martes, 19 de octubre de 2021

 

 Comentando una pintura de mi autoría.

"Estrellas de infancia" 



     Barceló, Héctor. "Estrellas de infancia".  2018. Técnica digital, Corel Draw, Adone Photoshop. 
                                                               28cm x 42cm. Colección particular.                    


Desde los  tiernos años de mi niñez siempre he tenido fascinación por el espacio, no sé de donde vino tal gusto, pero lo cierto es que esos puntitos brillantes que se ven en el cielo me atraían  (y aún lo hacen). Vivía con mis padres en una casa de esquina ubicada al lado de un parque lleno de árboles donde yo me asoleaba y la pasaba de lo lindo. Flanqueada por una amplia terraza de rejas negras y pilares en las esquinas, estaba adornada la vivienda. Por lo general, era costumbre mía sentarme a contemplar el cielo en uno de los pilares. En diciembre, la brisa refrescaba la terraza provocando un frío agradable que invitaba a ver el espectáculo con todas las comodidades de una sala de cine.


A raíz de pase una infancia feliz, sueño frecuentemente con aquella casa; en algunas  de esas vivencias oníricas aparezco precisamente sentado en mi palco mirando el cielo despejado de una noche de diciembre. ¡Qué mejor escena para representarla en una pintura! Comencé a buscar viejas fotos donde se visualizara un encuadre que permitiese mostrar la amplitud de la terraza, ya que me interesaba mostrar mucha profundidad,  atmosfera y nostalgia. 




Escogí esta foto, tomada seguramente por mi padre en una plácida vespertina dominguera. Aparece a la izquierda, acostado  en el piso, parte de  mi primo Armando que tenía en ese entonces unos meses de nacido, también se notan un poco las botitas de mi hermano Rodolfo ( de unos 3 años) En el lado derecho, mi primo Jair (igual edad que mi hermano) Asimismo hay una persona sentada en mi pilar preferido. He intentado identificarla, pero no lo he logrado. Tal vez era un vecino que no se resistió a disfrutar del fresco que inundaba aquella nostálgica estancia. Lo cierto es que quedo inmortalizado en el baúl de los recuerdos gracias a la costumbre de mi papá de capturar escenas  espontáneas cada vez que tomaba su Kodak Ektralite  para divertirse. 


                                                    Cámara Kodak Ektralite.


Tomando como base esta foto, construí la primera parte de la composición, es decir la terraza coronada con el muro pilar donde  estaría sentado yo mirando las estrellas. La perspectiva, resaltada por el diseño de las baldosas,  ayudaba poderosamente a crear esa sensación de profundidad que había comentado. Deseaba que la pintura tuviese varios planos de lectura que fueran guiando la vista del espectador desde la posición del observador hasta la estrella más brillante en el cielo. El niño, es decir, yo, sería el centro de la composición con su brazo levantado jugando a tocar los luceros. Más allá se extendería el resto del cuadro que comprende el árbol que coronaba el parque, otro árbol detrás de este  (que era de caucho y en era el preferido para treparme y tomar fresco) Después de estos dos elementos, aparecería la carretera y, al lado de esta, un muro que nos separaba de un lote baldío. Este muro se mostraría en una penumbra que iba en crescendo a partir del primer árbol. Todo esto para reforzar la profundidad no solamente a base de perspectiva, sino, con el uso de la luz y la atmosfera.  Al lado derecho estaría el final de la calle y parte de la casa de nuestros vecinos y grandes amigos, la familia Mejía Flores. Adornando esta casa, colocaría un viejo poste de madera del cual pendía una pequeña luz. De hecho, dicho poste existió como lo evidencia la foto.


           Puntos de fuga de la composición.


Luego de esta primera fase, procedí a conformar el resto de la composición, cuyo protagonista es la bóveda celeste. Use el programa "Stellarium" de astronomía para determinar los objetos celestes que estarían presentes en el cielo en ese momento, los objetos que estaría mirando sentado en el pilar. Escogí una fecha ubicada en diciembre de 1984 dando este resultado:




  Hay que anotar que para efectos de reforzar la visibilidad de los objetos celestes, los intensifiqué y agrandé un poco  con el fin de  que  pudieran ser relevantes para el espectador. Si me atuviera a la realidad, estos objetos se notarían mucho más débiles y prácticamente se fundieran en el cielo dada la contaminación lumínica. 


