martes, 8 de marzo de 2022

El fotógrafo


La hermosa costumbre de mi padre de retratar

cálidos momentos  de nuestra infancia.

Un día soleado de 1979 o 1980, tal vez un domingo en la mañana, salimos mi hermana y yo a jugar en la terraza con el triciclo. Mi padre, con la Kodak Ektralite  siempre lista, nos retrató mientras sonreíamos.

La mayoría de las personas guardan fotografías de su infancia, documentos que retratan un momento  de una época pasada y añorada. Escenas guardadas en la memoria visual de un papel fotográfico que nos transporta años en el pasado, portales que son capaces de revivir  recuerdos que hace brotar lágrimas de nostalgia o emoción. Aunque no hubiese cámara fotográfica en la familia siempre había la posibilidad , previa contratación de un fotógrafo, de tomarles fotos a los niños en el día de su cumpleaños, la primera comunión o el grado de primaria. Por tal motivo tal vez muchas de estas estampas atesoradas por la gente correspondan solo a fechas especiales y  quizás no muchos se reservan el privilegio de guardar fotos casuales y espontáneas. 

 Kodak  Ektralite (ilustración de Héctor Barceló, autor del blog)

                               

Mis hermanos y yo si tuvimos ese privilegio gracias a nuestro padre. Desde siempre le gustó la fotografía , según me contó en vida, llegó en una época a revelar sus fotos el mismo. Cuando nos mudamos a la casa donde nos criamos mi padre se hizo a una cámara fotográfica  muy popular en ese entonces. Era toda una revolución, todos la querían tener y era la mejor opción en cuanto a fotografía familiar por su calidad y precio: la “Kodak Ektralite”. Su tamaño práctico, ideal para portar y manejar en cualquier parte, su facilidad de uso y su operación económica la convirtieron en una moda.

 



 Usaba el conocido formato analógico 110, diseñado para ser manejable y fácil de cargar en las cámaras debido a su tamaño reducido. Recuerdo ese rollo, su forma curiosa; a mí siempre me parecieron dos carretes pequeños de hilo unidos por una extensión, tal como se ve en la gráfica. 

La Ektralite venía con un flash integrado y era heredera de la guerra fría, ya que utilizaba un mecanismo similar a las cámaras espía que permitía disparar y avanzar la película. Vio la luz en el mercado en 1978  y se vendieron durante 10 años. Importada de USA, pudo llegar a Colombia ese mismo año o más probablemente en 1979. Generalmente, tenía un objetivo de f/11 de 25 mm y un obturador de dos velocidades ( 1/125s y 1/210s) . No tengo el dato exacto de cuantas tomas se podía sacar  con esta cámara, pero la información que se consigue dice que 24 imágenes. Estas eran reveladas por mi papá en un tamaño de unos 9 x 9 cms,  el tiempo las ha cubierto de un matiz amarillo que he corregido digitalmente para reproducirlas en el blog y hacerlas parecer como se veían originalmente.

Mi padre sabía encuadrar las escenas para lograr una composición adecuada de 
las fotografías, no por casualidad utilizó la perspectiva de la reja para dar profundidad
a la escena. Esto lo hizo agachándose al lado de la misma.



Otro ejemplo de composición; nótese que de forma deliberada mi padre incluyó
el Land Rover en la imagen, la idea es indicar que estamos listos para el paseo dominical.


Quizás un  día domingo  luminoso y feliz de 1982,  tomando refrescos "Canadá Dry"  
bajo la protección de la sombra.


Mi padre  tenía permanentemente la cámara lista con su rollo puesto, no esperaba a que cumpliéramos para retratarnos. Cualquier día del año era propicio para ello. Tal vez, eran más valiosas para él las fotos espontáneas y casuales, las estampas de la vida diaria. Una mañana, al son de la brisa de aquella amplia terraza y con el fondo iluminado por el cielo azul, podía sorprendernos con el "clic" de aquel artilugio. Las imágenes resultantes eran de gran ternura y nostalgia. Aún conservamos muchas de esas pequeñas postales.



Reverso de la foto superior con el sello de Kodak, el año y mes
de revelado (mayo de 1979)

                                                                         

Con el tiempo, la "Ektralite" fue remplazada por otras cámaras. Hacia 1984 llegó a  manos de mi progenitor una  "Polaroid", la cual ganó en un sorteo de una marca de crema dental. Este aparato hacía algo fantástico:   revelaba y positivaba la toma capturada  en apenas 60 segundos. Recuerdo que la foto era expulsada después de la obturación y había que agitarla con la mano para que apareciera la imagen. No usaba rollos, sino, paquetes de papel fotográfico que eran sumamente costosos en relación con el revelado normal; era el precio que había que pagar a fin de obtener el valioso recuerdo al instante. Asimismo, a diferencia de la "Ektralite", no integraba un flash. Había que comprarlo aparte y asirlo en el cuerpo de la cámara. 


