viernes, 16 de abril de 2021

El aerodino de los recuerdos

 

"Volando la cometa frente a mi casa, julio de 1984",  (2021).  Acuarela y  software de pintura Corel Painter
                                       

¿Quién no se ha divertido en su tierna infancia volando una cometa? Sentir como la eleva la brisa, verla orgullosa y altiva en el cielo, apreciar su belleza cual grácil ave de papel, son experiencias que solo aquellos que las echaron al aire pueden rememorar. Las cometas constituyen un agradable reservorio de los recuerdos de mi infancia, era una de mis diversiones favoritas. Todo chiquillo de aquellas épocas, que ya nos parecen lejanas, tenía en su haber una de ellas. Salir a volarlas, era como echarse a ser libres a través de los escenarios que estamparon nuestra la niñez.

Si consultamos a Wikipedia, veremos que se despacha diciendo que la cometa es  un artefacto volador más pesado que el aire (aerodino), que vuela gracias a la fuerza del viento y a uno o varios hilos que la mantienen desde tierra en su postura correcta de vuelo.” Definición escueta y precisa sobre este objeto del cual no se sabe con precisión su inventor. Se sabe que en la antigua China, hace 2000  años, los militares usaban las cometas para comunicarse (mediante códigos de colores) con regimientos distantes. A Europa, según constan las diversas versiones, la llevo el explorador Marco Polo a finales del siglo XIII. Desde entonces ha aparecido en diversas referencias históricas como, por ejemplo, la famosa pintura de Goya “La cometa”.

 

Tal vez  el mayor protagonismo histórico de la cometa fue su empleo en el famoso experimento del político, inventor y científico estadounidense Benjamín Franklin para estudiar la naturaleza de los rayos. Gracias a la  ayuda del juguete volador, el ilustre personaje pudo desarrollar las bases para inventar el pararrayos. Pero, fueron los niños del mundo entero quienes terminaron apropiándoselo para su diversión.

 

¿Y cómo llegó la cometa a Colombia? Quizás con la migración europea en los siglos XIII y XIX. No se sabe, y sería una investigación pendiente para cualquier historiador. Lo cierto es que es una tradición muy arraigada que ha pasado a través de muchas generaciones, aunque en los últimos años, por lo menos en la parte de la costa atlántica colombiana donde vivo, ha mermado bastante. Pero recordemos las mejores épocas de este juguete y saquemos a la luz nuestros recuerdos. Mi niñez la pasé en un “barrio de instituto”, zonas residenciales de viviendas populares construidas por entes  gubernamentales para ser vendidas con amplios créditos a la comunidad. Vivía con mis padres en una casa situada en una esquina que colindaba con un parquecito lleno de arboles (en otro texto hablaré de este entrañable sitio)  y al lado de este había una pequeña explanada con algunos árboles. Aquí era donde las volábamos, era la pista de vuelo de nuestros ingenios voladores.

 

La temporada de cometas empezaba con el llamado “Veranillo de San Juan” (que es, como su nombre lo indica, un verano corto con ausencia de lluvias) y se extendía hasta finales de junio, aunque solía abarcar también agosto. Por razones de cambio climático actualmente no se cumple rigurosamente el veranillo, hay años en que se alternan días soleados con lluviosos y los hay en los que predomina más el tiempo seco. En mi época de infancia  si se cumplían con más exactitud las características climáticas del veranillo, así que cuando llegaban las vacaciones de mitad de año los días eran soleados e invitaban a salir a divertirse.

 

El diseño más popular de cometa era el hexagonal hecho con varillas de caña de Guadua, papel o bolsa plástica. Tenía un arco en la parte superior y se sostenía del hilo mediante un “ico” o sostén de tres cuerdas, dos a cada lado de las puntas superiores del hexágono y la tercera al centro del mismo. (ver figura 1)





Alrededor de este juego había toda una terminología especializada que describía todo lo relacionado con la cometa y su vuelo. Estaba el “taco”, que era el rollo de pita nylon usado para izar la cometa; los “perendengues” o tiras recortadas de papel que se adosaba a los lados del hexágono para producir zumbido; el “rabo”, tiras de tela amarradas entre sí que cuyo fin era dar estabilidad durante el vuelo; otro aditamento era el  “run run” que no era otra cosa que una tirita de papel amarrada en la pita que tensaba el arco (ver figura 1) Las cometas podían tener muy variados diseños, muchas veces el colorido de estos contrastaba con el intenso azul del cielo veraniego. También las había varios tipos, los cuales procedo a describir:

 “El cometón”, era una cometa grande, de unos 80 cms de alto como mínimo. Las había de mayores dimensiones, mi padre decía que cuando era  niño hacia, junto con sus hermanos, cometones de un metro de alto a los cuales colocaban foquitos. Tenían que volarlos con pita de  cabuya, ya que el nylon no soportaba la tensión.