Ahora hablaré de un componente crucial de la pintura: las baldosas de la terraza.  Utilice exactamente el diseño original, pero, para darle fuerza a la perspectiva, intensifiqué su color. Acá vuelvo de nuevo a lo que dije en el párrafo anterior, si me remitiera a la realidad, las baldosas se verían mucho más tenues, casi  en penumbra… Se perdería de esta forma  la perspectiva  de la terraza, a la cual, por cierto,  yo le daba importancia capital. Además, con esta vivacidad conseguía mostrar la alegría que yo sentía en ese momento, la alegría que siempre tuve en mi infancia. Otro aspecto es el azul luminoso de la casa de la esquina derecha, la casa de unos amigos entrañables de mi infancia con los cuales pasé momentos maravillosos. Y no se queda atrás el rojo de mi camisa, intencionalmente elegido para resaltar mi figura. También el hecho de que originalmente había dos grandes árboles plantados en el sardinel de la terraza, parte de uno de ellos debería verse en el cuadro (arriba a la derecha), pero taparía totalmente los objetos celestes. Por tal razón, lo omití.

 

Como pueden ver, esta pintura está cargada de simbolismo, nostalgia y alegría. ¿En qué género se puede  encasillar? No sabría decirlo con exactitud, yo la enmarco en una serie de cuadros de arte espacial que estoy realizando para una exposición. Creo que puede ser realismo (más no hiperrealismo) o simplemente arte figurativo. 


Influencias.

La influencia indirecta viene de años atrás, ya que venía realizando cuadros con  esa misma idea compositiva, es decir, elegir un objeto solitario  y ubicarlo en un gran espacio donde es protagonista. Algunos trabajos míos en esta línea son:


 


Barceló, Héctor. "En el techo del cielo".  2001. Aerógrafo. 27 cm x 40 cm. Colección particular.


Barceló, Héctor. "En pez solitario".  2002. Técnica digital, Corel Photopaint. 23 cm x 33 cm. Colección particular.

                                                

Incluyo también otras influencias de grandes obras del arte universal como el “Perro semi hundido”  de Francisco José de Goya, “El mundo de Cristina” y “El intruso” de   Andrew Wyeth.

 


De Goya, Francisco. "Perro semi hundido", entre 1819 y 1823. Óleo sobre revestimiento mural traslado a lienzo.131,5 cm × 79,3 cm. Museo del Prado, Madrid.






Wyeth, Andrew. "El mundo de Cristina".  1948. Temple. 82 cm x 121 cm. Museo de Arte Moderno de Nueva York


 


Wyeth, Andrew. "El intruso".  1971. Temple. 82 cm x 121 cm. Museo de Arte Moderno de Nueva York



Técnica

Soy de la vieja escuela, cuando estudié diseño gráfico, entre 1992 y 1995, utilicé durante toda la carrera técnicas pictóricas tradicionales y aerógrafo.  Solo  en 2001 empecé a experimentar con pintura digital. Al día de hoy, estoy muy a gusto con esta técnica y la elegí para plasmar lo que quería en este cuadro. Utilice Corel Draw para dibujar la terraza, las rejas,  la casa azul y los ladrillos. Luego, con Photoshop y usando una tablet "Wacom Bamboo", resolví los colores y los árboles (en otro texto profundizaré en el proceso de ejecución de la obra) Por último, resalto algo importante: a pesar de los avanzados programas de dibujo digital disponibles que aparentemente resuelven muchas cosas, considero que sigue siendo indispensable  una buena base de dibujo académico y un aprendizaje total de las técnicas tradicionales. Afortunadamente cuando estudié recibí esa formación, la cual debe seguir en los pénsum de los actuales programas de diseño gráfico.

 



miércoles, 11 de agosto de 2021

 

 La nave espacial "Bussard Ramjet"

 Una de las naves espaciales más populares entre los frikis

espacio trastornados y aficionados a la ciencia ficción, también 

me ha fascinado desde mi adolescencia.


Imagen de Adrian Mann.

                                                              

Año 1990,  tenía a la sazón 16 años y terminaba  de leer el  libro “Cosmos” de Carl Sagan. Había visto la serie homónima y sentía emoción al leer la versión escrita. En un memorable capítulo del libro, y de la serie, llamado “Viajes a través del espacio y el tiempo”, Sagan nos habla del viaje estelar. ¿Podría la raza humana viajar hacia las estrellas en un futuro? ¿Cómo serían las naves que utilizaría? No había forma de saberlo, pero existían  ya diseños conceptuales de futuras naves que podrían en teoría ser viables. Uno de esos diseños era el “Bussard ramjet” concebido por el físico estadounidense Robert W. Bussard en los años 60.

