. Bueno, si algo no se puede conseguir, se hace. Tal fue la premisa de mi padre. Decidió construir el mismo el juego. Dispuso de un pedazo rectangular  de latón al que le hizo tres orificios para acomodar los indicadores  , seguidamente curvó sus bordes, dándole un grosor y un aspecto más industrial. Compró  los relojes indicadores, era tres: presión de aceite, temperatura del motor y nivel de gasolina.


Aspecto que tendría el tablero de instrumentos del Chevrolet Tropper de mi padre con el nuevo timón y el juego de tres indicadores que el mismo construyó.




Set de indicadores hechos por mi padre: presión de aceite
temperatura del motor y carga de batería. Reconstrucciones según el autor del texto.



Panel original: presión de aceite , temperatura del motor y nivel de gasilona.

Con  las partes dispuestas, armó todo  y pinto la pieza con laca de color negro mate; la colocó en su lugar  en el tablero y luego se sumergió en las entrañas del carro para conectar  debidamente  los sensores, cables y guayas de los indicadores.

 Recuerdo que al ver el juego de  tres relojitos en el centro de la cabina,  me parecieron  muy curiosos. No obstante ser diferentes de los originales, tenían su toque especial. En la noche, iluminados con su luz verdosa, lucían muy bonitos  y no desentonaban para nada. Ahora, mi padre estaba satisfecho porque su Chevrolet Tropper  semi estándar tenía todas las ventajas interiores de la versión de lujo.

 Quizás hay más soluciones ingeniosas que recordar las cuales no descarto exponer en una segunda entrega, pero las reseñadas acá son las que marcaron mi infancia y adolescencia al lado de mi padre.

 





martes, 12 de agosto de 2025

Aquellos buses

 

Ilustración del autor del blog

Tengo una memoria de largo plazo muy afinada, puedo recordar  detalles certeros, especialmente en lo referente al aspecto y características de las cosas; la marca del televisor que teníamos en casa, el tipo de cámara fotográfica que usaba mi finado padre, el modelo de los carros que compró a lo largo de su vida, los zapatos que este servidor usaba, etc.

Desde luego, siendo aficionado (como lo fue mi padre aunque él era un verdadero maestro en esto)  de  los inventos, puedo recordar los modelos de los buses que usaba en mi infancia para transportarme. De hecho, cada vez que me subía en un bus, grababa en mi memoria  todas las características de este: modelo, marca, carrocería, etc. 

En los 80s el transporte colectivo público que pasaba por mi casa, y que unía al  municipio de  Soledad con  la ciudad de Barranquilla,    estaba conformado por buses de los 60s, 70s y los del año. Los dos primeros, salvo algunas excepciones, tenían carrocería de estructura de madera revestida de  lámina galvanizada. Recuerdo bien aquellas ventanas de marco de madera abatibles que al momento de sobrevenir un chaparrón o aguacero, los pasajeros debían subirlas (ver figura 1). Estas carrocerías hacían mucho ruido cuando el vehículo transitaba, sobre todo si había baches en la carretera; las ventanas tronaban así estuviesen bajadas o subidas, es un  sonido que  nunca olvidaré.

Sistema de ventanas de los viejos buses de carrocería de madera y lámina galvanizada.

Los buses más viejos (carrozados en madera),   eran en su mayoría chasises Ford B 600 de 1966   y , en menor grado, Ford Mercury de 1960. Cubrían las rutas “ Calle 17 Ferry (que llegaba hasta la plaza de Soledad”  e  “Hipódromo Inem Salamanca”, la cual pasaba a una cuadra de mi casa y era la que tomaba para retornar del colegio en 1987. Ya en esa época, estos colectivos lucían desvencijados, pues estamos hablando de 20 o 30 años de uso.

De la línea Ford, también estaba el  F 850  Super Duty de 1966 , el cual no recuerdo haberlo visto en rutas de Soledad. Me subí en algunos durante  las innumerables veces que, de la mano de mi madre, recorrí Barranquilla acompañándola en sus diligencias. 

Catálogo informativo sobre  las especificaciones técnicas del chasis Ford B 750, de la misma familia del B 600. 


Representación de un bus Ford B 600  modelo 1966, carrocería de madera y lámina.
 Ilustración del autor del blog. 


Portada de folleto informativo sobre buses Ford  de 1966 para transporte escolar. En los Estados Unidos, casa matriz de la marca, estos modelos eran   promovidos para ese acometido  dada su solidez y estabilidad.  Estas virtudes fueron claves para adaptarse al trabajo duro en las calles soledeñas y barranquilleras. 