Cámara instantánea Polaroid (ilustración de Héctor Barceló, autor del blog)

                   

 Flash de Polaroid 

Recuerdo ese día, 20 de julio de 1984 día de la independencia, era festivo y mi padre estaba libre. La gran novedad en la casa era el magnífico premio que él se  había ganado gracias a un sorteo de la marca de pasta de dientes "Close up": una cámara "Polaroid" instantánea, la cual ya estaba lista con su cartucho de papel fotográfico. En la mañana, colocó la bandera  y se dirigió a donde mi abuela para mostrarle el aparato a mis tíos. Luego, regresó a la casa y nos tomó las siguientes fotos:






Las fotografías instantáneas tiene el defecto de deteriorarse con el tiempo, pero eso  no les impide seguir mostrando la ternura y calidez de las escenas. Ninguno de nosotros está engalanado para la ocasión, pero esa era la intención de mi padre: captar fotos  espontáneas e intimas. 


Luego de la "Polaroid",  mi padre adquirió una cámara que en los 80s y 90s tuvo auge entre los aficionados a la fotografía que deseaban un equipo más económico que las costosas "Cannon", "Nikon" y similares: la "Zenit" réflex. Esta marca, que en aquella época se fabricaba en la Unión soviética (hoy día sigue su producción en la  Federación  Rusa), tenía la peculiariedad de que era completamente mecánica (lo único que tenía electrónico era el exposímetro), de gran robustez y de un precio hasta tres veces menor que sus pares occidentales. Era en la práctica una cámara profesional, pero muy espartana  al mejor estilo soviético. Pesaba mucho, razón por la cual recibió el remoquete de "Bola de hierro". Usaba  rollos de 35 mm que venían en presentaciones de 12, 24 y hasta 36 tomas de un tamaño estándar de 10 x 15 cm, también se le adicionaba un flash.  


Cámara Zenit y estuche de cuero  igual  al modelo que tuvo mi padre.



Tal como ocurrió con las anteriores cámaras, mi padre mantenía su Zenit en estado de alerta para captar momentos íntimos de mis tres hermanos y mi madre: 




Por ese entonces estrenaba mi flamante bicicleta "5A" que fue un regalo de navidad de mi padre. En un sábado soleado, posiblemente de 1984 o 1985, capto esta foto:



En 1988 nos mudamos a nuestra nueva casa donde mi padre, amañado con la Zenith, siguió con la costumbre de producir hermosas postales:



De paseo en el Rodadero, toda una oda a la nostalgia y felicidad.
                                       

Las  fotos constituyen puertas temporales que nos permiten retroceder en el pasado y sentir de nuevo esas vivencias extraídas  de los recovecos más alegres e íntimos de nuestras vidas. Agradezco a mi finado progenitor el tener siempre la cámara lista para hacerlo posible.




martes, 21 de diciembre de 2021

     Mis máquinas del tiempo 
                          favoritas, parte II                                        

                    La máquina del tiempo de 
                             Paul Driscoll

Entramos ahora en el campo de la sci fi presentando una máquina del tiempo que pertenece al fascinante universo de la serie antológica "Dimensión desconocida", versión original. Aparece en un capítulo no muy popular entre esas listas de favoritos que hacen los fans y críticos. Un capítulo que, para este humilde servidor, es una pequeña joya, uno de los mejores que salió de la pluma de Rod Serling. Se trata de "Todo tiempo pasado fue mejor", el décimo de la cuarta temporada. Fue dirigido por Justus Addiss, el reparto estuvo conformado por: Dana Andrews (Paul Driscoll), Patricia Breslin (Abigail Sloan), Robert F. Simon (Harvey), Robert Corntwhaite (Hanford) y  Malcolm Atterbury (Profesor Elliot) Fue estrenado en EU  el 7 de Marzo de 1963 y pertenece a la época en la que los episodios pasaron temporalmente al formato de 50 minutos.


Como era costumbre en la serie,  Rod Serling reseñaba el personaje principal en la narración de apertura. Se trata del físico  Paul Driscoll, quien ha construido una máquina del tiempo operativa con la que piensa retroceder en el tiempo, modificar la historia y buscar de esta forma repercutir en el futuro. Driscoll está convencido de que la "época actual" ( en ese entonces se estaba en plena guerra fría, había ocurrido recientemente la crisis de los misiles cubanos) es nefasta debido a que el apetito de la civilización humana por la guerra podía conducir al mundo hacia un cataclismo nuclear en un futuro cercano. 