 

En el libro Sagan, haciendo alarde de su capacidad para explicar de forma entendible conceptos complejos decía: “Bussard ha propuesto una especie de nave interestelar a reacción que va recogiendo la materia difusa, principalmente átomos de hidrógeno, que están flotando entre las estrellas, la acelera en un motor de fusión y la expulsa por detrás. El hidrógeno serviría tanto de combustible como de masa de reacción…”  La nave en cuestión tenía la ventaja de que no tenía que cargar con el  combustible porque  lo recogía en el camino. Esto le permitía una gran capacidad de hacer largos cruceros estelares  sin importar la distancia. Algo similar a lo que ocurre con los barcos de velas que no necesitan llevar diesel, gasolina ni ningún tipo de carburante, ya que su fuera motriz está presente en el viento que  aprovechan con los velámenes.

 

Se sabe que  en el espacio profundo hay aproximadamente un átomo por cada diez centímetros cúbicos aproximadamente, una cantidad absurdamente exigua. Por tal motivo, la nave necesitaría de un área de recogida de cientos de kilómetros para hacer funcionar el   reactor, algo poco práctico. Como los átomos de Hidrogeno se desplazarían a una  velocidad próxima a la luz una vez la nave alcanzase velocidades relativistas, los rayos cósmicos inducidos podrían matar a los tripulantes.


Esquema de la nave Bussard Ramjet (Ilustración de Héctor Barceló, autor del blog)
                     

A lo largo de los años hubo varias propuestas para solucionar estos problemas, una de ellas consiste en despojar a los átomos de Hidrógeno de sus electrones mediante un láser. Los átomos quedarían de esta manera eléctricamente cargados de tal manera  que pudiesen ser conducidos, merced a un potente campo magnético, hacia la pantalla de recogida lejos del resto de la nave. Con esto también se soluciona el tamaño  de la pantalla, ya que el campo magnético y el láser se encargarían del trabajo de ir recogiendo el combustible.


Características y prestaciones  de la nave, un hipotético viaje. 

En la proyección original, la nave debería alcanzar una velocidad próxima  a la de la luz (más no la igualaría por las transformaciones de Lorentz)  después de un tiempo de aceleración continua dado  que los átomos saldrían de la tobera a un valor cercano a  dicha velocidad. Esto implica un serio compromiso con la teoría de la Relatividad especial,  la cual sentencia que el tiempo se ralentizaría  para los tripulantes del vehículo. Supongamos que en el año 3400 la enorme  nave espacial Bussard Ramjet “Próxima Centauri” se prepara para un viaje hacia la estrella que lleva su nombre y que está a unos 4 años luz de la Tierra. Está anclada en una órbita alrededor de la Luna  mientras se hacen los preparativos.  Transbordadores llegan desde la base  lunar  transportando pertrechos, la actividad es intensa. Grupos de astronautas y robots realizan largas  jornadas de revisión, palmo a palmo escudriñan el fuselaje para verificar que todo esté en su sitio. Lo mismo hace la tripulación en el interior, hay que poner a punto el complejo ordenador que manejara el funcionamiento  de la nave.

 

Se da la señal de partida, cuatro potentes naves remolcadoras de propulsión plásmica enganchan la nave y se alejan de la Luna. Poco a poco aceleran hasta llegar a una velocidad suficiente para llevarla en unos meses hasta el borde del Sistema solar utilizando, además, la asistencia gravitatoria de los planetas exteriores. Durante ese lapso de tiempo los tripulantes aprovechan para realizar la adaptación a la vida de a bordo. Cuando  la nave, arrastrada por los remolcadores, llega al punto de la  heliopausa la computadora enciende el reactor y extiende la rejilla que  emerge desde el plato primario de la nave. Cuando la rejilla está totalmente extendida se enciende el campo magnético y el láser. Lentamente los átomos van cayendo hacia la rejilla al tiempo que el efecto del láser los despoja de sus electrones. Después un tiempo el reactor funciona a plenitud, los remolcadores se desprenden de la nave y se introducen en unos hangares especialmente acondicionados dentro de esta.

