viernes, 16 de abril de 2021

El aerodino de los recuerdos

 

"Volando la cometa frente a mi casa, julio de 1984",  (2021).  Acuarela y  software de pintura Corel Painter
                                       

¿Quién no se ha divertido en su tierna infancia volando una cometa? Sentir como la eleva la brisa, verla orgullosa y altiva en el cielo, apreciar su belleza cual grácil ave de papel, son experiencias que solo aquellos que las echaron al aire pueden rememorar. Las cometas constituyen un agradable reservorio de los recuerdos de mi infancia, era una de mis diversiones favoritas. Todo chiquillo de aquellas épocas, que ya nos parecen lejanas, tenía en su haber una de ellas. Salir a volarlas, era como echarse a ser libres a través de los escenarios que estamparon nuestra la niñez.

Si consultamos a Wikipedia, veremos que se despacha diciendo que la cometa es  un artefacto volador más pesado que el aire (aerodino), que vuela gracias a la fuerza del viento y a uno o varios hilos que la mantienen desde tierra en su postura correcta de vuelo.” Definición escueta y precisa sobre este objeto del cual no se sabe con precisión su inventor. Se sabe que en la antigua China, hace 2000  años, los militares usaban las cometas para comunicarse (mediante códigos de colores) con regimientos distantes. A Europa, según constan las diversas versiones, la llevo el explorador Marco Polo a finales del siglo XIII. Desde entonces ha aparecido en diversas referencias históricas como, por ejemplo, la famosa pintura de Goya “La cometa”.

 



Tal vez  el mayor protagonismo histórico de la cometa fue su empleo en el famoso experimento del político, inventor y científico estadounidense Benjamín Franklin para estudiar la naturaleza de los rayos. Gracias a la  ayuda del juguete volador, el ilustre personaje pudo desarrollar las bases para inventar el pararrayos. Pero, fueron los niños del mundo entero quienes terminaron apropiándoselo para su diversión.

 

¿Y cómo llegó la cometa a Colombia? Quizás con la migración europea en los siglos XIII y XIX. No se sabe, y sería una investigación pendiente para cualquier historiador. Lo cierto es que es una tradición muy arraigada que ha pasado a través de muchas generaciones, aunque en los últimos años, por lo menos en la parte de la costa atlántica colombiana donde vivo, ha mermado bastante. Pero recordemos las mejores épocas de este juguete y saquemos a la luz nuestros recuerdos. Mi niñez la pasé en un “barrio de instituto”, zonas residenciales de viviendas populares construidas por entes  gubernamentales para ser vendidas con amplios créditos a la comunidad. Vivía con mis padres en una casa situada en una esquina que colindaba con un parquecito lleno de arboles (en otro texto hablaré de este entrañable sitio)  y al lado de este había una pequeña explanada con algunos árboles. Aquí era donde las volábamos, era la pista de vuelo de nuestros ingenios voladores.

 

La temporada de cometas empezaba con el llamado “Veranillo de San Juan” (que es, como su nombre lo indica, un verano corto con ausencia de lluvias) y se extendía hasta finales de junio, aunque solía abarcar también agosto. Por razones de cambio climático actualmente no se cumple rigurosamente el veranillo, hay años en que se alternan días soleados con lluviosos y los hay en los que predomina más el tiempo seco. En mi época de infancia  si se cumplían con más exactitud las características climáticas del veranillo, así que cuando llegaban las vacaciones de mitad de año los días eran soleados e invitaban a salir a divertirse.

 

El diseño más popular de cometa era el hexagonal hecho con varillas de caña de Guadua, papel o bolsa plástica. Tenía un arco en la parte superior y se sostenía del hilo mediante un “ico” o sostén de tres cuerdas, dos a cada lado de las puntas superiores del hexágono y la tercera al centro del mismo. (ver figura 1)





Alrededor de este juego había toda una terminología especializada que describía todo lo relacionado con la cometa y su vuelo. Estaba el “taco”, que era el rollo de pita nylon usado para izar la cometa; los “perendengues” o tiras recortadas de papel que se adosaba a los lados del hexágono para producir zumbido; el “rabo”, tiras de tela amarradas entre sí que cuyo fin era dar estabilidad durante el vuelo; otro aditamento era el  “run run” que no era otra cosa que una tirita de papel amarrada en la pita que tensaba el arco (ver figura 1) Las cometas podían tener muy variados diseños, muchas veces el colorido de estos contrastaba con el intenso azul del cielo veraniego. También las había varios tipos, los cuales procedo a describir:

 “El cometón”, era una cometa grande, de unos 80 cms de alto como mínimo. Las había de mayores dimensiones, mi padre decía que cuando era  niño hacia, junto con sus hermanos, cometones de un metro de alto a los cuales colocaban foquitos. Tenían que volarlos con pita de  cabuya, ya que el nylon no soportaba la tensión.

“El papagayo” o cometa ligera que se hacía con la hoja central de una libreta grapada, una varillita de hoja de palmera (ver figura 2) A pesar de lo básica que era, se podían lograr buenas alturas de vuelo.

“El bocachico”, más sencilla que el papagayo. Consistía en una hoja de librera con dos palitos de hoja de palmera entrecruzados (ver figura 3)

Cometa de bolsa”. Si se quería sacrificar la belleza por la funcionalidad en pos de alcanzar grandes alturas, esta era la mejor opción. Tenía el armazón igual a la cometa tradicional, solo que en vez de papel se usaba una bolsa para forrarlo. De esta forma el conjunto era mucho más ligero y se  podía remontar más fácilmente el vuelo.

Había otros términos propios del argot de este juego. Por ejemplo, “cobrar” el cual se refiere a la acción de impulsar la cometa recogiendo enérgicamente la pita con ambos brazos.(ver figura 4) y “entacar”, enrollar el taco de nylon.