Otro modelo muy popular en el transporte público colectivo en tiempos de mi infancia era el Dodge D - 600 de 1970  y el Dodge D- 600 de 1979. El primero era el más longevo, cubría generalmente las rutas “Calle 17 Salamanca” ,  “Calle 17 Bocas de Ceniza” y “Calle 17 Ferry”. Algunos estaban carrozados en madera luciendo las icónicas ventanas abatibles y otros, más custonizados, tenían carrocería metálica y ventanas de vidrio corredizas. Tanto  los Ford  de 1966 como  los  Dodge  de 1970 eran movidos   por  motores de gasolina.


Quizás en mi infancia me subí en este bus, un Dodge D - 600, probablemente de 1969 o 1970.  Era costumbre que los conductores se retrataran junto a los vehículos, ya que los consideraban como a unos verdaderos compañeros.Cada bus tenía su  conductor  exclusivo, quien debía velar por su cuidado.


El chasis Dodge D- 600 de 1979 (y posteriores) era en ese entonces  un modelo más avanzado y potente. Algunos contaban con carrocería metálica marca “Superior” y otros con la tradicional de madera. No recuerdo haber visto alguno con motor de gasolina, pues la mayoría eran diesel, más eficiente  para el transporte urbano. Prestaba servicio en la ruta “C17” ( calle 17). Cabe destacar, además, las busetas Dodge (solo recuerdo una operando en la ruta Calle 30 American Bar), muy cómodas, con suspensión delantera independiente. Este tipo de vehículos colectivos fueron tremendamente populares en la ciudad de Bogotá (acuérdense de la serie “Romeo y Buseta”). 

Bus Dodge (1979 en adelante), carrocería Superior y motor diesel.

Hacia 1982 – 1983, empecé a ver en las calles  de Soledad  el bus Chevrolet B-60. De guardafangos curvos y motor de gasolina, este modelo databa realmente de los 70s, siendo tarde su llegada a las calles de mi infancia. En todo caso era una novedad verlo engalanado con carrocerías metálicas  marca “Independiente” ,  cubriendo las rutas “C17” y  “Calle 30 American Bar”.  A finales de los 80s, llegó el popular “Cara de cartón”, un bus cuyo nombre de pila era Chevrolet B-60, igual que su homónimo de los 70s, pero con un diseño cuadriculado, anguloso que le daba esa impresión de ser una caja de cartón; su motor de gasolina tenía un sonido característico, que me sonaba acaso más silencioso que los viejos Ford y Dodge de los 60s y 70s. Además de la ruta “Hipódromo Soledad aeropuerto”, operaba también las de su pariente. A estas alturas, finales de los 80s  e inicios de los 90s, todo bus nuevo salía al ruedo  carrozado en metal; aquellas viejas moles de madera y lámina galvanizada  estaban convirtiéndose en  un recuerdo, sobreviviendo únicamente en la figura de las tradicionales chivas turísticas.

Bus Chevrolet B-60 (1982 en adelante) 


Bus Chevrolet B-60, el popular "Cara de cartón"  (1989 en adelante)  con carrocería independiente.

En los 90s aparece  el famoso “Kodiak” o, en su denominación para bus, “Chevrolet B 70” (el apodo proviene de su denominación para la versión camión). Dotado de un enorme y  potente motor diesel, podía desarrollar con facilidad grandes velocidades, incluso aún lleno de pasajeros. En 1995 lo vi por vez primera en la  ruta “Carrera  54 , 58, callle 77” que  fue inaugurada con un lote de buses nuevos. La durabilidad y fortaleza de este modelo fue tal, que 20 años después aún había ejemplares en servicio en la ruta “Carrera 54 Uninorte”.  Tan solo hace unos tres años, alcancé a subirme en uno de ellos. También en los 90s vieron  luz los chasises de autocares marca “Izuzu” carrozados por “Independiente”, “Blangar”.


Bus Chevrolet B-60, apareció en las calles de mi municipio Soledad en 1994 -1995.

A lo largo del nuevo milenio (2000 en adelante) aquellos buses que me transportaban en mi infancia le han dado a paso a eficientes busetones con chasises Chevrolet armados merced a  carrocerías  “Marco Polo”, “Busscar” y otras. La última moda son los Buses climatizados de chasis “Scania” carrozados por las marcas mencionadas. Mención aparte merece el sistema de transporte masivo “Transmetro” que usa chasises Scania e International carrozados por Busscar y Marco Polo. 

