Ilustración del autor del blog
En una época donde no había TV cable, ni plataformas digitales, tener
la posibilidad de sintonizar “Venevisión” era todo un lujo que convocaba a los
amiguitos de la cuadra.
Como homenaje a la
memoria de mi finado padre, he decidió escribir una serie de remembranzas de
aquella infancia idílica que él nos regaló. Donde no había otra preocupación
que estudiar, jugar y disfrutar de las cosas sencillas proporcionaba la década
de los 80s en un barrio de clase media de un municipio de la costa norte de Colombia. En esta
primera entrega hablaré de la super antena de TV que mi padre construyó para el
deleite de todos.
Cuando era niño la mayoría de la gente (a excepción de quienes tenían el dinero para instalar una parabólica) solo tenía acceso a tres canales: “Canal 11”, “Canal 13” y el canal regional “Telecaribe”. La programación de los dos primeros, si más no recuerdo, era así: de 8:00 a.m. a 11:00 a.m, franja educativa; de 11:00 a.m. a 2:00 p.m, franja comercial; luego de 2:00 p.m. a 5:00 p.m. volvía la educativa y de ahí en adelante, hasta la medianoche, programación comercial. Los sábados, domingos y feriados no había franja educativa, pues todo el día era comercial. En el canal regional no había mucho que ver, pues en esa época esta recién fundado. Por supuesto que no había nada parecido a una red de televisión por cable que nos diera una señal nítida, así que era asunto de cada quien procurarse los medios para recibirla adecuadamente. Muchos usaban “antenas de bigote” o rústicas antenas aéreas que daban una señal de mala calidad.
Hacia 1983, mi papá compró un flamante TV a color (de perillas) marca “Hitachi” de 21 pulgadas. Ciertamente tener tremendo aparato para ver una imagen pobre y llena de “cocuyos” era como desperdiciarlo. Había que sacarle jugo a la inversión y, si es el caso, capturar el popular “Canal de Venezuela” que era el apodo que tenía “Venevisión”, el principal canal del entonces próspero país vecino y que, según nos habían dicho, tenía mejor programación que los escuetos 11 y 13 de Colombia. Si en algo se distinguía mi papá era que deseaba lo mejor para nosotros, no se conformaba con cualquier cosa. Así que un buen día sabatino llego a la casa con mucho material: varillas de aluminio, cables, tornillos, etc. Sacó las herramientas, se instaló en la terraza, su objetivo; construir una antena, la más grande del vecindario. Inmediatamente, me puse a ver el proceso y a hacerle preguntas.
En eso arribó a la casa mi difunto tío Jesús, quien de inmediato le llamo la atención la intensa actividad que había allí. Al ver que yo seguía haciendo preguntas (las cuales mi papá contestaba como podía) mi tío dijo en tono jocoso: “José (así le decían coloquialmente a mi papá por su segundo nombre) dale a ese pelao pastillas para los preguntones” A lo que seguidamente añadió: “Tico (así me dicen aún), tu si preguntas, más bien observa… “Mire, mijo y no moleste”. Pero no le hacía caso y seguí con el interrogatorio. En realidad, estaba muy emocionado. ¡Tendríamos en casa el “Canal de Venezuela”!
No recuerdo si mi papá terminó con el trabajo ese mismo día o al día siguiente. Lo cierto es que el resultado fue espectacular: una antena “esqueleto de pez” (como le decía) de un total de 1.82 mts de largo por 1.46 mts de ancho (Estando aún vivo, mi papá me confirmo que la vara central medía unos de 1.50 mts de largo, con lo cual, añadiendo el ángulo de las varillas laterales daría el largo total indiqué) Para el niño que yo era, aquel artilugio era inmenso. Imaginaba que era algo así como el espinazo de un pez prehistórico. