martes, 17 de octubre de 2023

La arboleda

 

Una estancia del pasado, una fresca tarde bajo la sombra de aquellos arboles.


En estas remembranzas que he escrito sobre las vivencias de infancia junto con mi difunto padre, voy a incluir algo que pareciera irrelevante a primera vista, pero que me conlleva a hermosos recuerdos. Me refiero a la pequeña arboleda que flanqueaba mi casa de crianza. Como he relatado en otro escrito, dicho inmueble, que actualmente se conserva magníficamente merced al cuidado de los actuales dueños, fue adquirida por mi padre gracias a los créditos de los programas de vivienda social que los gobiernos colombianos implantaron en la década de los 70s.


Las viviendas de interés social de esa época eran entregadas casi en obra negra. Por tal motivo, mi padre tuvo que costear las intervenciones que se le hicieron a la casa, como el empañote, la pintura, el cielo raso,  el enrejado, el garaje y el resto de aditamentos necesarios para la comodidad de la naciente familia. De esta forma, para 1980, según mi estimación, presentaba el aspecto que muestra en las fotos que acompañan esta crónica.


Como hacía referencia  al principio, mi hogar lo adornaban dos árboles frondosos que mi   progenitor, gran amante de la naturaleza, sembró al pie de la terraza. Estos, junto con los  otros dos plantados por  los vecinos de la casa de al lado, formaban una sombra que bañaba  la estancia. El aspecto de aquello se asemejaba a una bóveda tapizada de las hojas y ramas entrelazadas de las cuatro copas arbóreas.


En consecuencia el ambiente de la terraza de mi casa era fresco y agradable a cualquier hora del día. Mi padre lo sabía y con frecuencia se sentaba en las tardes sabatinas a leer el periódico bajo la protección de la arboleda, así como a veces lo hacía para tomar unas cervezas y escuchar música.  Ni que decir de aquellos  lunes de carnaval, cuando invitaba a los vecinos a degustar un sancocho y departir con ellos al son la música emanada de su poderoso equipo de sonido “Pioneer”.

 

Incluso en  pleno medio día, mi terraza invitaba a  sentarse y tomar aire .

Por alguna razón, contemplar aquella bóveda arbórea se  convirtió en una diversión. A menudo salía a la terraza  a verla e imaginaba que me reducía de tamaño y piloteaba un pequeño avión que sorteaba la maraña de ramas y hojas. O que vivía en alguna pequeña casita adosada a una rama. También me encantaba el sonido que producían cuando llegaban las brisas de diciembre, era muy tranquilizador, máxime cuando sentía en mi cara el embate agradable de la corriente de aire fresco.

 

A veces, me sentaba en uno los pilares que coronaban los extremos de la terraza para contemplar las ramas más altas, viendo cómo se bamboleaban al son del viento. Hace unos días soñé con aquella terraza, con aquellas hojarascas, con aquella arboleda; soñé que estaba tirado en el piso viendo todo aquello mientras experimentaba una gran felicidad. ¡Cómo me gustaría retroceder en el tiempo para vivir de nuevo todo aquello!


Posdata: Información para los ñoños y frikis de la tecnología retro: ambas fotografías fueron tomadas por mi padre, probablemente usando una Kodak Ektralite en la primera y una ZENIT   Réflex  en la segunda respectivamente. 

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