Ya son lejanos los días en los que me asomaba en mi ventana a ver pasar aquellos buses.  Todos ellos  pintados de vivos colores y diseños, todos  personalizados y bautizados por sus conductores, quienes los adoptaban como sus compañeros de lucha; adornando su interior con cortinas, espejos y foquitos.  Cada uno tenía su impronta que lo identificaba de los demás, de esta forma aquel niño podía identificarlos como si fueran parte de una colección.



martes, 11 de marzo de 2025

Mi pequeño universo

 

Al fin llegaron las vacaciones. Estamos a mediados de noviembre,  ya se palpa la brisa decembrina, las hojas de nuestra arboleda emiten  agradables   sonidos crujientes al ser agitadas por los vientos; el sol hace presencia activa, pues hace 15 días no llueve y está de plácemes alumbrando mi  tiempo de descanso. La temporada veraniega ha llegado. 

El quinto grado fue el más difícil de todos, pero lo he ganado con lo justo y me dispongo a recibir el diploma de primaria a finales de mes. Como estoy en periodo libre, mis progenitores  me autorizan a salir a jugar todos los días. ¡Qué felicidad!

Como se ha dicho en otros estadios de esta antología de remembranzas, el servidor que les escribe vivía con sus padres y  hermanos  en una urbanización de interés social, concretamente en una casa de esquina . Colindando con esta  había una zona de recreo, luego una esplanada, después la carretera principal y más allá un gran solar que estaba separado de  por un muro. 

De esta forma la vivienda gozaba de buena   ventilación, ya que recibía en pleno el aire que llegaba desde el solar. El área de recreo a la que me refería, era mi pequeño universo. Solo con   asomarme a la terraza; estaba ahí esperándome para jugar y divertirme. No tenía mobiliario, senderos  peatonales, columpios, farolas  o cosas por el estilo; era más bien,  un solar de arena bordeado por una hilera de ladrillos rojos de unos 50 cms de alto.  Una solución muy espartana para que los nuevo habitantes del asentamiento plantaran árboles y dispusieran de un lugar para el disfrute y berroche de sus niños. 

Mi padre, gran amante de la naturaleza, sembró algunos árboles en aquel arenal. Lo mismo hicieron los vecinos. Con el tiempo,  se vio tupido de vegetación. Arboles y plantas de diferentes especies formaban un entorno agradable para jugar. Mis hermanitos y yo no dudamos en referirnos a aquello como el “parque”. 

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La temporada de descanso sigue su curso. Corro hacia mi universo, siento la brisa acariciar mi pequeño rostro, miro la copa de los arboles agitarse por la brisa, trepo mi árbol favorito; el palo de caucho que orondo ha florecido en la explanada adjunta al parque. Allí trepado, protegido del sol  merced a la tupida copa, recostado sobre una de las gruesas ramas que se balancea suavemente al son del viento; descanso feliz y exultante.

 

Después de un rato de asueto, bajo del árbol, me dirijo a   casa y saco mi bicicleta “5 A”. Recorro montado en ella  el parque mientras miro los diferentes árboles. Las ruedas levantan a su paso  una pequeña nube de arena y virutas de hojas muertas.  

Por la noche regreso a mi universo con mis hermanos y amigos de la cuadra. Tal como dije anteriormente, nuestro sitio de recreación no tenía lámparas; aquello era un bosquecillo donde en horas nocturnas reinaba  la  oscuridad, aunque matizada por las luces de las casas adyacentes. De esta forma, era ideal para jugar al “escondido”, aquel  tradicional juego de los niños de antaño. 

Bajo el manto de la penumbra, un participante  previamente escogido se tapaba los ojos y contaba hasta 10 o 20 mientras el resto del grupo corría a esconderse. Entonces este servidor que les escribe, a la sazón un grácil niño de 10 años,  recorría el parque buscando un escondrijo donde meterse a fin de no ser descubierto una vez terminara el conteo. Trepo entonces al árbol de almendra que estaba ubicado frente a mi casa, en la zona del parquecito adyacente a la misma. Era más alto que el de caucho, pero más efectivo para ocultarse. Aferrado a las ramas, oculto entre las hojas, observo mi morada desde arriba, veo su techo ennegrecido por los rigores del medio ambiente; admiro la antena “esqueleto de pez”  construida por mi padre, también la arboleda que cubre la terraza. 