 

La “Próxima Centauri”, ya está preparada  para  iniciar en pleno el viaje  a través del espacio interestelar. Dentro de la nave hay avanzados mecanismos  (que solo han sido posibles gracias a la manipulación cuántica de la gravedad)  que hacen llevadera la vida de tripulantes y pasajeros: la  paragravedad  y el “anulador de inercia”. El primero para generar gravedad artificial (justo a 9.8m/s2 como en la Tierra) y el segundo para proteger la  integridad humana de las consecuencias de la aceleración y desaceleración.  

Tras varios meses de constante aceleración, la nave se desplaza al 90% de la  velocidad de la luz. Y le esperan unos 6 años de viaje hasta el   exoplaneta “Próxima Centauri b” que orbita la zona habitable de la estrella enana roja “Próxima Centauri” que, a su vez, hace parte del  sistema "Alfa Centauri". Para afrontar el viaje, todos  se someten a la criogenización en cápsulas especialmente acondicionadas. Mientras tanto, el ordenador central controla todos los parámetros de funcionamiento de la nave.

Finalizado el recorrido interestelar de crucero, la computadora de la nave activa el sistema de desaceleración a fin de llegar  a las cercanías del sistema “Alfa  Centauri”. Una vez detenida, emergen de nuevo las remolcadoras y empiezan a conducirla   a  un área Lagrange adecuada alrededor  del exoplaneta “Próxima  Centauri b”. La tripulación es despertada y sometida, por los robots de abordo,  a un procedimiento de readaptación para recuperarse del sueño criogénico.

Cuando la nave finalmente es anclada en el área Lagrange, el espectáculo es sobrecogedor. La tripulación se agolpa en las ventanas de observación y contemplan el aquel mundo. Saben que efectivamente, han pasado 6 años desde que partieron de la Tierra…Pero también son consientes de que  allá, en el planeta madre, han transcurrido más años  debido a la dilatación relativista del tiempo. 

He ejemplificado, mediante este corto relato, las prestaciones que tendría una nave Bussard ramjet, como verán se trata de una máquina de una complejidad inalcanzable para la tecnología actual. La  construcción de esta bestia tal vez podría ocurrir  dentro de 1000 años o incluso más… Quizás nunca se construya. Algunos autores y divulgadores le llaman “nave de ciencia ficción”. En la cultura popular ha hecho apariciones célebres como en la serie y el libro “Cosmos” (descrita más arriba), en la novela de ciencia ficción “Tau Cero” de Poul Anderson, en la serie de libro “Espacio Conocido” de Larry Niven.


En el arte espacial.

Esta nave espacial ha sido recreada en muchas ilustraciones por grandes artistas espaciales, la más popular es la del gran Rick Sternbach, la cual apareció en la serie "Cosmos" y su correspondiente libro:

Bussard Ramjet por Rick Sternbach
                                                 


Hubo otra versión que también apareció en la mencionada serie (y su  libro). En ella, la nave lleva en el fuselaje un dodecaedro como símbolo de la Tierra:




También existe esta, aparentemente más reciente, que se encuentra en diferentes sitios de la web: 




Versión de   Joe Bergeron
                                                          

En los últimos   años han surgido nuevas ilustraciones basadas en  desarrollos del diseño original:
 Bussard ramjet de Nick Stevens.
                                                    


                                               Imagen de CodyLabs.

                                                             

No he encontrado ilustraciones conceptuales del estratoreactor Bussard realizadas por latinos, pero me permito publicar mi versión en técnica digital e inspirada en el diseño clásico. Lleva en su fuselaje el dodecaedro para simbolizar la Tierra y la inteligencia humana, la inscripción del nombre reza así en latín: "Nave Trappist del planeta Tierra" en alusión a su objetivo: el sistema  Trappist-1 en el cual, como todos saben, se han descubierto varios exoplanetas.


  Estratoreactor Bussard por el autor del blog, Héctor Barceló.
                         


Material adicional recomendado:

(@Pr3cog),A. (2013).Presenciando el final del universo desde una nave estatocolectora de Bussard.

Recuperado el 11 de agosto de 2021, de El Tercer Precog:

https://eltercerprecog.blogspot.com/2013/02/presenciando-el-final-del-universo.html


Marín, D. (2012).Cómo viajar a Alfa Centauri.

Recuperado el 11 de agosto de 2021, de EUREKA:

https://danielmarin.naukas.com/2012/10/18/como-viajar-a-alfa-centauri/


Cosmos, Carl Sagan (1980)

El futuro de la humanidad, Michio Kaku (2018)



 

viernes, 18 de junio de 2021

 


"Vacuna" 

Una palabra en boga por estos días que 

tiene un origen curioso.