Al pie de la imponente máquina del tiempo (de la cual hablaremos más adelante) discute con su colega Harvey sobre las motivaciones que lo llevan a emprender tal cruzada. Los diálogos que surgen de esta discusión están entre los mejores de la serie e introducen al espectador al meollo reflexivo del episodio. Después de la puesta a punto de los controles de la máquina, Driscoll retrocede hasta   agosto de 1945 para prevenir a los japoneses de la bomba atómica y su inminente lanzamiento, fracasa e Hiroshima es destruida. También trata de asesinar a Hitler, pero de nuevo falla. Tampoco evitó que el transatlántico "Lusitania" fuese torpedeado por un submarino alemán. Desilusionado, el físico decide viajar a una época más tranquila y sin las complicaciones del siglo XX. Escoge un pueblo de EU  llamado " Homeville", en 1881. Espera disfrutar de los placeres de una época supuestamente más sencilla, pero de nuevo el devenir de la  historia lo persigue y no logra su objetivo. 


Este capítulo plantea una reflexión importante sobre la inmutabilidad del tiempo, el hecho de que no es posible modificarlo aunque se realicen múltiples intentos. También nos hace ver que por mucho que intentemos escapar hacia un idílico y maravilloso pasado, siempre nos perseguirá la certeza de que algo va a ocurrir y que, por ende, nos atormentará el hecho de que no podemos  hacer nada para evitarlo. 

La máquina del tiempo de Driscoll (ilustración de Héctor Barceló, autor del blog) autor del blog)
        Ilustración del autor de blog, Héctor Barceló

La máquina del tiempo que aparece en el capítulo es monumental, todo un armatoste que ocupaba una gran estancia. Consistía en un gran cilindro puesto verticalmente, de una altura (según mí cálculo) de 5 mts y un diámetro de unos 2 mts. En su cúspide estaban los controles de la máquina, mediante una escalerilla se ascendía hacia ellos. Desde cada lado de la  parte superior del cilindro salían dos cables (con pequeñas esferas adosadas a lo largo de ellos) que convergían en una plataforma cilíndrica, más pequeña, que descansaba en el suelo donde se paraba el viajero del tiempo. Esta tendría (de nuevo según mis cálculos) unos 1.50 mts por 30 cm de alto. Para encender la máquina, el operador subía por la escalerilla hasta lo alto del gran cilindro y accionaba los múltiples controles. Entonces el viajero, ubicado  en la plataforma, desaparecía en medio de columnas de humo para aparecer en la época del tiempo escogida. La peculiaridad del   diseño del aparato sumado a la atmósfera oscura donde estaba ubicado, le daba un aura irresistible de misterio al mejor estilo de la sci fi de la época. En ese sentido la calidad de producción del episodio es notable y logra mostrar una historia sólida y verosímil. 


No se explicaba el mecanismo de funcionamiento de la máquina, pero esta aparente falencia era subsanada por el enfoque de la historia que apuntaba más allá de los meros detalles técnicos. Personalmente, siempre me ha encantado y decididamente ocupa un lugar en mi escala  de máquinas del tiempo favoritas. 



jueves, 18 de noviembre de 2021

El televisor "Hitachi" de perillas

 

Recordando cachivaches de mi infancia.

      

   

Foto tomada por mi padre en algún momento de 1985, quizás mi persona ( se me alcanza a ver la mano a la izquierda) y mi vecinito  estábamos viendo el mundial de fútbol juvenil de aquel año.


En la primera de estas remembranzas, recordaba la fabulosa antena que mi padre construyó para el deleite mío y de mis hermanos. Decía que en mi niñez (en los 80s)  solo había disponible tres canales en la costa Caribe de Colombia: "Canal 11" , "Canal 13" y "Telecaribe". Si se deseaba contemplar algo más, había que conseguirse una parabólica (una opción pata millonarios) o poner una antena que atrapase canales de otros países , que fue lo que hizo mi progenitor. No había Internet, ni TV Cable, ni nada parecido. Existía la alternativa del “Betamax”, e incluso, del “Laser Disc”. Pero el primero era costoso y poco asequible en la época (mi padre solo vino a comprar Betamax  en 1990) y ni que decir del segundo. Así que para el niño que era yo, ver  las series o películas favoritas quedaba a plena dependencia de la programación que emanaban los mencionados canales (en nuestro caso, adicionamos  “Venevisión”). No es como hoy, que uno puede verse a la hora que quiera y el día que le apetezca cualquier material… No, había  que esperar el día y la hora en que se emitiría lo que queríamos ver, previa consulta a la revista de tele guía. Los días de la semana estaban etiquetados de “aburridos” a “entretenidos” de acuerdo a lo que había en la parrilla de TV.