¡Qué emoción! Me sentía el rey del mundo. Si hay algo que  los niños  de épocas pretéritas compartían era la fascinación por treparse en los árboles. 

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Al día siguiente, me encuentro otra vez en el parquecito. Esta vez llevo mi balón de fútbol y con dos vecinitos reclutados sobre la marcha, jugamos a los toques; uno de ellos cabecea el balón, luego el otro, sin dejarlo caer, me lo pasa mí y así sucesivamente. Y es que aquel sitio maravilloso no solamente servía para jugar al escondido o a la “lleva”; también acogía las prácticas deportivas. En efecto, el parquecito tenía en su centro un pequeño claro que usábamos para jugar al futbol. Entre los niños de la barriada escogíamos los dos equipos, el dueño del balón era el que tenía prelación para escoger su alineación, mientras el resto formaba el bando rival. Dos pares de piedras servían para demarcar las porterías. Bajo el sol abrazador de la tarde  , aquellos infantes protagonizaban  intensos duelos. Como no había arbitro,  cronómetros o algo parecido, el ganador del partido se definía merced al primer bando que alcanzara determinado número de goles. Esta fórmula, aunque  parecía justa, no impedía que frecuentemente hubiese peleas entre los jugadores debido a supuestas trampas y goles  inválidos. 

Recuerdo que una vez, bajo la dirección de un amiguito de la cuadra quien fungía de “técnico”, formamos un equipo de fútbol. Todos los viernes en la tarde entrenábamos en el parque. El técnico daba instrucciones, gritaba, daba órdenes; mientras nosotros, empapados de sudor y negros por recibir tanto sol, nos esforzábamos en los ejercicios. Hay un recuerdo gracioso sobre aquellas jornadas de prácticas. Es la evocación de aquella frase del técnico cuando entrenaba a los delanteros e intentaba darles ánimo en aras de convertirlos en feroces goleadores: “Deben obsesionarse con el gol, deben tener el arco rival pintado en su mente... Deben imaginar que  es una inmensa   'chucha'. ”  Semejante expresión, fogosa e irreverente, aludía a la zona íntima de la mujer para incentivar el hambre de gol entre aquellos prepúberes que apenas se asomaban tímidamente al despertar sexual. Por mi parte,  solo me causaba risa.

Con el paso del tiempo el proyecto del equipo de fútbol, cuyo uniforme iba a ser camisa blanca con pantaloneta azul oscuro e iba representar a nuestro barrio en los diferentes torneos, se fue diluyendo hasta desaparecer. Nunca jugó un partido oficial. 

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Han pasado varios días desde que salí de vacaciones. Esta vez no jugaré al escondido, ni al fútbol; tomaré una pequeña nave espacial que hice con un cartón e imaginaré que el parque es una luna de un planeta lejano. Como tengo la mente encandilada debido al visionado de la película “El regreso del Jedi” de la saga de “Star Wars”, transformé el parque en la luna “Endor” y la terraza de mi casa en la “Estrella de la muerte”. Entonces, sosteniendo mi navecilla espacial con mi mano derecha, hago una carrera desde mi casa hasta el último árbol del parque; imagino que exploro la luna volando sobre sus boques.

Una vez mi padre me regaló unos pequeños de aviones de plástico, eran muy bonitos y  de modelos de la primera guerra mundial. Estos pequeños aerodinos recorrían el parque, dándole la vuelta a los árboles, ascendiendo para después irse en picada. A veces el avioncito aterrizaba en el tierrero, entre las hojas muertas. Yo era un niño dotado de una tremenda imaginación, capaz de transformar mi entorno en escenarios fantásticos y excitantes.   

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Mi pequeño universo sigue ahí, lo veo desde la ventana de mi habitación o desde la terraza… El tiempo pasa, voy creciendo, mi parquecito está en franco deterioro; los otrora bonitos  ladrillos rojos que lo delimitaba lucen descoloridos y se están desprendiendo. Llego la hora de mudarnos de casa, ya no lo podré ver más a diario. No obstante, lo visito a veces y sigo notando más desolación y abandono. Con el inexorable paso de los años, se hace necesario removerlo.

Hacia mediados de la década de los 2000s, el municipio  construyó otro espacio de recreación en el mismo sitio donde estaba aquella cantera de recuerdos.  Hoy día, el nuevo parque tiene luces led, moviliario, zonas verdes , columpios y hasta una pequeña plazoleta techada para eventos. Ni se compara con el viejo parquecito que no era más que una zona arbolada sin más nada. Sin embargo, no tiene, ni tendrá el encanto y la magia de aquel.


