Al fin llegaron las vacaciones.
Estamos a mediados de noviembre, ya se
palpa la brisa decembrina, las hojas de nuestra arboleda emiten agradables
sonidos crujientes al ser agitadas por los vientos; el sol hace
presencia activa, pues hace 15 días no llueve y está de plácemes alumbrando
mi tiempo de descanso. La temporada
veraniega ha llegado.
El quinto grado fue el más
difícil de todos, pero lo he ganado con lo justo y me dispongo a recibir el
diploma de primaria a finales de mes. Como estoy en periodo libre, mis progenitores
me autorizan a salir a jugar todos los
días. ¡Qué felicidad!
Como se ha dicho en otros
estadios de esta antología de remembranzas, el servidor que les escribe vivía
con sus padres y hermanos en una urbanización de interés social, concretamente
en una casa de esquina . Colindando
con esta había
una zona de recreo, luego una esplanada, después
la carretera principal y más allá un gran solar que estaba separado de por un muro.
De esta forma la vivienda gozaba
de buena ventilación, ya que recibía en
pleno el aire que llegaba desde el solar. El área de recreo a la que me refería,
era mi pequeño universo. Solo con asomarme a la terraza; estaba ahí esperándome
para jugar y divertirme. No tenía mobiliario, senderos peatonales, columpios, farolas o cosas por el estilo; era más bien, un solar de arena bordeado por una hilera de
ladrillos rojos de unos 50 cms de alto. Una solución muy espartana para que los nuevo habitantes del asentamiento plantaran árboles y dispusieran de un lugar para el
disfrute y berroche de sus niños.
Mi padre, gran amante de la
naturaleza, sembró algunos árboles en aquel arenal. Lo mismo hicieron los
vecinos. Con el tiempo, se vio tupido de
vegetación. Arboles y plantas de diferentes especies formaban un entorno
agradable para jugar. Mis hermanitos y yo no dudamos en referirnos a aquello
como el “parque”.
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La temporada de descanso sigue su curso. Corro hacia mi universo, siento la brisa acariciar mi pequeño
rostro, miro la copa de los arboles agitarse por la brisa, trepo mi árbol
favorito; el palo de caucho que orondo ha florecido en la explanada adjunta al
parque. Allí trepado, protegido del sol merced a la tupida copa, recostado
sobre una de las gruesas ramas que se balancea suavemente al son del viento;
descanso feliz y exultante.
Después de un rato de asueto,
bajo del árbol, me dirijo a casa y saco mi bicicleta “5 A”. Recorro montado en ella el parque
mientras miro los diferentes árboles. Las ruedas levantan a su paso una pequeña nube de arena y virutas de hojas
muertas.
Por la noche regreso a mi
universo con mis hermanos y amigos de la cuadra. Tal como dije anteriormente,
nuestro sitio de recreación no tenía lámparas; aquello era un bosquecillo donde
en horas nocturnas reinaba la oscuridad, aunque matizada por las luces de
las casas adyacentes. De esta forma, era ideal para jugar al “escondido”, aquel
tradicional juego de los niños de
antaño.
Bajo el manto de la penumbra, un participante previamente escogido se tapaba los ojos y contaba hasta 10 o 20 mientras el resto del grupo corría a
esconderse. Entonces este servidor que les escribe, a la sazón un grácil niño
de 10 años, recorría el parque buscando
un escondrijo donde meterse a fin de no ser descubierto una vez terminara el
conteo. Trepo entonces al árbol de almendra que estaba ubicado frente a mi casa, en la zona del parquecito adyacente a la misma. Era más alto que el de caucho, pero
más efectivo para ocultarse. Aferrado a las ramas, oculto entre las hojas, observo
mi morada desde arriba, veo su techo ennegrecido por los rigores del medio
ambiente; admiro la antena “esqueleto de pez” construida por mi padre, también la arboleda
que cubre la terraza.
¡Qué emoción! Me sentía el rey
del mundo. Si hay algo que los niños de épocas pretéritas compartían era la fascinación
por treparse en los árboles.
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Al día siguiente, me encuentro
otra vez en el parquecito. Esta vez llevo mi balón de fútbol y con dos
vecinitos reclutados sobre la marcha, jugamos a los toques; uno de ellos
cabecea el balón, luego el otro, sin dejarlo caer, me lo pasa mí y así
sucesivamente. Y es que aquel sitio maravilloso no solamente servía para jugar
al escondido o a la “lleva”; también acogía las prácticas deportivas. En
efecto, el parquecito tenía en su centro un pequeño claro que usábamos para
jugar al futbol. Entre los niños de la barriada escogíamos los dos equipos, el
dueño del balón era el que tenía prelación para escoger su alineación, mientras
el resto formaba el bando rival. Dos pares de piedras servían para demarcar las
porterías. Bajo el sol abrazador de la tarde
, aquellos infantes protagonizaban
intensos duelos. Como no había arbitro, cronómetros o algo parecido, el ganador del
partido se definía merced al primer bando que alcanzara determinado
número de goles. Esta fórmula, aunque parecía justa, no impedía que frecuentemente
hubiese peleas entre los jugadores debido a supuestas trampas y goles inválidos.