 

Sin más entretenciones audiovisuales en casa y dependiendo de la programación, un aparato muy familiar ocupaba entonces  toda la atención en la casa: el televisor. No hay persona de la generación X que pueda desmentir lo importante que fue en su niñez. Congregaba a la familia en la sala de la casa, toda la rutina diaria giraba en torno al aparato de marras; la hora de la telenovela, la de la serie favorita, la de la esperada película eran datos a tener en cuenta en esos tiempos. Para los niños de ese entonces esa pequeña pantalla emanaba todo un universo de entretenimiento y aventura.

Dice la  historia que la primera transmisión de televisión pública propiamente dicha fue obra del ingeniero eléctrico escocés John Logie Baird en 1926 mediante un aparato electromecánico. Sin embargo, ya en años anteriores  había inventores cuyos logros seguramente le sirvieron de base a Baird como los del alemán Paul Nipkow que patenta un sistema mecánico de disco óptico para grabar y emitir imágenes (1884) ;el también alemán Ferdinand Braun, quien desarrolla el tubo de rayos catódicos(18979. Asimismo, un ruso entra en escena: Boris Rossing con su primera transmisión de imágenes a través del aire. El despegue definitivo del invento se dio con el televisor totalmente electrónico, inventado por el estadounidense Philo T. Farnsworth, cuya primera demostración fue en 1927. El otro gran hito fue el televisor a color, desarrollada por el ingeniero mexicano  Guillermo González Camarena.

La televisión llegó a Colombia, mi país, en 1954 por iniciativa del mandatario de aquel entonces, Gustavo Rojas Pinilla. Luego de un tiempo la televisión colombiana, que en sus inicios era educativa y cultural, pasó al modelo de las concesiones. Este consistía en que el estado administraba la infraestructura  y los canales, pero la programación de estos era realizada por programadoras privadas a las cuales se les entregaba en concesión los espacios. Ya hacia la primera mitad de  los años 70, se perfilaban dos grandes canales de televisivos: “Canal dos” (que antes de convertirse a cobertura nacional fue “Teletigre” y “ Tele 9 Corazón”) y “Canal uno” (que fue fundado el 13 de junio de 1954, en los inicios de la la televisión)

Para 1979  la televisión a color llegaba Colombia, gracias a la gestión  del presidente Cesar Turbay Ayala. Aparecieron entonces los primeros comerciales promocionando el flamante receptor de las imágenes coloridas, toda una novedad. En ese entonces, si bien en general  los televisores eran más económicos, todavía en muchas partes de Colombia no eran de fácil adquisición, máxime si se  trataba de los nuevos aparatos. Solo para aquellas familias cuyas cabezas tenían un trabajo estable era posible hacerse a uno y mis padres pertenecían a este segmento de la clase media trabajadora. No puedo precisar el año exacto en que mi papá compró nuestro primer televisor a color, intuyo que pudo ser en 1981. Realmente no recuerdo el día, ese detalle se escapa de mi memoria. Pero, sin duda debió haber sido una novedad en el seno de la casa, pocos vecinos tenían el privilegio de tener una TV a color último modelo. 



Reconstrucción artística realizada por mi sobre el  televisor Hitachi. Técnica: dibujo vectorial digital, Adobe Ilustrador.


El aparato en cuestión, tal como dije en el capítulo de la super antena,  era un televisor marca “Hitachi” de 21 pulgadas de perillas.(desconozco la referencia). La parte del panel de controles y la pantalla era negra, la tapa blanca y la cubierta del tubo, negra. Una reconstrucción visual de su aspecto la pueden ver en este artículo. Para hacerla, me basé en mis recuerdos y las fotos familiares donde aparece. Recuerdo sus dos grandes perillas, una de la banda  “VHF” en la cual, se sintonizaban los canales nacionales, regionales y “Venevisión” (cuando dispusimos de la antena) y la otra de la banda “UHF”  que contenía muchos canales, pero era inoperante en nuestro país. El ruido que hacía ese enorme “selector de giro” (su nombre técnico) era inconfundible. ¿Y el encendido? Al jalar el botoncito negro  (a la sazón el interruptor), brotaba un sonido seco y corto. Era algo así como golpear una puerta con la punta de un destornillador.

  

A pesar de sus sonoridades (imperdonables en un televisor actual), tenía una bonita imagen para la época, sin los molestos “cocuyos” que fastidiaban a otras familias cuyos receptores sobrevivían con antenas portátiles de “bigote”. De hecho, la fabulosa antena que mi padre construyó permitía una imagen limpia para ver series extranjeras ( o “enlatados” como se les decía en ese entonces) como”Mc Giver”, “Los magníficos”, “Los Hard investigadores”, “Profesión peligro”, “Automan”, “Ultraman”, "V, la batalla final" y otras tantas. También para deleitarnos con clásicos de la televisión colombiana como: “Don Chinche” , “Dejémonos de vainas”, “Naturalia”, “El Show de Jimmy",etc. En aquellas noches nos reuníamos en nuestra pequeña y cálida sala para contemplar estos programas. También los sábados y domingos durante todo el día donde, atraídos por su notable imagen, llegaban niños de otras casas a disfrutar  la programación de las cadenas, principalmente de la fantástica “Venevisión”.

