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| "Volando la cometa frente a mi casa, julio de 1984", (2021). Acuarela y software de pintura Corel Painter |
¿Quién no se ha divertido en su tierna infancia volando una
cometa? Sentir como la eleva la brisa, verla orgullosa y altiva en el cielo, apreciar su belleza cual grácil ave de papel, son experiencias que solo
aquellos que las echaron al aire pueden rememorar. Las cometas constituyen un
agradable reservorio de los recuerdos de mi infancia, era una de mis
diversiones favoritas. Todo chiquillo de aquellas épocas, que ya nos parecen
lejanas, tenía en su haber una de ellas. Salir a volarlas, era como echarse a
ser libres a través de los escenarios que estamparon nuestra la niñez.
Si consultamos a Wikipedia, veremos que se despacha diciendo
que la cometa es “un artefacto volador más pesado que el aire (aerodino), que vuela
gracias a la fuerza del viento y a uno o varios hilos que la mantienen desde
tierra en su postura correcta de vuelo.” Definición escueta y precisa sobre
este objeto del cual no se sabe con precisión su inventor. Se sabe que en la
antigua China, hace 2000 años, los
militares usaban las cometas para comunicarse (mediante códigos de colores) con
regimientos distantes. A Europa, según constan las diversas versiones, la llevo
el explorador Marco Polo a finales del siglo XIII. Desde entonces ha aparecido
en diversas referencias históricas como, por ejemplo, la famosa pintura de Goya
“La cometa”.
Tal vez el mayor
protagonismo histórico de la cometa fue su empleo en el famoso experimento del
político, inventor y científico estadounidense Benjamín Franklin para estudiar
la naturaleza de los rayos. Gracias a la
ayuda del juguete volador, el ilustre personaje pudo desarrollar las
bases para inventar el pararrayos. Pero,
fueron los niños del mundo entero quienes terminaron apropiándoselo para su
diversión.
¿Y
cómo llegó la cometa a Colombia? Quizás con la migración europea en los siglos
XIII y XIX. No se sabe, y sería una investigación pendiente para cualquier
historiador. Lo cierto es que es una tradición muy arraigada que ha pasado a
través de muchas generaciones, aunque en los últimos años, por lo menos en la
parte de la costa atlántica colombiana donde vivo, ha mermado bastante. Pero
recordemos las mejores épocas de este juguete y saquemos a la luz nuestros
recuerdos. Mi niñez la pasé en un “barrio de instituto”, zonas residenciales de
viviendas populares construidas por entes gubernamentales para ser vendidas con amplios
créditos a la comunidad. Vivía con mis padres en una casa situada en una
esquina que colindaba con un parquecito lleno de arboles (en otro texto hablaré
de este entrañable sitio) y al lado de
este había una pequeña explanada con algunos árboles. Aquí era donde las volábamos,
era la pista de vuelo de nuestros ingenios voladores.
La temporada de cometas empezaba con el llamado “Veranillo de San Juan” (que es, como su
nombre lo indica, un verano corto con ausencia de lluvias) y se extendía hasta
finales de junio, aunque solía abarcar también agosto. Por razones de cambio
climático actualmente no se cumple rigurosamente el veranillo, hay años en que
se alternan días soleados con lluviosos y los hay en los que predomina más el
tiempo seco. En mi época de infancia si
se cumplían con más exactitud las características climáticas del veranillo, así
que cuando llegaban las vacaciones de mitad de año los días eran soleados e
invitaban a salir a divertirse.
El
diseño más popular de cometa era el hexagonal hecho con varillas de caña de
Guadua, papel o bolsa plástica. Tenía un arco en la parte superior y se
sostenía del hilo mediante un “ico” o sostén de tres cuerdas, dos a cada lado
de las puntas superiores del hexágono y la tercera al
centro del mismo. (ver figura 1)
Alrededor de este juego había toda una terminología especializada que describía todo lo relacionado con la cometa y su vuelo. Estaba el “taco”, que era el rollo de pita nylon usado para izar la cometa; los “perendengues” o tiras recortadas de papel que se adosaba a los lados del hexágono para producir zumbido; el “rabo”, tiras de tela amarradas entre sí que cuyo fin era dar estabilidad durante el vuelo; otro aditamento era el “run run” que no era otra cosa que una tirita de papel amarrada en la pita que tensaba el arco (ver figura 1) Las cometas podían tener muy variados diseños, muchas veces el colorido de estos contrastaba con el intenso azul del cielo veraniego. También las había varios tipos, los cuales procedo a describir:
“El cometón”, era una cometa grande, de unos
80 cms de alto como mínimo. Las había de mayores dimensiones, mi padre decía
que cuando era niño hacia, junto con sus
hermanos, cometones de un metro de alto a los cuales colocaban foquitos. Tenían
que volarlos con pita de cabuya, ya que
el nylon no soportaba la tensión.