Recuerdo que una
vez, bajo la dirección de un amiguito de la cuadra quien fungía de “técnico”,
formamos un equipo de fútbol. Todos los viernes en la tarde entrenábamos en el
parque. El técnico daba instrucciones, gritaba, daba órdenes; mientras
nosotros, empapados de sudor y negros por recibir tanto sol, nos esforzábamos
en los ejercicios. Hay un recuerdo gracioso sobre aquellas jornadas de
prácticas. Es la evocación de aquella frase del técnico cuando entrenaba a los
delanteros e intentaba darles ánimo en aras de convertirlos en feroces
goleadores: “Deben obsesionarse con el gol, deben tener el arco rival pintado en su mente... Deben imaginar que es una inmensa 'chucha'. ” Semejante expresión,
fogosa e irreverente, aludía a la zona íntima de la mujer para incentivar el
hambre de gol entre aquellos prepúberes que apenas se asomaban tímidamente al
despertar sexual. Por mi parte, solo me causaba risa.
Con
el paso del tiempo el proyecto del equipo de fútbol, cuyo uniforme iba a ser camisa
blanca con pantaloneta azul oscuro e iba representar a nuestro barrio en los
diferentes torneos, se fue diluyendo hasta desaparecer. Nunca jugó un partido oficial.
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Han
pasado varios días desde que salí de vacaciones. Esta vez no jugaré al
escondido, ni al fútbol; tomaré una pequeña nave espacial que hice con un
cartón e imaginaré que el parque es una luna de un planeta lejano. Como tengo
la mente encandilada debido al visionado de la película “El regreso del Jedi”
de la saga de “Star Wars”, transformé el parque en la luna “Endor” y la terraza
de mi casa en la “Estrella de la muerte”. Entonces, sosteniendo mi navecilla
espacial con mi mano derecha, hago una carrera desde mi casa hasta el último
árbol del parque; imagino que exploro la luna volando sobre sus boques.
Una
vez mi padre me regaló unos pequeños de aviones de plástico, eran muy bonitos
y de modelos de la primera guerra
mundial. Estos pequeños aerodinos recorrían el parque, dándole la vuelta a los
árboles, ascendiendo para después irse en picada. A veces el avioncito
aterrizaba en el tierrero, entre las hojas muertas. Yo era un niño dotado de
una tremenda imaginación, capaz de transformar mi entorno en escenarios
fantásticos y excitantes.
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Mi pequeño universo sigue ahí, lo veo desde la ventana de mi
habitación o desde la terraza… El tiempo pasa, voy creciendo,
mi parquecito está en franco deterioro; los otrora bonitos ladrillos rojos que lo delimitaba lucen
descoloridos y se están desprendiendo. Llego la hora de mudarnos de casa, ya no lo podré
ver más a diario. No obstante, lo visito a veces y sigo
notando más desolación y abandono. Con el inexorable paso de los años, se hace
necesario removerlo.
Hacia
mediados de la década de los 2000s, el municipio construyó otro espacio de recreación en el
mismo sitio donde estaba aquella cantera de recuerdos. Hoy día, el nuevo parque tiene luces led,
moviliario, zonas verdes , columpios y hasta una pequeña plazoleta techada para
eventos. Ni se compara con el viejo parquecito que no era más que una zona
arbolada sin más nada. Sin embargo, no tiene, ni tendrá el encanto y la magia de
aquel.
Galería de imágenes
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Recreación del parque según mis recuerdos (montaje del autor del blog)
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Otra imagen, emanada de mi acervo nostálgico. Acuarela y retoque digital (ilustración del autor)
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Foto de este servidor y su hermanita tomada por nuestro padre, probablemente en 1979 usando su Kodak Ektralite de 16 mm. Al fondo se aprecia el parque, que en aquel entonces estaba recién construido. Nótese los muros de ladrillos rojos y los arbolitos que apenas están creciendo. Como he dicho, no había juegos, ni mobiliario; solo la esplanada para sembrar árboles.
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| Así lucía el parquecito hacia 1985, la época en la que más jugábamos en el. Los árboles ya han alcanzado su tamaño máximo. Algunos ladrillos empiezan a desprenderse según se ve en la imagen. El paisaje ha sido modificado por el levantamiento de una bodegas que se distinguen más allá de la carretera. Fotografía tomada por mi padre posiblemente con una cámara réflex ZENIT de 35 mm. |
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En la actualidad mi antiguo pequeño universo a recibido una total transformación y dotación. Ahora, el municipio le hace mantenimiento a las zonas verdes y el mobiliario (imagen tomada de Google Maps)
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