 

Nuestro Hitachi a color nos acompañó más de 10 años. Cuando nos mudamos, en 1988,  lo llevamos a la nueva casa. Inicialmente, lo situamos en la sala y luego en mi cuarto. En 1993 un sobre voltaje daño el viejo televisor y mi papá lo desechó regalándolo a un tío.  Para  ese entonces teníamos un “Thoshiba” de 14 pulgadas y un “JVC” de 21 pulgadas a control remoto. A estos se sumaría un Sankey de 21 pulgadas digital de perillas en 1994 (que mi papá nos regaló para ver el mundial)

 

Hoy día los televisores son grandes, delgadas y esbeltas piezas que casi no traen controles manuales y dependen por completo del control remoto para ser operados.  Pero, para un nostálgico como yo, no vienen con el encanto  de aquel voluminoso aparato de perillas y botones que alegraba los días de antaño.

 

 

 

martes, 19 de octubre de 2021

 

 Comentando una pintura de mi autoría.

"Estrellas de infancia" 



     Barceló, Héctor. "Estrellas de infancia".  2018. Técnica digital, Corel Draw, Adone Photoshop. 
                                                               28cm x 42cm. Colección particular.                    


Desde los  tiernos años de mi niñez siempre he tenido fascinación por el espacio, no sé de donde vino tal gusto, pero lo cierto es que esos puntitos brillantes que se ven en el cielo me atraían  (y aún lo hacen). Vivía con mis padres en una casa de esquina ubicada al lado de un parque lleno de árboles donde yo me asoleaba y la pasaba de lo lindo. Flanqueada por una amplia terraza de rejas negras y pilares en las esquinas, estaba adornada la vivienda. Por lo general, era costumbre mía sentarme a contemplar el cielo en uno de los pilares. En diciembre, la brisa refrescaba la terraza provocando un frío agradable que invitaba a ver el espectáculo con todas las comodidades de una sala de cine.


A raíz de pase una infancia feliz, sueño frecuentemente con aquella casa; en algunas  de esas vivencias oníricas aparezco precisamente sentado en mi palco mirando el cielo despejado de una noche de diciembre. ¡Qué mejor escena para representarla en una pintura! Comencé a buscar viejas fotos donde se visualizara un encuadre que permitiese mostrar la amplitud de la terraza, ya que me interesaba mostrar mucha profundidad,  atmosfera y nostalgia. 




Escogí esta foto, tomada seguramente por mi padre en una plácida vespertina dominguera. Aparece a la izquierda, acostado  en el piso, parte de  mi primo Armando que tenía en ese entonces unos meses de nacido, también se notan un poco las botitas de mi hermano Rodolfo ( de unos 3 años) En el lado derecho, mi primo Jair (igual edad que mi hermano) Asimismo hay una persona sentada en mi pilar preferido. He intentado identificarla, pero no lo he logrado. Tal vez era un vecino que no se resistió a disfrutar del fresco que inundaba aquella nostálgica estancia. Lo cierto es que quedo inmortalizado en el baúl de los recuerdos gracias a la costumbre de mi papá de capturar escenas  espontáneas cada vez que tomaba su Kodak Ektralite  para divertirse. 


                                                    Cámara Kodak Ektralite.


Tomando como base esta foto, construí la primera parte de la composición, es decir la terraza coronada con el muro pilar donde  estaría sentado yo mirando las estrellas. La perspectiva, resaltada por el diseño de las baldosas,  ayudaba poderosamente a crear esa sensación de profundidad que había comentado. Deseaba que la pintura tuviese varios planos de lectura que fueran guiando la vista del espectador desde la posición del observador hasta la estrella más brillante en el cielo. El niño, es decir, yo, sería el centro de la composición con su brazo levantado jugando a tocar los luceros. Más allá se extendería el resto del cuadro que comprende el árbol que coronaba el parque, otro árbol detrás de este  (que era de caucho y en era el preferido para treparme y tomar fresco) Después de estos dos elementos, aparecería la carretera y, al lado de esta, un muro que nos separaba de un lote baldío. Este muro se mostraría en una penumbra que iba en crescendo a partir del primer árbol. Todo esto para reforzar la profundidad no solamente a base de perspectiva, sino, con el uso de la luz y la atmosfera.  Al lado derecho estaría el final de la calle y parte de la casa de nuestros vecinos y grandes amigos, la familia Mejía Flores. Adornando esta casa, colocaría un viejo poste de madera del cual pendía una pequeña luz. De hecho, dicho poste existió como lo evidencia la foto.