                                         




                                        

                                                                                       


Uno de los espectáculos más chéveres eran los duelos entre cometas. Se le colocaba en el extremo del rabo de cada una de las participantes (podían ser dos o mas) un palito con dos pedazos de cuchilla de hoja entrecruzadas en forma de cruz (ver figura 5) con el fin de atacar en pleno vuelo a su adversaria. Entonces las  damiselas de los aires luciendo sus relucientes cuchillas se trenzaban en un fiero combate donde una de ellas saldría con su forraje rajado o con su pita reventada para luego, una vez en el suelo, ser destruida por los niños. Para estos duelos se necesitaba gran pericia, así que no todos lo hacían. Por lo menos yo nunca participe en un duelo, pero si presencié algunos. Con el tiempo la costumbre de armar las cometas con cuchillas  se fue perdiendo quedando como un mero recuerdo de los buenos tiempos.


                                       

Para mí el sábado eran un día especial, estaba de descanso porque había hecho las tareas el viernes, en la mañana acompañaba a mi papá a hacer sus  diligencias: cobraba en el banco, comparaba repuestos  para el carro, así como cosas para la casa. A veces me compraba algo, unos zapatos o un juego. Por la tarde, después de almorzar,  se dedicaba a acicalar el Land Rover, leer periódico en la terraza o escuchar música. La casa se convertía  entonces en un punto de reunión de amiguitos de la cuadra, el día soleado y ventoso llegaba a la tarde, era hora de volar cometas.

Nos íbamos a la explanada adyacente al  parque con nuestras cometas, yo tenía una hecha por mí y empezaba a cobrarla para elevarla. Más allá se veían los dos  almendros de la sección del parque que daba al frente de mi casa, entonces, con el Sol dándome en la cara jugaba a sobrevolar con la cometa los arboles. El pequeño aerodino de papel revoloteaba al son de la brisa de julio, las puntas inferiores de su cola apenas rozaban las hojas más altas. La intensa luz del astro rey hacía ver algo traslúcido el forraje del juguete volador, mientras los llamativos perendengues zumbaban al ritmo del viento. A veces no me iba para a la explanada, sino al parque para estar más cerca de mi casa y así poder volar la cometa por encima de la nueva y refulgente antena que teníamos  en ese entonces (en otra entrada hablo sobre ella)


                                

Los días de semana de las vacaciones de mitad de año también eran propicios para divertirme con mis amigos, como aquel  donde  que quisimos establecer record de altura con una cometa de bolsa. Esta era más ligera que las de papel, cualidad que la elegía como la más adecuada para el reto. Un grupo de niños, incluyendo a quien les escribe, se reunió en la explanada   y elevamos nuestra pequeña nave. Nos turnábamos la  pita y le íbamos agregando altura cada vez más. Recuerdo muy bien que tensaba  la pita con mi dedo índice derecho y me lo colocaba en un oído para escuchar el zumbido, era una sensación extraordinaria sentir ese sonido. Nunca lo olvidaré´. Al despuntar la tarde de ese día, ya la cometa estaba muy lejos, su figura blanca se notaba cada vez más pequeña…De repente, la pita no soportó más la tensión y se reventó. La desdichada cometa cayó a dos o tres cuadras más allá, un poco lejos de donde estábamos. Resolvimos que no valía la pena buscarla, así que dejamos las cosas así. Con toda seguridad  fue destrozada por otros niños o quedó enredada en una alambrada eléctrica.

 

Con el tiempo, dejé de practicar este sano juego y mis vuelos de cometa quedaron en el baúl de los recuerdos. Hasta hace unos 15 años aún  las veía en los cielos de julio, pero actualmente, si acaso, solo alcanzo a percibir una o dos. Algún día, sin importar mi adultez, deseo volver  a volar una cometa y   revivir brevemente aquellos momentos idílicos de mi niñez.


 Todas las ilustraciones son de Héctor Barceló, autor del blog.

 

 

 

 

jueves, 11 de marzo de 2021

¡Llegaron los libros!

 

Una de las cosas que más le agradezco a mi padre

fue que llevó cultura y saber a la casa merced

a enciclopedias, libros y revistas.


Ilustración del autor de Héctor Barceló, autor del blog.


Una de  las escenas de mi niñez y adolescencia  que recuerdo con nostalgia es aquella donde llegaba el mensajero de “Círculo de lectores” a traer el pedido de libros. Cada vez que vislumbraba la figura de aquel hombre tocando  la puerta de la casa, mi rostro se bañaba de felicidad. Mi papá acertó en entender que tener conocimiento en el seno del hogar redundaría en nuestro bienestar, pensaba que dotando a sus hijos de sendas enciclopedias y libros podían hacer las tareas e instruirse sin necesidad de ir a una biblioteca. Por eso no escatimaba esfuerzo en comprar los mejores títulos de la época. De esta forma tuvimos: “El mundo de los niños”, la  “Enciclopedia temática”, “La Guillet”, “Historia universal”, “El gran diccionario enciclopédico Larousse”, “Lexis 22”, “Historia del siglo XX”, “Gran diccionario de las ciencias ilustrado a color”, entre otros.


Antaño, cuando no existía la internet, la gran fuente del saber eran la enciclopedia, un compendio de conocimiento ordenado de forma temática o alfabética cuyo origen se le debe a Ephraim Chambers, el gran enclopedista inglés. Si uno deseaba investigar sobre cualquier cosa, ahí estaba esa querida colección de tomos para saciar la curiosidad. En toda casa, si las condiciones económicas lo permitían, había mínimo una o dos enciclopedias. Por lo general, eran muy costosas y por eso se pagaban a plazos. Era corriente ver en aquella época, los 80s y aún en los primeros años de los 90s, unos personajes peculiares: los vendedores de enciclopedias.