                        

A finales del siglo XVIII la viruela estaba fuera de control en Europa.Los contagiados, lisiados (aquellos que sobrevivían con secuelas) y muertos se contaban por millones. En un momento dado llegó a tener un escalofriante índice de mortalidad del 30%, así que la necesidad de encontrar un antídoto que previniera su contagio era urgente. La solución surgió en un condado británico, Glocestershire , donde el médico rural Edward Jenner se dio cuenta de que las mujeres que se dedicaban a ordeñar las vacas no contraían la terrible enfermedad. Observando con detenimiento  el hecho, lego a la conclusión de aquellas contraían una variante de viruela bovina que las inmunizaba de la viruela humana.


Para demostrar su hipótesis, Jenner decidió hacer la prueba en un humano, un niño de 8 años llamado James Phipps a quien le inoculó la viruela bovina extraída de las manos de la ordeñadora Sarah Nelmes. El niño presento síntomas leves de esta enfermedad, pero se recuperó pronto. Entonces Jenner decidió intentar contagiar al infante con la viruela humana. El tiempo de espera debió ser de gran expectación, pero finalmente James no enfermó. Se hicieron más inmunizaciones a otras personas y el resultado fue el mismo: no se contagiaban. Había nacido la primera vacuna.


En 1798 publicó su investigación, en la que acuñó el término "vacuna", del latin "vacca" (vaca) y el 1881, Luis Pasteur popularizó el término “vacuna” para definir a un preparado que se inocula en una persona para generar suficiente  producción de anticuerpos y de esta forma dotarla de inmunidad contra una enfermedad.




viernes, 16 de abril de 2021

El aerodino de los recuerdos

 

"Volando la cometa frente a mi casa, julio de 1984",  (2021).  Acuarela y  software de pintura Corel Painter
                                       

¿Quién no se ha divertido en su tierna infancia volando una cometa? Sentir como la eleva la brisa, verla orgullosa y altiva en el cielo, apreciar su belleza cual grácil ave de papel, son experiencias que solo aquellos que las echaron al aire pueden rememorar. Las cometas constituyen un agradable reservorio de los recuerdos de mi infancia, era una de mis diversiones favoritas. Todo chiquillo de aquellas épocas, que ya nos parecen lejanas, tenía en su haber una de ellas. Salir a volarlas, era como echarse a ser libres a través de los escenarios que estamparon nuestra la niñez.

Si consultamos a Wikipedia, veremos que se despacha diciendo que la cometa es  un artefacto volador más pesado que el aire (aerodino), que vuela gracias a la fuerza del viento y a uno o varios hilos que la mantienen desde tierra en su postura correcta de vuelo.” Definición escueta y precisa sobre este objeto del cual no se sabe con precisión su inventor. Se sabe que en la antigua China, hace 2000  años, los militares usaban las cometas para comunicarse (mediante códigos de colores) con regimientos distantes. A Europa, según constan las diversas versiones, la llevo el explorador Marco Polo a finales del siglo XIII. Desde entonces ha aparecido en diversas referencias históricas como, por ejemplo, la famosa pintura de Goya “La cometa”.

 



Tal vez  el mayor protagonismo histórico de la cometa fue su empleo en el famoso experimento del político, inventor y científico estadounidense Benjamín Franklin para estudiar la naturaleza de los rayos. Gracias a la  ayuda del juguete volador, el ilustre personaje pudo desarrollar las bases para inventar el pararrayos. Pero, fueron los niños del mundo entero quienes terminaron apropiándoselo para su diversión.

 

¿Y cómo llegó la cometa a Colombia? Quizás con la migración europea en los siglos XIII y XIX. No se sabe, y sería una investigación pendiente para cualquier historiador. Lo cierto es que es una tradición muy arraigada que ha pasado a través de muchas generaciones, aunque en los últimos años, por lo menos en la parte de la costa atlántica colombiana donde vivo, ha mermado bastante. Pero recordemos las mejores épocas de este juguete y saquemos a la luz nuestros recuerdos. Mi niñez la pasé en un “barrio de instituto”, zonas residenciales de viviendas populares construidas por entes  gubernamentales para ser vendidas con amplios créditos a la comunidad. Vivía con mis padres en una casa situada en una esquina que colindaba con un parquecito lleno de arboles (en otro texto hablaré de este entrañable sitio)  y al lado de este había una pequeña explanada con algunos árboles. Aquí era donde las volábamos, era la pista de vuelo de nuestros ingenios voladores.