           Puntos de fuga de la composición.


Luego de esta primera fase, procedí a conformar el resto de la composición, cuyo protagonista es la bóveda celeste. Use el programa "Stellarium" de astronomía para determinar los objetos celestes que estarían presentes en el cielo en ese momento, los objetos que estaría mirando sentado en el pilar. Escogí una fecha ubicada en diciembre de 1984 dando este resultado:




  Hay que anotar que para efectos de reforzar la visibilidad de los objetos celestes, los intensifiqué y agrandé un poco  con el fin de  que  pudieran ser relevantes para el espectador. Si me atuviera a la realidad, estos objetos se notarían mucho más débiles y prácticamente se fundieran en el cielo dada la contaminación lumínica. 


Ahora hablaré de un componente crucial de la pintura: las baldosas de la terraza.  Utilice exactamente el diseño original, pero, para darle fuerza a la perspectiva, intensifiqué su color. Acá vuelvo de nuevo a lo que dije en el párrafo anterior, si me remitiera a la realidad, las baldosas se verían mucho más tenues, casi  en penumbra… Se perdería de esta forma  la perspectiva  de la terraza, a la cual, por cierto,  yo le daba importancia capital. Además, con esta vivacidad conseguía mostrar la alegría que yo sentía en ese momento, la alegría que siempre tuve en mi infancia. Otro aspecto es el azul luminoso de la casa de la esquina derecha, la casa de unos amigos entrañables de mi infancia con los cuales pasé momentos maravillosos. Y no se queda atrás el rojo de mi camisa, intencionalmente elegido para resaltar mi figura. También el hecho de que originalmente había dos grandes árboles plantados en el sardinel de la terraza, parte de uno de ellos debería verse en el cuadro (arriba a la derecha), pero taparía totalmente los objetos celestes. Por tal razón, lo omití.

 

Como pueden ver, esta pintura está cargada de simbolismo, nostalgia y alegría. ¿En qué género se puede  encasillar? No sabría decirlo con exactitud, yo la enmarco en una serie de cuadros de arte espacial que estoy realizando para una exposición. Creo que puede ser realismo (más no hiperrealismo) o simplemente arte figurativo. 


Influencias.

La influencia indirecta viene de años atrás, ya que venía realizando cuadros con  esa misma idea compositiva, es decir, elegir un objeto solitario  y ubicarlo en un gran espacio donde es protagonista. Algunos trabajos míos en esta línea son:


 


Barceló, Héctor. "En el techo del cielo".  2001. Aerógrafo. 27 cm x 40 cm. Colección particular.


Barceló, Héctor. "En pez solitario".  2002. Técnica digital, Corel Photopaint. 23 cm x 33 cm. Colección particular.

                                                

Incluyo también otras influencias de grandes obras del arte universal como el “Perro semi hundido”  de Francisco José de Goya, “El mundo de Cristina” y “El intruso” de   Andrew Wyeth.

 


De Goya, Francisco. "Perro semi hundido", entre 1819 y 1823. Óleo sobre revestimiento mural traslado a lienzo.131,5 cm × 79,3 cm. Museo del Prado, Madrid.






Wyeth, Andrew. "El mundo de Cristina".  1948. Temple. 82 cm x 121 cm. Museo de Arte Moderno de Nueva York


 


Wyeth, Andrew. "El intruso".  1971. Temple. 82 cm x 121 cm. Museo de Arte Moderno de Nueva York



Técnica

Soy de la vieja escuela, cuando estudié diseño gráfico, entre 1992 y 1995, utilicé durante toda la carrera técnicas pictóricas tradicionales y aerógrafo.  Solo  en 2001 empecé a experimentar con pintura digital. Al día de hoy, estoy muy a gusto con esta técnica y la elegí para plasmar lo que quería en este cuadro. Utilice Corel Draw para dibujar la terraza, las rejas,  la casa azul y los ladrillos. Luego, con Photoshop y usando una tablet "Wacom Bamboo", resolví los colores y los árboles (en otro texto profundizaré en el proceso de ejecución de la obra) Por último, resalto algo importante: a pesar de los avanzados programas de dibujo digital disponibles que aparentemente resuelven muchas cosas, considero que sigue siendo indispensable  una buena base de dibujo académico y un aprendizaje total de las técnicas tradicionales. Afortunadamente cuando estudié recibí esa formación, la cual debe seguir en los pénsum de los actuales programas de diseño gráfico.

 



miércoles, 11 de agosto de 2021

 

 La nave espacial "Bussard Ramjet"

 Una de las naves espaciales más populares entre los frikis

espacio trastornados y aficionados a la ciencia ficción, también 

me ha fascinado desde mi adolescencia.