Iban de casa en casa llevando un pesado maletín, aguantando pacientemente el Sol canicular de la costa. Convenientemente bien vestidos llegaban a ofrecer los últimos títulos del momento a precios y cuotas cómodas. Estas personas eran empleadas por empresas dedicadas exclusivamente a distribuir enciclopedias y libros, había varías en la ciudad. Una de ellas, quizás la más relevante, fue “Círculo de lectores”. Mi papá era cliente estrella de esta y siempre le hacía pedidos. Recuerdo que yo leía con avidez el  catálogo y  cuando me gustaba un libro se  lo pedía inmediatamente. Siempre me complació en eso, para el regalarme un libro era tanto como si fuera a darme  ropa o un juguete. 


Recuerdo ese multi mueble lleno de libros que se hallaba en la sala de la casa. Bajo el arropo de esas apacibles noches de mi infancia, tomaba un libro  de la enciclopedia “El mundo de los niños” para viajar a los paisajes prehistóricos del tomo seis, “Las plantas”; también realizaba viajes alucinantes leyendo el tomo cuatro, “La Tierra y el espacio”.¿Y que tal visitar las cinco maravillas del mundo antiguo? Esto lo lograba con el tomo diez,”Lugares maravillosos”. Pero había otra gran atracción en casa, la  “Nueva enciclopedia temática” que mi papá compro por allá en 1981. En esta obra, que me  ha acompañado toda la vida, se podía encontrar prácticamente de todo y  aún es la hora en que la leo. Lo más curioso es que el olor de su papel me transporta a los años 80s cuando me sentaba en la mesa del comedor a disfrutarla. Hasta hace apenas un año la conservaba completa, pero los malvados comejenes acabaron con varios tomos quedándome ocho de los catorce originales.



El tomo seis de la enciclopedia "El mundo de los niños” 



La "Nueva enciclopedia temática"


En abril de 1988 nos mudamos de casa, el trajín del trasteo (ya que previamente nos quedamos alquilados en otra casa por cuatro meses mientras entregaban la nueva) provocó que varios  libros que mi padre había comprado por años se perdieran y deterioraran, Algunas enciclopedias sobrevivieron y aún me acompañan, entre ellas las mencionadas  “Enciclopedia temática”, “Historia del siglo XX”, “Historia universal” y el “Gran diccionario de las ciencias ilustrado a color”. Claro, algunas de estas están en estado regular y pendientes de una restauración.


El primer tomo del  “Gran diccionario de las ciencias ilustrado a color”


Ya instalado en mi nuevo hogar, mi padre siguió encargando libros y yo, que ya era un adolescente, me afiancé en la lectura y perfeccioné el hábito. Durante este periodo se encargaron varios títulos pedidos por mí (que aún conservo) Por ejemplo: “Cómo funcionan las cosas”, de  David Macaulay que vino en dos tomos; “The National Geographic Society, 100 años de aventuras y conocimientos”, que cuenta la historia de esa importante institución científica; “Enigmas de la Tierra y el espacio” de Issac Asimov, como su nombre lo indica, es un recorrido a través de nuestro planeta y el espacio; “Historia del tiempo” de Steven Hawking. Tengo una pequeña anécdota sobre este libro: resulta que lo había visto en el catálogo de “Círculo de lectores” y lo había solicitado como regalo de mi cumpleaños, pero era imposible recibirlo el mismo día que cumplía, ya que los pedidos llegaban como a los 15 días; así que mi papá, para cumplir con el regalo el día que era, lo compró de contado en una librería. Creo que era un martes 2 de abril de 1991 cuando llego del trabajo con el libro en la mano, como el título de la popular película vino con el “regalo prometido”.


 


Como entré a la universidad  a estudiar diseño gráfico, pedí a mi papá libros de temas afines. En mi cumpleaños 19, me trajo dos libros sobre acuarela, técnica que estaba aprendiendo en aquella época,  “Pintando a la acuarela“, de Juan T. Comamala y "Pintando bodegón a la acuarela ", de José M. Parramón. También, por aquellos años, me compró otro libro de arte  “ Manual práctico de la acuarela“,  de Ettore Maiotti  que fue el último pedido que hizo a “Círculo de lectores”. Pero lo mejor vino después, un sábado de 1994, cuando se presentó con una enciclopedia de diseño gráfico y otro libro: "Escuela de acuarela“, de Hazel Harrinson.  No los había pedido, pero a  mi padre siempre le  gustó  darnos sorpresas. Todos estos detalles demostraban el profundo amor   que nos dispensaba y que llenaron mi mente  adulta, y la de mis hermanos, de recuerdos entrañables.

 







miércoles, 24 de febrero de 2021

 



 Mis máquinas del tiempo favoritas,parte I




Publicaré varias entradas describiendo cada una de estas. Las hay sacadas de la 

sci fi y de la ciencia.


La máquina del tiempo de Thorne. 

Esta no pertenece a mundo de la sci fi, es un producto de una especulación basada en principios físicos. Es de autoría de Kip Thorne quien es un físico teórico estadounidense considerado un gurú de la relatividad general  y los agujeros negros. Nació el 1 de junio de 1940, fue amigo y colega de Stephe Hawking y Carl Sagan, ganador del Premio Nobel de física. Perteneció a la denominada edad de oro de los agujeros negros, siendo formador de una generación de físicos. Se hizo popular por ser el asesor científico de la película “Interestellar”. Su  máquina del tiempo la describe en su libro clásico “Agujeros negros y tiempo curvo”. Como es un tema algo complicado de explicar al profano, me he guiado de uno de los videos del popular youtuber  el físico Javier Santaolalla (a quien tuve la oportunidad de conocer personalmente) para exponer los conceptos. También me ha servido el  mencionado libro de Thorne, el libro “El tejido del Cosmos” de Brian Greene e “Hiperespacio” de Michio Kaku.