 

La temporada de cometas empezaba con el llamado “Veranillo de San Juan” (que es, como su nombre lo indica, un verano corto con ausencia de lluvias) y se extendía hasta finales de junio, aunque solía abarcar también agosto. Por razones de cambio climático actualmente no se cumple rigurosamente el veranillo, hay años en que se alternan días soleados con lluviosos y los hay en los que predomina más el tiempo seco. En mi época de infancia  si se cumplían con más exactitud las características climáticas del veranillo, así que cuando llegaban las vacaciones de mitad de año los días eran soleados e invitaban a salir a divertirse.

 

El diseño más popular de cometa era el hexagonal hecho con varillas de caña de Guadua, papel o bolsa plástica. Tenía un arco en la parte superior y se sostenía del hilo mediante un “ico” o sostén de tres cuerdas, dos a cada lado de las puntas superiores del hexágono y la tercera al centro del mismo. (ver figura 1)





Alrededor de este juego había toda una terminología especializada que describía todo lo relacionado con la cometa y su vuelo. Estaba el “taco”, que era el rollo de pita nylon usado para izar la cometa; los “perendengues” o tiras recortadas de papel que se adosaba a los lados del hexágono para producir zumbido; el “rabo”, tiras de tela amarradas entre sí que cuyo fin era dar estabilidad durante el vuelo; otro aditamento era el  “run run” que no era otra cosa que una tirita de papel amarrada en la pita que tensaba el arco (ver figura 1) Las cometas podían tener muy variados diseños, muchas veces el colorido de estos contrastaba con el intenso azul del cielo veraniego. También las había varios tipos, los cuales procedo a describir:

 “El cometón”, era una cometa grande, de unos 80 cms de alto como mínimo. Las había de mayores dimensiones, mi padre decía que cuando era  niño hacia, junto con sus hermanos, cometones de un metro de alto a los cuales colocaban foquitos. Tenían que volarlos con pita de  cabuya, ya que el nylon no soportaba la tensión.

“El papagayo” o cometa ligera que se hacía con la hoja central de una libreta grapada, una varillita de hoja de palmera (ver figura 2) A pesar de lo básica que era, se podían lograr buenas alturas de vuelo.

“El bocachico”, más sencilla que el papagayo. Consistía en una hoja de librera con dos palitos de hoja de palmera entrecruzados (ver figura 3)

Cometa de bolsa”. Si se quería sacrificar la belleza por la funcionalidad en pos de alcanzar grandes alturas, esta era la mejor opción. Tenía el armazón igual a la cometa tradicional, solo que en vez de papel se usaba una bolsa para forrarlo. De esta forma el conjunto era mucho más ligero y se  podía remontar más fácilmente el vuelo.

Había otros términos propios del argot de este juego. Por ejemplo, “cobrar” el cual se refiere a la acción de impulsar la cometa recogiendo enérgicamente la pita con ambos brazos.(ver figura 4) y “entacar”, enrollar el taco de nylon.


                                         




                                        

                                                                                       


Uno de los espectáculos más chéveres eran los duelos entre cometas. Se le colocaba en el extremo del rabo de cada una de las participantes (podían ser dos o mas) un palito con dos pedazos de cuchilla de hoja entrecruzadas en forma de cruz (ver figura 5) con el fin de atacar en pleno vuelo a su adversaria. Entonces las  damiselas de los aires luciendo sus relucientes cuchillas se trenzaban en un fiero combate donde una de ellas saldría con su forraje rajado o con su pita reventada para luego, una vez en el suelo, ser destruida por los niños. Para estos duelos se necesitaba gran pericia, así que no todos lo hacían. Por lo menos yo nunca participe en un duelo, pero si presencié algunos. Con el tiempo la costumbre de armar las cometas con cuchillas  se fue perdiendo quedando como un mero recuerdo de los buenos tiempos.


                                       

Para mí el sábado eran un día especial, estaba de descanso porque había hecho las tareas el viernes, en la mañana acompañaba a mi papá a hacer sus  diligencias: cobraba en el banco, comparaba repuestos  para el carro, así como cosas para la casa. A veces me compraba algo, unos zapatos o un juego. Por la tarde, después de almorzar,  se dedicaba a acicalar el Land Rover, leer periódico en la terraza o escuchar música. La casa se convertía  entonces en un punto de reunión de amiguitos de la cuadra, el día soleado y ventoso llegaba a la tarde, era hora de volar cometas.

