¿Cómo vivíamos mis hermanos y yo la noche de velitas, cuando éramos niños? Retrocedo en el tiempo y me
situó en la década de los 80s. Los días son muy
ventosos, el cielo es azul intenso, las hileras de foquitos de colores atraviesan
las calles. En mi casa, que ya está decorada, hay también luces coloridas
adosadas en los bordes del techo de la fachada; los dos frondosos árboles que
custodian el frente airean la terraza
y proporcionan sombra todo el día. El ruido de las hojas al ser heridas por la
brisa me encanta, por eso me acuesto en el piso, solo para ver
como las ramas eran revoloteadas por las corrientes de aire.
Nos encontramos el 7 de diciembre de 1985, mi progenitor está libre, por eso saca su “Land Rover Santana” del garaje y lo sitúa en el corredor junto al parque. En horas de la tarde sale con mi mamá para comprar pólvora, naranjas y cerveza, trago y nuestras pijamas. Mientras, yo voy a una reunión de los scouts con mi amigo Farid. Cuando regreso, hacia las 5 de la tarde, la casa ya está contagiada con la música del equipo de sonido “Pioneer” surtido por la colección de discos de mi progenitor, quien está muy entusiasta. Tiene ya su caja de pólvora lista. Nos dice a nosotros que nos ha traído algo. ¡Qué alegría! ¡Estrenaremos pijamas!
Iniciando la noche, mi padre recibe a los vecinos más cercanos para compartir, hay un sancocho, una mesa con trago y naranjas (¡ese olor a naranja, como lo recuerdo!) Los dos bafles (construidos por mi papá para mejorar el sonido del equipo) que ya están en la terraza suenan con más volumen. Jugamos en el parque, pero pronto nos llaman: “acuéstense temprano para que madruguen” Transcurre la noche. Metidos en nuestro cuarto, escuchamos la algarabía de la parranda. Duermo poco por la emoción. A las 3:00 o 3:30 de la madrugada el olor pólvora quemada invade la casa, es hora de levantarse. Mi mamá nos avisa para cambiarnos y salir.
En la terraza
todo es alegría, los farolitos hacen su presencia, las trazas lumínicas de los voladores
atraviesan las calles, la música de todas las casas confluyen en un gran muro
sonoro. Felices, mis hermanos y yo,
tomamos las “Chispitas mariposas" y empezamos a
divertirnos. Pronto vienen los amiguitos de la cuadra para jugar, mientras, a
prudente distancia, mi padre prende la pólvora y ejecuta su número de luces. Todos vemos ese
espectáculo como si fuera el más lindo del mundo.
Ya amanece y hacemos, junto con los vecinitos, una especie de fogata con las cajas de “Chispitas mariposas”. Antes de acostarme, voy al parque a trazar unos dibujos grandes sobre la arena de mi personaje de comics “Agente Cleison” mientras diviso, a lo lejos, la silueta de la Sierra Nevada de Santa Marta.


Qué bonitos recuerdos, Hector. Evoco esa época de felicidad cuando no sabíamos que esa era la época más feliz de nuestras vidas. Ahora a más de la mitad de mi existencia encerrada en un cuarto te leo: 7 de diciembre 9: 45 p.m., la gente afuera enciende sus luces, yo apago la mía para dormir. Espero soñar con aquellos años maravillosos que jamás volverán
ResponderEliminar