A raíz de la postulación de Eisntein de su teoría de la relatividad especial y general en 1906, 1915 y 1916 respectivamente, se introdujo en la física el concepto de “espacio tiempo” que, hablando castizamente, se puede entender como una gran lona elástica que puede deformarse por concentraciones de masa o energía. Imaginemos una lona saltarina a la cual se le pone una bola para jugar bolos, veremos inmediatamente que la superficie de la lona se hunde por la masa de aquella. Y si ahora aventamos una bolita de ping pong advertiremos que rodará en círculos a través de deformación   que ha producido la pesada bola sobre la lona. (ver fig. 1) La lona plana (de dos dimensiones) se deforma dentro de una dimensión más (la tercera dimensión) cuando se coloca la pesada bola de boliche. Ahora, de la misma forma, imaginemos como nuestro espacio de tres dimensiones se “pliega” o “deforma” dentro una cuarta dimensión por el efecto de una concentración de masa.  




Esta misma analogía podemos aplicarla, por ejemplo, a la Luna que viene a ser la bolita de ping pong y la Tierra la  pesada bola de boliche. La Tierra con su enorme masa “deforma” el espacio-tiempo provocando que la Luna describa una órbita   a su alrededor (ver fig. 2) Es  algo traído de los pelos  visualizar en la cabeza tal cosa, pero esa es la maravilla de las teorías de Einstein.

Ahora, si el espacio tiempo se puede plegar o deformar, ¿podrían dos puntos lejanos del espacio-tiempo plegarse de tal forma que se puedan hacer coincidir por medio de un atajo? Veamos la lustración donde ejecuto otra popular analogía: el papel y el lápiz que muestro en la siguiente secuencia numerada de fotos:

 


El papel tiene impreso el plano de una calle y dos puntos alejados A y B (foto 1), si somos capaces de doblar el papel de tal forma que podamos hacer coincidir los dos puntos (fotos 2,3 y 4) y los perforamos con un lápiz, habremos creado un atajo corto a través de A y B (fotos 5 y 6)… Habremos creado un agujero de gusano. Este agujero de gusano puede comunicar dos puntos del espacio a través de un mismo atajo. En la analogía, el papel es el tejido del espacio-tiempo que ha sido doblado hasta hacer coincidir los dos puntos. Como verán los orificios dejados por el lápiz son circulares y, por lo tanto, en dos dimensiones. Si extrapolamos la analogía al universo nuestro de tres dimensiones físicas, ese círculo vendría siendo una esfera. Esta esfera es el agujero de gusano, concretamente una de sus bocas. Desde esta podremos recibir la luz, el aire, incluso sonidos y olores provenientes del otro punto del espacio y el tiempo donde está ubicada la otra boca. Ejemplo, si tenemos un agujero de gusano donde una de sus bocas está en nuestro cuarto y la otra en  Australia, simplemente podemos atravesar la boca y en un santiamén estaremos en dicho país. Asimismo, no solo comunican hacia otro punto del espacio, sino, del tiempo. Por lo que pueden también usarse como máquinas del tiempo.

El nombre original o, mas bien, el nombre científico de estos objetos es realmente  “puente Einstei- Rosen”. El remoquete de «agujero de gusano» fue puesto por físico teórico estadounidense John Wheeler en 1957. Cabe destacar que son meramente teóricos, producto  de soluciones matemáticas de la ecuación de campo de Eisntein. Se ignora si realmente existen, son proyecciones teóricas de la ciencia (para saber más remítanse a los links que dejo al final)



 

En este  fotomontaje (ver fig. 4) podrán apreciar un agujero de gusano en el patio de mi casa que comunica hacia el vecindario donde pasé mi infancia, en un día indeterminado de  1984. Lo he atravesado y me encuentro en aquel instante del tiempo y el espacio… Si no me apuro y me devuelvo rápido podría encontrarme con mi otro yo pequeño y con mis padres jóvenes. 

¿Pero, qué pasaría si las bocas del agujero de gusano estuviesen en movimiento relativo una con respecto a la otra? Resultarían cosas muy curiosas y esta es la base de la máquina del tiempo, la cual procedo a explicar con un ejemplo en forma de comic.Utilizaré a los dos personajes protagonistas de mi comic “La sombra del viajero” , una pareja de jóvenes amigos: Pipe y Valeria. El ejemplo esta directamente inspirado en el que aparece en el ya mencionado  libro de Thorne, “Agujeros y tiempo curvo”










Nota: En la vida real, si Valeria se sometiera a una aceleración hasta alcanzar una velocidad próxima a la de la luz y luego frenase rápidamente, la aceleración la mataría instantáneamente. Pero, tratándose de un experimento mental con elementos de sci fi, supondremos que la nave tiene un avanzado sistema para evitar  esos efectos derivados del viaje lumínico.


















El estudio teórico de los últimos años sobre estos temas hace posible proyecciónes hipotéticas tan fascinantes como esta máquina del tiempo.


Material adicional recomendado:

¿Cómo hacer una MÁQUINA DEL TIEMPO? Javier Santaolalla (2018)

https://www.youtube.com/watch?v=kwneAgbAHjk&t=379s


 ¿Qué son los agujeros de gusano? Javier Santaolalla  (2018)

https://www.youtube.com/watch?v=OYmGZSTRf2o


Agujeros de gusano y tiempo curvo, Kip Thorne (1993)

Hiperespacio, Michio Kaku (1993)

El tejido del cosmos, Brian Greene (2004)





viernes, 22 de enero de 2021

La súper antena de papá

 


Ilustración del autor del blog


En una época donde no había TV cable, ni plataformas digitales, tener

la posibilidad de sintonizar “Venevisión” era todo un lujo que convocaba a los 

amiguitos de la  cuadra.