Imagen de Adrian Mann.

                                                              

Año 1990,  tenía a la sazón 16 años y terminaba  de leer el  libro “Cosmos” de Carl Sagan. Había visto la serie homónima y sentía emoción al leer la versión escrita. En un memorable capítulo del libro, y de la serie, llamado “Viajes a través del espacio y el tiempo”, Sagan nos habla del viaje estelar. ¿Podría la raza humana viajar hacia las estrellas en un futuro? ¿Cómo serían las naves que utilizaría? No había forma de saberlo, pero existían  ya diseños conceptuales de futuras naves que podrían en teoría ser viables. Uno de esos diseños era el “Bussard ramjet” concebido por el físico estadounidense Robert W. Bussard en los años 60.

 

En el libro Sagan, haciendo alarde de su capacidad para explicar de forma entendible conceptos complejos decía: “Bussard ha propuesto una especie de nave interestelar a reacción que va recogiendo la materia difusa, principalmente átomos de hidrógeno, que están flotando entre las estrellas, la acelera en un motor de fusión y la expulsa por detrás. El hidrógeno serviría tanto de combustible como de masa de reacción…”  La nave en cuestión tenía la ventaja de que no tenía que cargar con el  combustible porque  lo recogía en el camino. Esto le permitía una gran capacidad de hacer largos cruceros estelares  sin importar la distancia. Algo similar a lo que ocurre con los barcos de velas que no necesitan llevar diesel, gasolina ni ningún tipo de carburante, ya que su fuera motriz está presente en el viento que  aprovechan con los velámenes.

 

Se sabe que  en el espacio profundo hay aproximadamente un átomo por cada diez centímetros cúbicos aproximadamente, una cantidad absurdamente exigua. Por tal motivo, la nave necesitaría de un área de recogida de cientos de kilómetros para hacer funcionar el   reactor, algo poco práctico. Como los átomos de Hidrogeno se desplazarían a una  velocidad próxima a la luz una vez la nave alcanzase velocidades relativistas, los rayos cósmicos inducidos podrían matar a los tripulantes.


Esquema de la nave Bussard Ramjet (Ilustración de Héctor Barceló, autor del blog)
                     

A lo largo de los años hubo varias propuestas para solucionar estos problemas, una de ellas consiste en despojar a los átomos de Hidrógeno de sus electrones mediante un láser. Los átomos quedarían de esta manera eléctricamente cargados de tal manera  que pudiesen ser conducidos, merced a un potente campo magnético, hacia la pantalla de recogida lejos del resto de la nave. Con esto también se soluciona el tamaño  de la pantalla, ya que el campo magnético y el láser se encargarían del trabajo de ir recogiendo el combustible.


Características y prestaciones  de la nave, un hipotético viaje. 

En la proyección original, la nave debería alcanzar una velocidad próxima  a la de la luz (más no la igualaría por las transformaciones de Lorentz)  después de un tiempo de aceleración continua dado  que los átomos saldrían de la tobera a un valor cercano a  dicha velocidad. Esto implica un serio compromiso con la teoría de la Relatividad especial,  la cual sentencia que el tiempo se ralentizaría  para los tripulantes del vehículo. Supongamos que en el año 3400 la enorme  nave espacial Bussard Ramjet “Próxima Centauri” se prepara para un viaje hacia la estrella que lleva su nombre y que está a unos 4 años luz de la Tierra. Está anclada en una órbita alrededor de la Luna  mientras se hacen los preparativos.  Transbordadores llegan desde la base  lunar  transportando pertrechos, la actividad es intensa. Grupos de astronautas y robots realizan largas  jornadas de revisión, palmo a palmo escudriñan el fuselaje para verificar que todo esté en su sitio. Lo mismo hace la tripulación en el interior, hay que poner a punto el complejo ordenador que manejara el funcionamiento  de la nave.

 

Se da la señal de partida, cuatro potentes naves remolcadoras de propulsión plásmica enganchan la nave y se alejan de la Luna. Poco a poco aceleran hasta llegar a una velocidad suficiente para llevarla en unos meses hasta el borde del Sistema solar utilizando, además, la asistencia gravitatoria de los planetas exteriores. Durante ese lapso de tiempo los tripulantes aprovechan para realizar la adaptación a la vida de a bordo. Cuando  la nave, arrastrada por los remolcadores, llega al punto de la  heliopausa la computadora enciende el reactor y extiende la rejilla que  emerge desde el plato primario de la nave. Cuando la rejilla está totalmente extendida se enciende el campo magnético y el láser. Lentamente los átomos van cayendo hacia la rejilla al tiempo que el efecto del láser los despoja de sus electrones. Después un tiempo el reactor funciona a plenitud, los remolcadores se desprenden de la nave y se introducen en unos hangares especialmente acondicionados dentro de esta.