Galería de imágenes

 
Recreación del parque según mis recuerdos
(montaje del autor del blog)




Otra imagen, emanada de mi acervo nostálgico. Acuarela y retoque digital
 (ilustración del autor) 




Foto de este servidor y su hermanita tomada por nuestro padre, probablemente en 1979 usando su Kodak Ektralite de 16 mm. Al fondo se aprecia el parque, que en aquel entonces estaba recién construido. Nótese los muros de ladrillos rojos y los arbolitos que apenas están creciendo. Como he dicho, no había  juegos, ni mobiliario; solo la esplanada para sembrar árboles.



Así lucía el parquecito hacia 1985,  la época en la que más jugábamos en el. Los árboles  ya han alcanzado su tamaño máximo.  Algunos ladrillos empiezan a desprenderse según se ve en la imagen. El paisaje ha sido modificado por el levantamiento de una bodegas que se distinguen más allá  de la carretera. Fotografía tomada por mi padre posiblemente con una cámara réflex ZENIT de 35 mm.




En la actualidad mi antiguo pequeño universo a recibido una total transformación y dotación.  Ahora, el municipio le hace mantenimiento a las zonas verdes y el mobiliario (imagen tomada de Google Maps)  



jueves, 3 de octubre de 2024

Aquellas ruedas mágicas

  

Crédito: Adam Dubec

En otro apartado de estas remembranzas me refería a la cometa como uno de los artilugios favoritos de mi infancia. Pero, también hubo otro, más sofisticado quizás,  que marcó mi vida en esos felices años: la bicicleta ("bi-", prefijo latino que significa "dos". "kyklos", palabra griega que significa "rueda". "-ette", diminutivo francés.). Nadie puede afirmar que desconoce lo que es una bicicleta, ese curioso vehículo de dos ruedas tan común en nuestras vidas.

Veamos lo que dice el “Gran diccionario de las ciencias ilustrado a color”, magnifica enciclopedia, dispensada por mi finado padre:  “Velocípedo de dos ruedas , de las cuales la trasera, provista  de uno o varios piñones, es movida _mediante una transmisión de cadena_ por una rueda de dientes (plato) accionada con los pies.” Una acertada y técnica definición. Sin embargo, omitió la principal característica de este vehículo, que es la precesión.


La precesión, ese extraño movimiento que ocurre en los objetos giratorios. Si sostenemos una rueda giratoria por su eje y tratamos de cambiar su dirección, veremos que no podemos cambiar su dirección. 

De esta forma, un ciclista (o en su defecto, un motociclista ) puede conservar la posición vertical al tiempo que se desplaza. Lo hacemos de forma espontánea cuando permitimos que la rueda delantera del vehículo gire sobre su propio eje. De esta forma, los giros hacen que funcione la precesión, corrigiendo la inclinación y permitiendo que se mantenga el equilibrio.

Si estamos transitando en nuestra  la bicicleta y paramos la marcha ante un semáforo, la precesión no funciona y tendremos que poner los pies en el suelo. Hay ciclistas expertos que pueden mantener el equilibrio en reposo, pero en este caso, el efecto no se logra con la precesión, sino, mediante otros factores.                                            



Partes de una bicicleta. 

Este vehículo tiene una historia interesante. Se dice, según algunas fuentes históricas, que la primera bicicleta fue construida  por el alemán Karl von Drais en 1790, bautizada como "dandy horse". Hacia  1830, el escocés Kirkpatrick MacMillan agregó pedales a la bicicleta. En 1860, el francés Pierre Michaux creó la primera bicicleta con pedales y ruedas de hierro. Entrado el sXIX , la bicicleta se popularizo en Europa y EU. Con el tiempo se introdujeron la rueda de seguridad (1878), la cadena de transmisión (1885) y los neumáticos (1890s) Hoy día la bicicleta sigue  vigente y es más asequible que en los tiempos de mi infancia, dada   la cantidad de opciones que hay.