Como homenaje a la memoria de mi finado padre, he decidió escribir una serie de remembranzas de aquella infancia idílica que él nos regaló. Donde no había otra preocupación que estudiar, jugar y disfrutar de las cosas sencillas proporcionaba la década de los 80s en un barrio de clase media de un municipio  de la costa norte de Colombia. En esta primera entrega hablaré de la super antena de TV que mi padre construyó para el deleite de todos.


Cuando era niño la mayoría de la gente (a excepción de quienes tenían el dinero para instalar una parabólica) solo tenía acceso a tres canales: “Canal 11”, “Canal 13” y el canal regional “Telecaribe”. La programación de los dos primeros, si más no recuerdo, era así: de 8:00 a.m. a 11:00 a.m, franja educativa; de 11:00 a.m. a 2:00 p.m, franja comercial; luego de 2:00 p.m. a 5:00 p.m. volvía la educativa y de ahí en adelante, hasta la medianoche, programación comercial. Los sábados, domingos y feriados no había franja educativa, pues todo el día era comercial. En el canal regional no había mucho que ver, pues en esa época esta recién fundado. Por supuesto que no había nada parecido a una red de televisión por cable que nos diera una señal nítida, así que era asunto de cada quien procurarse los medios para recibirla adecuadamente. Muchos usaban “antenas de bigote” o rústicas antenas aéreas que daban una señal de mala calidad. 



 La llamada "antena de bigote"

Hacia 1983, mi papá compró un flamante TV a color (de perillas) marca “Hitachi” de 21 pulgadas. Ciertamente tener tremendo aparato para ver una imagen pobre y llena de “cocuyos” era como desperdiciarlo. Había que sacarle jugo a la inversión y, si es el caso, capturar el popular “Canal de Venezuela” que era el apodo que tenía “Venevisión”, el principal canal del entonces próspero país vecino y que, según nos habían dicho, tenía mejor programación que los escuetos 11 y 13 de Colombia. Si en algo se distinguía mi papá era que deseaba lo mejor para nosotros, no se conformaba con cualquier cosa. Así que un buen día sabatino llego a la casa con mucho material: varillas de aluminio, cables, tornillos, etc. Sacó las herramientas, se instaló en la terraza, su objetivo; construir una antena, la más grande del vecindario. Inmediatamente, me puse a ver el proceso y a hacerle preguntas.

En eso arribó a la casa mi difunto tío Jesús, quien de inmediato le llamo la atención la intensa actividad que había allí. Al ver que yo seguía haciendo preguntas (las cuales mi papá contestaba como podía) mi tío  dijo en tono jocoso: “José (así le decían coloquialmente a mi papá por su segundo nombre) dale a ese pelao pastillas para los preguntones” A lo que seguidamente añadió: “Tico (así me dicen aún), tu si preguntas, más bien observa… “Mire, mijo y no moleste”. Pero no le hacía caso y seguí con el interrogatorio. En realidad, estaba muy emocionado. ¡Tendríamos en casa el “Canal de Venezuela”!


No recuerdo si mi papá  terminó con el trabajo ese mismo día o al día siguiente. Lo cierto es que el resultado fue espectacular: una antena “esqueleto de pez” (como le  decía) de un total de 1.82 mts de largo por 1.46 mts de ancho (Estando aún vivo, mi papá me confirmo que la vara central medía unos de 1.50 mts de largo, con lo cual, añadiendo el ángulo de las varillas laterales daría el largo total indiqué) Para el niño que yo era, aquel artilugio era inmenso. Imaginaba que era algo así como el espinazo de un pez prehistórico. Era la mejor de todas, la más reluciente y técnica. Mi padre instaló entonces una viga de hierro  1.20 mts  en el techo de la casa y asió la antena en su extremo superior.



 Medidas estimadas de la antena (ilustración del autor del blog)


Venían entonces los ajustes de rigor, mi papá montado en el techo moviendo la antena y nosotros ( mi mamá y mis hermanos) indicándole a gritos cuando se veía bien la señal. “!Ahí, ahí!” “!Muévela un poquito más, así…!” “Déjala ahí, que se ve bien!” Al fin la gritería cesó y en la pantalla de 21 pulgadas del Hitachi emergía clarita y nítida la imagen. Y arriba, herida por los rayos del Sol, orgullosa y altiva, estaba la super antena. Los canales 11 , 13 y Telecaribe eran receptados super bien, pero el plato fuerte, y lo que esperábamos todos, es que la recién inaugurada antena fuera capaz de sintonizar el canal Venevisión. Mi padre giró entonces  las perillas del TV  hasta que para alegría de todos se reprodujo con toda claridad el famoso canal. ¡Teníamos en casa un mundo de programas!


Quedó vívidamente grabado en mi memoria un eslogan institucional que repetían todo el tiempo el canal venezolano: “1983, el año de la democracia”. Había una popular  franja que se llamaba, si más no recuerdo, “Tardes felices” donde pasaban durante toda las tardes de los días de semana programas de dibujos animados. No había franja educativa, ya que, seguramente, había otros canales destinados para ello. En aquellos años la TV venezolana estaba muy por delante de la colombiana. Los fines de semana y festivos, la programación mañanera era de dibujos animados y el resto, películas y series. Mejor dicho, sentíamos como si tuviéramos una antena parabólica.