Nos íbamos a la explanada adyacente al  parque con nuestras cometas, yo tenía una hecha por mí y empezaba a cobrarla para elevarla. Más allá se veían los dos  almendros de la sección del parque que daba al frente de mi casa, entonces, con el Sol dándome en la cara jugaba a sobrevolar con la cometa los arboles. El pequeño aerodino de papel revoloteaba al son de la brisa de julio, las puntas inferiores de su cola apenas rozaban las hojas más altas. La intensa luz del astro rey hacía ver algo traslúcido el forraje del juguete volador, mientras los llamativos perendengues zumbaban al ritmo del viento. A veces no me iba para a la explanada, sino al parque para estar más cerca de mi casa y así poder volar la cometa por encima de la nueva y refulgente antena que teníamos  en ese entonces (en otra entrada hablo sobre ella)


                                

Los días de semana de las vacaciones de mitad de año también eran propicios para divertirme con mis amigos, como aquel  donde  que quisimos establecer record de altura con una cometa de bolsa. Esta era más ligera que las de papel, cualidad que la elegía como la más adecuada para el reto. Un grupo de niños, incluyendo a quien les escribe, se reunió en la explanada   y elevamos nuestra pequeña nave. Nos turnábamos la  pita y le íbamos agregando altura cada vez más. Recuerdo muy bien que tensaba  la pita con mi dedo índice derecho y me lo colocaba en un oído para escuchar el zumbido, era una sensación extraordinaria sentir ese sonido. Nunca lo olvidaré´. Al despuntar la tarde de ese día, ya la cometa estaba muy lejos, su figura blanca se notaba cada vez más pequeña…De repente, la pita no soportó más la tensión y se reventó. La desdichada cometa cayó a dos o tres cuadras más allá, un poco lejos de donde estábamos. Resolvimos que no valía la pena buscarla, así que dejamos las cosas así. Con toda seguridad  fue destrozada por otros niños o quedó enredada en una alambrada eléctrica.

 

Con el tiempo, dejé de practicar este sano juego y mis vuelos de cometa quedaron en el baúl de los recuerdos. Hasta hace unos 15 años aún  las veía en los cielos de julio, pero actualmente, si acaso, solo alcanzo a percibir una o dos. Algún día, sin importar mi adultez, deseo volver  a volar una cometa y   revivir brevemente aquellos momentos idílicos de mi niñez.


 Todas las ilustraciones son de Héctor Barceló, autor del blog.

 

 

 

 

jueves, 11 de marzo de 2021

¡Llegaron los libros!

 

Una de las cosas que más le agradezco a mi padre

fue que llevó cultura y saber a la casa merced

a enciclopedias, libros y revistas.


Ilustración del autor de Héctor Barceló, autor del blog.


Una de  las escenas de mi niñez y adolescencia  que recuerdo con nostalgia es aquella donde llegaba el mensajero de “Círculo de lectores” a traer el pedido de libros. Cada vez que vislumbraba la figura de aquel hombre tocando  la puerta de la casa, mi rostro se bañaba de felicidad. Mi papá acertó en entender que tener conocimiento en el seno del hogar redundaría en nuestro bienestar, pensaba que dotando a sus hijos de sendas enciclopedias y libros podían hacer las tareas e instruirse sin necesidad de ir a una biblioteca. Por eso no escatimaba esfuerzo en comprar los mejores títulos de la época. De esta forma tuvimos: “El mundo de los niños”, la  “Enciclopedia temática”, “La Guillet”, “Historia universal”, “El gran diccionario enciclopédico Larousse”, “Lexis 22”, “Historia del siglo XX”, “Gran diccionario de las ciencias ilustrado a color”, entre otros.


Antaño, cuando no existía la internet, la gran fuente del saber eran la enciclopedia, un compendio de conocimiento ordenado de forma temática o alfabética cuyo origen se le debe a Ephraim Chambers, el gran enclopedista inglés. Si uno deseaba investigar sobre cualquier cosa, ahí estaba esa querida colección de tomos para saciar la curiosidad. En toda casa, si las condiciones económicas lo permitían, había mínimo una o dos enciclopedias. Por lo general, eran muy costosas y por eso se pagaban a plazos. Era corriente ver en aquella época, los 80s y aún en los primeros años de los 90s, unos personajes peculiares: los vendedores de enciclopedias.