Bicicleta de Pierre Michaux


                     Bicicleta de los años 1890s


Volviendo al tema de la nostalgia, retrocedo en el tiempo. Me encuentro en 1983, las bicicletas eran, quizás, los objetos más deseados por los niños. Para ese entonces, ya había recibido como regalo de navidad diversos juguetes: un juego de armar tanques de guerra, un simulador de bombardero con visor y bombas incluido (los juguetes bélicos estaban de moda) un carrito a control remoto, etc. Como he dicho antes, mi padre no escatimaba en gastos a la hora de vernos felices los 25 de diciembre. Pero, faltaba mi bicicleta. Quería una, pero había que esperar hasta el mes de diciembre para tenerla, pues mi papá me había dicho que el “Niño Dios” me la traería para dicha fecha.

Recuerdo que el flamante caballito de hierro apareció el 25 de diciembre de 1983 en la sala de mi casa (en otro capítulo narraré la experiencia de aquella noche de navidad) La bicicleta era hermosa, marca “5A”, el marco era de color amarillo, los guardabarros, cachos y rines   eran niquelados; el sillín, el espaldar  y los manubrios  era del mismo color del marco.

 En cada manubrio, a manera de adorno,  iban adosadas dos mechas de coloridas hebras de plástico. También, aquel  vehículo iba dotado de un paral y un timbre. Mi padre, que a veces se jactaba de sus regalos, me dijo que era una de las ciclas más bonitas y costosas que había en el mercado. El comentario me confundió, pues me pregunté si era el Niño Dios o mi progenitor el que me daba el regalo. Para recomponer mi inocencia, me dijeron que entre la deidad navideña y mi papá lo habrían costeado.

Quien les escribe estas líneas montando su bicicleta 5A en algún momento de 1984.
Foto tomada por mi padre (probablemente con una cámara réflex ZENIT)

“Rin, rin, rin” trina el vistoso timbre de mi bicicleta. Son los días siguientes a la entrega del fabuloso regalo y aun no aprendo a montarla por mi cuenta. Recuerdo que la empleada doméstica de mi casa me sostenía  mientras yo pedaleaba algo miedoso. Al fin, entrado el año nuevo, aprendí a dominar la bicicleta. Todos los fines de semana (mi padre no me permitía jugar con la bicicleta los días de semana) la sacaba en las tardes sabatinas y domingueras para recorrer la senda peatonal que estaba paralela al parquecito que colindaba con mi casa, luego, me devolvía y subía con impulso la pendiente de la entrada del  garaje de la casa.

Inicialmente,  paseaba solo en el parque, sin embargo miraba calle abajo y sentía el  impulso de salir a explorar. Sin avisar a mis padres, un día me avente y llegué a los límites de mi barrio (¡) Con el tiempo fui más lejos y hasta visitaba a compañeros de escuela. No obstante, todo acabo cuando nos mudamos a la nueva casa en 1988.  Como no conocía el nuevo entorno, no me atrevía a salir, de esta forma  la bicicleta estuvo un tiempo s in usar. Esto, más los cuatro largos años que ya tenía de uso, hicieron mella en su estado: aquellos brillos se llenaron de oxido, aquella pintura amarilla palidecía y se cuarteaba; las llantas se desinflaban, los radios se opacaban.

Transcurrió  el tiempo,  me fui dando confianza hasta que llego  el momento de querer salir otra vez. Recuerdo que en  mi padre remodeló la bicicleta. Hizo unos cambios: la pintó de azul, le cambió el sillín por uno negro, así como el soporte de este por uno más corto (ver fig. 2) Otros cambios fueron los frenos y las llantas. Así, con mi cicla renovada volví a las calles. Las distancias recorridas se extendían. Los viernes salía con mis compañeros de escuela a manejar nuestros caballitos metálicos. 

Fig 1.Configuración original de mi bicicleta 5A.

 

Fig 2. Primera modificación.

 

Fig3. Segunda modificación.


En un momento dado, creo que en 1992 (ver fig. 3), le puse  a la bicicleta un   sillín corto en remplazo del largo que había estado usando hasta entonces y que, además, era también del mismo diseño que trajo originalmente de fábrica. Mi querida máquina viajera ya acumulaba 9 largos años de trajín, hasta lucía opaca la pintura  azul que le aplicó mi papá.  Me estaba quedando pequeña. Su marco de sinuosas líneas estaba diseñado para niños y adolescentes, no para un hombre de 18 años.  No recuerdo exactamente qué pasó con aquella bicicleta, solo se que ya no estuvo más en casa. Quedó para siempre en el baúl de los recuerdos. 


Recordando los TV de la casa , parte I

En la crónica "El televisor Hitachi de perillas" de mi serie de remembranzas , mencioné  brevemente   algunos televisores que  tuv...