Nuestra casa se convertía entonces en el cine de la cuadra. Nuestros amiguitos de las casas cercanas llegaban a ver la variada programación del canal. Tener a disposición el “Canal de Venezuela” era un verdadero lujo en aquella época y todo gracias al ingenio y experticia de mi progenitor. Hoy día se puede hacer cualquier cosa, nada más se consulta en la Internet y  se encuentran inmediatamente guías y videos explicativos; pero, en una época donde no había redes, ni Internet, ni TV Cable, era más complicado recabar información sobre cómo hacer algún aparato. Por eso tiene tanto mérito el ingenio de mi padre, ingenio que le alcanzó para hacer prácticamente de todo. Era algo así como un “Mc Giver”.


Muchas veces, para probar mi pericia, volaba mi cometa por encima de la antena mientras el Sol me daba en la cara durante esas tardes sabatinas de julio. También me subía en los arboles colindantes para verla desde otra perspectiva. Con el paso de los años, la antena siguió prestando sus servicios. A veces se descuadraba por la brisa y mi papá tenía que subirse raudo al techo para redireccionarla. En una ocasión llovió con mucho viento y se desplomó aparatosamente sobre la terraza mientras yo, impávido, contemplaba el suceso desde el otro lado de la ventana. Tuve que esperar hasta el fin de semana para que mi padre la reparara y volviera a instalarla. También había que hacerle periódicamente ajustes y mantenimiento porque la humedad y el salitre, propios del ambiente de la costa, hacía mella en la estructura, dando como resultado el deterioro de la señal.


En 1988 nos mudamos de aquel entrañable vecindario. No recuerdo exactamente si mi padre la dejó instalada en la vieja casa o la desmontó para llevársela a la nueva casa (tiendo a creer que la dejó) Lo cierto es que en esta última, construyó e instalo otra antena, pero más pequeña e incapaz de sintonizar canales extranjeros. En cierta forma se había perdido el encanto. Al cabo de unos años, en 1994, llegaba por vez primera la televisión por cable a nuestra casa y las antenas comenzaban a volverse obsoletas, pues el nuevo sistema brindaba no solo muchos canales, sino, una imagen totalmente nítida sin necesidad de subirse al techo a colocar cosas.


    Una de las últimas antenas que hizo mi papá y 

que aún sigue en pie.


Sin embargo, en sus últimos años, mi papá siguió construyendo antenas, ya que a veces se caía el cable y había que recurrir momentáneamente a la vieja tecnología. De las últimas que hizo hay una que se mantiene en pie, aunque ya no presta ningún servicio. Es tres veces más pequeña que aquella del 83, pero tiene un significado especial para mí, pues me recuerda a mi papá, el constructor de antenas…


Dinosaurios

 

 "Tiranosaurio Rex" (2013). Ilustración del autor de blog.


En los recuerdos de mi infancia siempre han aparecido los libros, ellos estaban presentes en los estantes de mi casa, en mi colegio y en mi mesa. Mi padre siempre tuvo la acertada costumbre de comprarlos, el estaba suscrito a una editorial que le enviaba los libros por correo casi todos los trimestres. Yo, por mera curiosidad, los leía u ojeaba. Cierto día, me topé con el tomo dos de la Enciclopedia Temática, el cual tenía un capítulo con un encabezado muy atractivo para un niño de 9 años: “Cuando los reptiles dominaban el mundo”. Entonces, me emocioné, ya que dicho encabezado iba acompañado por un dibujo que representaban a dos lagartos gigantes envueltos en un feroz combate. Seguí pasando páginas, vi otras ilustraciones de aquellos moustros; estaba sorprendido, jamás había visto en otro libro, o en la TV, cosa semejante. Comencé a leer, comprendí que se trataba de dinosaurios, término que significa “saurios aterradores” y que hace referencia a unos grandes animales de sangre fría que vivieron en la tierra hace millones de años. 

 

"Spinosaurus" (2021).  Ilustración del autor de blog.

Desde entonces, sentí gran atracción por ellos, me moría por saber cómo llegaron existir, cómo vivían, qué comían, de que color eran, cuantas clases existían; en fin, mi pequeña cabeza bullía en medio de un torbellino de pensamientos e interrogantes. No paso mucho tiempo, cuando empecé a dibujar dinosaurios e incluirlos en las tramas de mis comics. Mi situación favorita era imaginar que mis personajes retrocedían en el tiempo, hasta llegar al periodo jurásico, y se topaban con un Brontosaurio, o un Tiranosaurio rex. También me encantaba visionar la situación en la cual, un dinosaurio, por algún motivo, se encontraba transportado de repente a la época actual y causaba conmoción entre los habitantes del lugar donde apareció (a propósito, en la segunda parte de la trilogía cinematográfica “Parque Jurásico II, el mundo perdido” podemos ver que esta situación se presenta cuando un Tiranosaurio Rex se escapa de sus captores humanos y va a parar a un suburbio) 

 

Pasó el tiempo, leí otros libros, fui acumulando conocimientos, y me convertí en una especie de erudito en dinosaurios. Me aprendía los extraños nombres con que los científicos los identificaban, y me vanagloriaba después con mis amigos de saber algo que ellos ni siquiera conocían. En aquella época no había en la TV serias referencias de dinosaurios, y las que había estaban en los libros. Ahora la situación es bien diferente, ya que en muchos medios de comunicación ellos aparecen tan bien representados, que parecen reales. Nada vean los tres filmes de “Parque Jurásico”, las series del canal “Discovery”, así como diferentes publicaciones ilustradas, videojuegos etc. 