“El papagayo” o
cometa ligera que se hacía con la hoja central de una libreta grapada, una
varillita de hoja de palmera (ver figura 2) A pesar de lo básica que era, se
podían lograr buenas alturas de vuelo.
“El bocachico”, más
sencilla que el papagayo. Consistía en una hoja de librera con dos palitos de
hoja de palmera entrecruzados (ver figura 3)
“Cometa de bolsa”.
Si se quería sacrificar la belleza por la funcionalidad en pos de alcanzar
grandes alturas, esta era la mejor opción. Tenía el armazón igual a la cometa
tradicional, solo que en vez de papel se usaba una bolsa para forrarlo. De esta
forma el conjunto era mucho más ligero y se
podía remontar más fácilmente el vuelo.
Había otros términos propios del argot de este juego. Por
ejemplo, “cobrar” el cual se refiere a la acción de impulsar la cometa
recogiendo enérgicamente la pita con ambos brazos.(ver figura 4) y “entacar”,
enrollar el taco de nylon.
Uno de los espectáculos más chéveres eran los duelos entre
cometas. Se le colocaba en el extremo del rabo de cada una de las participantes
(podían ser dos o mas) un palito con dos pedazos de cuchilla de hoja
entrecruzadas en forma de cruz (ver figura 5) con el fin de atacar en pleno
vuelo a su adversaria. Entonces las
damiselas de los aires luciendo sus relucientes cuchillas se trenzaban
en un fiero combate donde una de ellas saldría con su forraje rajado o con su
pita reventada para luego, una vez en el suelo, ser destruida por los niños.
Para estos duelos se necesitaba gran pericia, así que no todos lo hacían. Por
lo menos yo nunca participe en un duelo, pero si presencié algunos. Con el
tiempo la costumbre de armar las cometas con cuchillas se fue perdiendo quedando como un mero
recuerdo de los buenos tiempos.
Para mí el sábado eran un día especial, estaba de descanso porque había hecho las tareas el viernes, en la mañana acompañaba a mi papá a hacer sus diligencias: cobraba en el banco, comparaba repuestos para el carro, así como cosas para la casa. A veces me compraba algo, unos zapatos o un juego. Por la tarde, después de almorzar, se dedicaba a acicalar el Land Rover, leer periódico en la terraza o escuchar música. La casa se convertía entonces en un punto de reunión de amiguitos de la cuadra, el día soleado y ventoso llegaba a la tarde, era hora de volar cometas.
Nos íbamos a la explanada adyacente al parque con nuestras cometas, yo tenía una hecha por mí y empezaba a cobrarla para elevarla. Más allá se veían los dos almendros de la sección del parque que daba al frente de mi casa, entonces, con el Sol dándome en la cara jugaba a sobrevolar con la cometa los arboles. El pequeño aerodino de papel revoloteaba al son de la brisa de julio, las puntas inferiores de su cola apenas rozaban las hojas más altas. La intensa luz del astro rey hacía ver algo traslúcido el forraje del juguete volador, mientras los llamativos perendengues zumbaban al ritmo del viento. A veces no me iba para a la explanada, sino al parque para estar más cerca de mi casa y así poder volar la cometa por encima de la nueva y refulgente antena que teníamos en ese entonces (en otra entrada hablo sobre ella)
Los días de semana de las vacaciones de mitad de año también
eran propicios para divertirme con mis amigos, como aquel donde que quisimos establecer record de altura con
una cometa de bolsa. Esta era más ligera que las de papel, cualidad que la
elegía como la más adecuada para el reto. Un grupo de niños, incluyendo a quien
les escribe, se reunió en la explanada
y elevamos nuestra pequeña nave. Nos turnábamos la pita y le íbamos agregando altura cada vez
más. Recuerdo muy bien que tensaba la
pita con mi dedo índice derecho y me lo colocaba en un oído para escuchar el zumbido,
era una sensación extraordinaria sentir ese sonido. Nunca lo olvidaré´. Al
despuntar la tarde de ese día, ya la cometa estaba muy lejos, su figura blanca
se notaba cada vez más pequeña…De repente, la pita no soportó más la tensión y
se reventó. La desdichada cometa cayó a dos o tres cuadras más allá, un poco lejos
de donde estábamos. Resolvimos que no valía la pena buscarla, así que dejamos las
cosas así. Con toda seguridad fue
destrozada por otros niños o quedó enredada en una alambrada eléctrica.
Con el tiempo, dejé de practicar este sano juego y mis vuelos
de cometa quedaron en el baúl de los recuerdos. Hasta hace unos 15 años aún las veía en los cielos de julio, pero
actualmente, si acaso, solo alcanzo a percibir una o dos. Algún día, sin
importar mi adultez, deseo volver a
volar una cometa y revivir brevemente aquellos momentos idílicos
de mi niñez.