“El papagayo” o cometa ligera que se hacía con la hoja central de una libreta grapada, una varillita de hoja de palmera (ver figura 2) A pesar de lo básica que era, se podían lograr buenas alturas de vuelo.

“El bocachico”, más sencilla que el papagayo. Consistía en una hoja de librera con dos palitos de hoja de palmera entrecruzados (ver figura 3)

Cometa de bolsa”. Si se quería sacrificar la belleza por la funcionalidad en pos de alcanzar grandes alturas, esta era la mejor opción. Tenía el armazón igual a la cometa tradicional, solo que en vez de papel se usaba una bolsa para forrarlo. De esta forma el conjunto era mucho más ligero y se  podía remontar más fácilmente el vuelo.

Había otros términos propios del argot de este juego. Por ejemplo, “cobrar” el cual se refiere a la acción de impulsar la cometa recogiendo enérgicamente la pita con ambos brazos.(ver figura 4) y “entacar”, enrollar el taco de nylon.


                                         




                                        

                                                                                       


Uno de los espectáculos más chéveres eran los duelos entre cometas. Se le colocaba en el extremo del rabo de cada una de las participantes (podían ser dos o mas) un palito con dos pedazos de cuchilla de hoja entrecruzadas en forma de cruz (ver figura 5) con el fin de atacar en pleno vuelo a su adversaria. Entonces las  damiselas de los aires luciendo sus relucientes cuchillas se trenzaban en un fiero combate donde una de ellas saldría con su forraje rajado o con su pita reventada para luego, una vez en el suelo, ser destruida por los niños. Para estos duelos se necesitaba gran pericia, así que no todos lo hacían. Por lo menos yo nunca participe en un duelo, pero si presencié algunos. Con el tiempo la costumbre de armar las cometas con cuchillas  se fue perdiendo quedando como un mero recuerdo de los buenos tiempos.


                                       

Para mí el sábado eran un día especial, estaba de descanso porque había hecho las tareas el viernes, en la mañana acompañaba a mi papá a hacer sus  diligencias: cobraba en el banco, comparaba repuestos  para el carro, así como cosas para la casa. A veces me compraba algo, unos zapatos o un juego. Por la tarde, después de almorzar,  se dedicaba a acicalar el Land Rover, leer periódico en la terraza o escuchar música. La casa se convertía  entonces en un punto de reunión de amiguitos de la cuadra, el día soleado y ventoso llegaba a la tarde, era hora de volar cometas.

Nos íbamos a la explanada adyacente al  parque con nuestras cometas, yo tenía una hecha por mí y empezaba a cobrarla para elevarla. Más allá se veían los dos  almendros de la sección del parque que daba al frente de mi casa, entonces, con el Sol dándome en la cara jugaba a sobrevolar con la cometa los arboles. El pequeño aerodino de papel revoloteaba al son de la brisa de julio, las puntas inferiores de su cola apenas rozaban las hojas más altas. La intensa luz del astro rey hacía ver algo traslúcido el forraje del juguete volador, mientras los llamativos perendengues zumbaban al ritmo del viento. A veces no me iba para a la explanada, sino al parque para estar más cerca de mi casa y así poder volar la cometa por encima de la nueva y refulgente antena que teníamos  en ese entonces (en otra entrada hablo sobre ella)


                                

Los días de semana de las vacaciones de mitad de año también eran propicios para divertirme con mis amigos, como aquel  donde  que quisimos establecer record de altura con una cometa de bolsa. Esta era más ligera que las de papel, cualidad que la elegía como la más adecuada para el reto. Un grupo de niños, incluyendo a quien les escribe, se reunió en la explanada   y elevamos nuestra pequeña nave. Nos turnábamos la  pita y le íbamos agregando altura cada vez más. Recuerdo muy bien que tensaba  la pita con mi dedo índice derecho y me lo colocaba en un oído para escuchar el zumbido, era una sensación extraordinaria sentir ese sonido. Nunca lo olvidaré´. Al despuntar la tarde de ese día, ya la cometa estaba muy lejos, su figura blanca se notaba cada vez más pequeña…De repente, la pita no soportó más la tensión y se reventó. La desdichada cometa cayó a dos o tres cuadras más allá, un poco lejos de donde estábamos. Resolvimos que no valía la pena buscarla, así que dejamos las cosas así. Con toda seguridad  fue destrozada por otros niños o quedó enredada en una alambrada eléctrica.

 

Con el tiempo, dejé de practicar este sano juego y mis vuelos de cometa quedaron en el baúl de los recuerdos. Hasta hace unos 15 años aún  las veía en los cielos de julio, pero actualmente, si acaso, solo alcanzo a percibir una o dos. Algún día, sin importar mi adultez, deseo volver  a volar una cometa y   revivir brevemente aquellos momentos idílicos de mi niñez.


 Todas las ilustraciones son de Héctor Barceló, autor del blog.

 

 

 

 

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