Iban de casa en casa llevando un pesado maletín, aguantando pacientemente el Sol canicular de la costa. Convenientemente bien vestidos llegaban a ofrecer los últimos títulos del momento a precios y cuotas cómodas. Estas personas eran empleadas por empresas dedicadas exclusivamente a distribuir enciclopedias y libros, había varías en la ciudad. Una de ellas, quizás la más relevante, fue “Círculo de lectores”. Mi papá era cliente estrella de esta y siempre le hacía pedidos. Recuerdo que yo leía con avidez el  catálogo y  cuando me gustaba un libro se  lo pedía inmediatamente. Siempre me complació en eso, para el regalarme un libro era tanto como si fuera a darme  ropa o un juguete. 


Recuerdo ese multi mueble lleno de libros que se hallaba en la sala de la casa. Bajo el arropo de esas apacibles noches de mi infancia, tomaba un libro  de la enciclopedia “El mundo de los niños” para viajar a los paisajes prehistóricos del tomo seis, “Las plantas”; también realizaba viajes alucinantes leyendo el tomo cuatro, “La Tierra y el espacio”.¿Y que tal visitar las cinco maravillas del mundo antiguo? Esto lo lograba con el tomo diez,”Lugares maravillosos”. Pero había otra gran atracción en casa, la  “Nueva enciclopedia temática” que mi papá compro por allá en 1981. En esta obra, que me  ha acompañado toda la vida, se podía encontrar prácticamente de todo y  aún es la hora en que la leo. Lo más curioso es que el olor de su papel me transporta a los años 80s cuando me sentaba en la mesa del comedor a disfrutarla. Hasta hace apenas un año la conservaba completa, pero los malvados comejenes acabaron con varios tomos quedándome ocho de los catorce originales.



El tomo seis de la enciclopedia "El mundo de los niños” 



La "Nueva enciclopedia temática"


En abril de 1988 nos mudamos de casa, el trajín del trasteo (ya que previamente nos quedamos alquilados en otra casa por cuatro meses mientras entregaban la nueva) provocó que varios  libros que mi padre había comprado por años se perdieran y deterioraran, Algunas enciclopedias sobrevivieron y aún me acompañan, entre ellas las mencionadas  “Enciclopedia temática”, “Historia del siglo XX”, “Historia universal” y el “Gran diccionario de las ciencias ilustrado a color”. Claro, algunas de estas están en estado regular y pendientes de una restauración.


El primer tomo del  “Gran diccionario de las ciencias ilustrado a color”


Ya instalado en mi nuevo hogar, mi padre siguió encargando libros y yo, que ya era un adolescente, me afiancé en la lectura y perfeccioné el hábito. Durante este periodo se encargaron varios títulos pedidos por mí (que aún conservo) Por ejemplo: “Cómo funcionan las cosas”, de  David Macaulay que vino en dos tomos; “The National Geographic Society, 100 años de aventuras y conocimientos”, que cuenta la historia de esa importante institución científica; “Enigmas de la Tierra y el espacio” de Issac Asimov, como su nombre lo indica, es un recorrido a través de nuestro planeta y el espacio; “Historia del tiempo” de Steven Hawking. Tengo una pequeña anécdota sobre este libro: resulta que lo había visto en el catálogo de “Círculo de lectores” y lo había solicitado como regalo de mi cumpleaños, pero era imposible recibirlo el mismo día que cumplía, ya que los pedidos llegaban como a los 15 días; así que mi papá, para cumplir con el regalo el día que era, lo compró de contado en una librería. Creo que era un martes 2 de abril de 1991 cuando llego del trabajo con el libro en la mano, como el título de la popular película vino con el “regalo prometido”.


 


Como entré a la universidad  a estudiar diseño gráfico, pedí a mi papá libros de temas afines. En mi cumpleaños 19, me trajo dos libros sobre acuarela, técnica que estaba aprendiendo en aquella época,  “Pintando a la acuarela“, de Juan T. Comamala y "Pintando bodegón a la acuarela ", de José M. Parramón. También, por aquellos años, me compró otro libro de arte  “ Manual práctico de la acuarela“,  de Ettore Maiotti  que fue el último pedido que hizo a “Círculo de lectores”. Pero lo mejor vino después, un sábado de 1994, cuando se presentó con una enciclopedia de diseño gráfico y otro libro: "Escuela de acuarela“, de Hazel Harrinson.  No los había pedido, pero a  mi padre siempre le  gustó  darnos sorpresas. Todos estos detalles demostraban el profundo amor   que nos dispensaba y que llenaron mi mente  adulta, y la de mis hermanos, de recuerdos entrañables.

 







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