 

La “Próxima Centauri”, ya está preparada  para  iniciar en pleno el viaje  a través del espacio interestelar. Dentro de la nave hay avanzados mecanismos  (que solo han sido posibles gracias a la manipulación cuántica de la gravedad)  que hacen llevadera la vida de tripulantes y pasajeros: la  paragravedad  y el “anulador de inercia”. El primero para generar gravedad artificial (justo a 9.8m/s2 como en la Tierra) y el segundo para proteger la  integridad humana de las consecuencias de la aceleración y desaceleración.  

Tras varios meses de constante aceleración, la nave se desplaza al 90% de la  velocidad de la luz. Y le esperan unos 6 años de viaje hasta el   exoplaneta “Próxima Centauri b” que orbita la zona habitable de la estrella enana roja “Próxima Centauri” que, a su vez, hace parte del  sistema "Alfa Centauri". Para afrontar el viaje, todos  se someten a la criogenización en cápsulas especialmente acondicionadas. Mientras tanto, el ordenador central controla todos los parámetros de funcionamiento de la nave.

Finalizado el recorrido interestelar de crucero, la computadora de la nave activa el sistema de desaceleración a fin de llegar  a las cercanías del sistema “Alfa  Centauri”. Una vez detenida, emergen de nuevo las remolcadoras y empiezan a conducirla   a  un área Lagrange adecuada alrededor  del exoplaneta “Próxima  Centauri b”. La tripulación es despertada y sometida, por los robots de abordo,  a un procedimiento de readaptación para recuperarse del sueño criogénico.

Cuando la nave finalmente es anclada en el área Lagrange, el espectáculo es sobrecogedor. La tripulación se agolpa en las ventanas de observación y contemplan el aquel mundo. Saben que efectivamente, han pasado 6 años desde que partieron de la Tierra…Pero también son consientes de que  allá, en el planeta madre, han transcurrido más años  debido a la dilatación relativista del tiempo. 

He ejemplificado, mediante este corto relato, las prestaciones que tendría una nave Bussard ramjet, como verán se trata de una máquina de una complejidad inalcanzable para la tecnología actual. La  construcción de esta bestia tal vez podría ocurrir  dentro de 1000 años o incluso más… Quizás nunca se construya. Algunos autores y divulgadores le llaman “nave de ciencia ficción”. En la cultura popular ha hecho apariciones célebres como en la serie y el libro “Cosmos” (descrita más arriba), en la novela de ciencia ficción “Tau Cero” de Poul Anderson, en la serie de libro “Espacio Conocido” de Larry Niven.


En el arte espacial.

Esta nave espacial ha sido recreada en muchas ilustraciones por grandes artistas espaciales, la más popular es la del gran Rick Sternbach, la cual apareció en la serie "Cosmos" y su correspondiente libro:

Bussard Ramjet por Rick Sternbach
                                                 


Hubo otra versión que también apareció en la mencionada serie (y su  libro). En ella, la nave lleva en el fuselaje un dodecaedro como símbolo de la Tierra:




También existe esta, aparentemente más reciente, que se encuentra en diferentes sitios de la web: 




Versión de   Joe Bergeron
                                                          

En los últimos   años han surgido nuevas ilustraciones basadas en  desarrollos del diseño original:
 Bussard ramjet de Nick Stevens.
                                                    


                                               Imagen de CodyLabs.

                                                             

No he encontrado ilustraciones conceptuales del estratoreactor Bussard realizadas por latinos, pero me permito publicar mi versión en técnica digital e inspirada en el diseño clásico. Lleva en su fuselaje el dodecaedro para simbolizar la Tierra y la inteligencia humana, la inscripción del nombre reza así en latín: "Nave Trappist del planeta Tierra" en alusión a su objetivo: el sistema  Trappist-1 en el cual, como todos saben, se han descubierto varios exoplanetas.


  Estratoreactor Bussard por el autor del blog, Héctor Barceló.
                         


Material adicional recomendado:

(@Pr3cog),A. (2013).Presenciando el final del universo desde una nave estatocolectora de Bussard.

Recuperado el 11 de agosto de 2021, de El Tercer Precog:

https://eltercerprecog.blogspot.com/2013/02/presenciando-el-final-del-universo.html


Marín, D. (2012).Cómo viajar a Alfa Centauri.

Recuperado el 11 de agosto de 2021, de EUREKA:

https://danielmarin.naukas.com/2012/10/18/como-viajar-a-alfa-centauri/


Cosmos, Carl Sagan (1980)

El futuro de la humanidad, Michio Kaku (2018)



 

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