 

Permítanme hablar más de Parque Jurásico y Discovery. Realmente es sorprendente como sus realizadores recrean un dinosaurio con gran precisión científica, cuidando los más ínfimos detalles, animando con gran verosimilitud sus movimientos. Es algo que ni en sueños hubiese visto yo en 1984, cuando era un niño. Por esa época, los efectos especiales no permitían tal hiperrealismo. Sólo a principios de los 90s descolló la nueva tecnología digital que permitió darle verdadera vida visual a los dinosaurios, tal como se demostró en la primera parte de la mencionada trilogía de Parque Jurásico, estrenada en 1993. 

 

Algo más sobre los saurios aterradores 

En 1842, el naturalista inglés Richard Owen acuñó el conocido término de dinosaurio a estos seres, cuyos enormes huesos y esqueletos lo había impresionado. Desde entonces, se han encontrado muchos fósiles más, revelando así que existían gran cantidad de clases y subclases de dinosaurios. Para sintetizar, podemos empezar por exponer las dos grandes clases de dinosaurios: los “saurisquios” y los “ornitisquios”. 

 

Los saurisquios fueron los de más grande desarrollo, se dividen a su vez en terópodos, o dinosaurios bípedos y los saurópodos, o dinosaurios cuadrúpedos. Los terópodos empezaron por ser dinosaurios muy diminutos, tanto, que uno de ellos, el “compsognato” (“quijada elegante”) tenía nada menos que el tamaño de un pollo. 

 

Sin embargo, conforme transcurrían los millones de años, iban creciendo en tamaño, alcanzando, ya para fines del cretáceo, el tamaño aproximado de una avestruz actual. Uno de los terópodos más conocidos con estas dimensiones, fue el “ornithomimus” (“imitapájaros”) Tenía una cabeza pequeña, un pico desdentado, un largo cuello, unas fuertes patas, antebrazos con dedos y una larga cola. Ciertamente su aspecto debió ser muy extraño, como si fuese una gran ave, pero sin plumas, ni alas. Sin embargo, este singular ser no representaba lo máximo en dimensiones en cuanto a su clase, para nada. El honor se lo lleva el popular “tiranosaurio rex” (el “gran saurio, el rey”) el cual, como los demás terópodos, se apoyaba en dos patas. Pertenecía a la serie de los “carnosaurios”, o dinosaurios carnívoros. Ciertamente ha sido el más feroz y temible cazador de la historia de la tierra, con su boca armada de filosos dientes de centímetros podía darse le lujo de engullirse cualquier presa. Además de sus dos colosales patas, el tiranosaurio tenía una cabeza de 120 centímetros y una gran cola; se ha calculado que el largo total de su cuerpo era de 14 metros. Curiosamente, sus miembros superiores eran minúsculos (no más largos que un brazo humano), acaso solo para servir de nada. Este animal es, sin duda, el más emblemático y popular de los dinosaurios. No pocos personajes le han rendido culto, uno de ellos (muy leído por mí) fue el gran escritor y científico Isaac Asimov, el cual dejo constancia que, cuando se sentía estresado o preocupado, se tranquilizaba visitando el enorme esqueleto de tiranosaurio que hay en el Museo Americano. “Yo sé lo que exactamente debo hacer…” decía Asimov al respecto “ La experiencia me lo ha enseñado. Es el momento de llevar a cabo la visita al tiranosaurio.” Yo también me incluyo entre los que evocan este excepcional animal, nada más fíjense en la pintura que ilustra el encabezado de este artículo: la hice yo, y muestra al saurio rey en toda su grandeza y esplendor. 

 

"Tiranosaurio Rex" (2003), basada en una pintura  de  Charles R. Knight
Ilustración del autor de blog.


Bueno, ahora pasemos a ver los saurópodos. Eran dinosaurios de cuatro patas, cabezas pequeñas, largos cuellos, cuerpos desproporcionados y colas largas. Sus dimensiones eran colosales, parecían grandes masas que se desplazaban pesadamente por los paisajes húmedos de esos tiempos. El más conocido de estos animales era el brontosaurio, palabra que significa “saurio del trueno”. Pesaba unas 35 toneladas, medía 18 metros desde la cabeza hasta la punta de la cola. Su imponente cuerpo estaba sostenido por cuatro patas colosales, de las cuales las dos traseras eran más altas que las dos delanteras. La cabeza era tan diminuta que, sólo podía albergar en su interior un cerebro no mayor que un huevo de gallina. Pero el brontosaurio tenía otros colegas afines a el en cuanto a tamaño, entre ellos destacaba el diplodoco (de las palabras griegas que significan “doble soporte”). Era más largo que el brontosaurio, ya que sumaba unos 33 metros desde la nariz hasta la punta de la cola. Por lo tanto, su cuello, al igual que la cola, eran muy largos y delgados. Pero, este animal no era el más grande del séquito de los saurópodos, ya que había otro que, aunque más corto, era más macizo y alto: el braquiosaurio, cuyo nombre significa “saurio con brazos”. Este dinosaurio tenía la particularidad de tener los miembros delanteros mucho más largos que los traseros, de ahí su nombre. Con sus 80 toneladas, pesaba más que el brontosaurio. Medía unos 22.5 metros de largo y podía elevar su cabeza a 12 metros de altura, suficiente para asomarse por una ventana de un cuarto piso. 

 

 "  Quetzalcoatlus(2021). Ilustración del autor de blog.

Sin duda alguna el braquiosaurio es el animal más grande que jamás haya existido en la historia de la tierra. Su caminar seguramente hacia temblar el suelo como un sismo, estremeciéndolo con cada paso. Debió ser difícil para el y sus homólogos (el brontosaurio y el diplocodo) desplazarse con esos enormes y pesadísimos cuerpos; por lo que, lo más probable, es que hayan pasado la mayor parte del tiempo metidos en el agua. Así, podrían soportar mejor sus pesos, además de protegerse de los feroces carnosaurios. 

 

A pesar de que el braquiosaurio, el brontosaurio y el diplocodo, tenían un aspecto realmente moustroso, en realidad eran probablemente tan inofensivos como una vaca lechera. ¿Por qué? Por su condición de vegetarianos, es decir que sólo comían plantas. No tenía por qué cazar presas para sobrevivir. Si retrocediésemos en el tiempo en que vivían, y nos topáramos con uno de ellos, no nos harían daño a propósito, tal vez ni les llamásemos la atención. 

 

Pasemos a hablar de la otra gran clase de dinosaurios: los ornitisquios. Su característica fundamental es que eran herbívoros, es decir que no presentaban el aterrador semblante de los carnosaurios en el cual, los dientes feroces y las grandes mandíbulas estaban a la orden del día. Eran, entonces, estos pacíficos herbívoros seres desprovistos armas ofensivas. Tenían comúnmente mandíbulas anchas y chatas, propias para manejar su dieta vegetal. Uno de los más conocidos dinosaurios de este tipo fue el “anatosaurio”, o “lagarto ánabe”. Cualquier observador apresurado y profano lo hubiese confundido con un tiranosaurio, sin embargo nada más diferente porque era completamente inofensivo. El anatosaurio medía unos 5 metros de altura y, al igual que los terópodos, se sostenía sobre dos grandes patas. 

 

Como lo hemos dicho, los ornitisquios eran dinosaurios que carecían de armas ofensivas. Razón por la cual, algunos de ellos solo dependían de su habilidad para escapar de los carnosaurios; sin embargo muchos tenían armas defensivas, como placas, cuernos o corazas, que a la postre podrían ser más efectivas que los otros recursos de protección.

 

Hay dos ejemplos típicos de dinosaurios con armas defensivas: el “estegosaurio” y el “triceratops”. El estegosaurio era cuadrúpedo, herbívoro, de unos 9 metros de largo, 3 de alto, y pesaba más que un elefante; sin embargo, esas dimensiones relativamente grandes no eran proporcionales al tamaño de su cabeza. Sí, en efecto, esta era ridículamente diminuta, tanto, que alojaba sesos que no superaban en tamaño a los de un pollo actual. 

 

La característica más relevante de este dinosaurio era la presencia en su dorso de una hilera de placas óseas, las cuales posiblemente servían de protección como si fuesen las piezas de un tejado (precisamente, la palabra “estegosaurio” significa “lagarto con tejado), de tal forma que si un carnosaurio atacara, sólo bastaría mostrárselas para neutralizarlo. Esto me lleva a imaginar la escena en que un hambriento dinosaurio cazador se estrella estrepitosamente contra esas placas, y termina herido. Pero el estegosaurio tenía otra arma que mostrar ante sus predadores: dos filosos espigones óseos en la punta de su cola, con los cuales podía provocar graves heridas al atacante. Si quieren ver cómo los utilizaba, pueden remitirse a la película “Parque Jurásico II, el mundo perdido”, donde aparece una espectacular escena en la que un animal de estos lanza un coletazo a la heroína y esta lo evade por un pelo.

  

Por otra parte, el triceratops (término que significa “de tres cuernos” ) era un dinosaurio grande y fuerte. En el hocico tenía un cuerno corto y grueso, y otros dos en la frente que medían hasta un metro de largo. Este singular animal avanzaba sobre cuatro patas robustas, a manera de un paquidermo. Las delanteras eran especialmente robustas, ya que debían soportar el peso de la enorme cabeza, cuyo tamaño era desproporcionado con respecto al resto del cuerpo. Era herbívoro, arrancaba brotes y hojas con su boca parecida a un pico de loro para luego triturarlas con los dientes ubicados en el fondo de la boca. 

 

Así como en el caso del estegosaurio, el triceratops tenía un arma defensiva de gran eficacia: la gran coraza ósea que le protegía las paletillas. Esta coraza podía soportar los tenaces golpes de otros dinosaurios como el tiranosaurio rex. A propósito ¿Nunca se han imaginado un combate entre un tri rex y un triceratops? Debió ser un espectáculo dantesco, que muy seguramente debió hacer temblar la tierra. ¿Y cual de los dos ganaría? No sé lo que piensen los expertos, pero yo creo que el triceratops llevaba las de ganar. Sus puntiagudos cuernos podían causar al tri rex graves heridas, además su placa repelaría las garras y zarpas. A lo anterior se le suma el hecho de que podía desarrollar una tremenda embestida a 35 Km/ hora, lo cual, sumado a su peso y a sus armas defensivas, bastaba para vencer al más fiero carnosaurio, aunque se tratase del gran saurio rey. 

 

Hemos visto en este texto algunos de los dinosaurios más representativos y más comúnmente citados. Si quisiera abordarlos a todos, tendría que escribir un libro entero. Hay otras clases de estos animales cuyas características son atractivas, ahí tenemos el “pterodáctilo”, un verdadero lagarto volador; el ictiosaurio, un lagarto marino; el “parasaurolophus”, el “Cetiosaurio”, el “megalosaurio”…etc. La lista es larga, y es por tal razón que continuaré refiriéndome a los saurios aterradores en otro apartado de este compendio. 

 

No hay discusión en cuanto al atractivo de los dinosaurios, tanto para el profano, el aficionado y el experto. Las características de estos animales, que rayaban en lo descomunal y feroz, tal vez no se repitan en la historia del planeta. Sólo nos queda verlos en las series televisivas, las películas y por supuesto ¡En la imaginación!


Todas las ilustraciones son de Héctor Barceló.


Publicado originalmente, con actualizaciones posteriores,  el 28 de septiembre de 2007 en la primera versión de mi blog "Diplocodus"  


Para más información: 

Los lagartos terribles, Issac Asimov.

La verdadera historia de los dinosaurios, Alan Charig



 

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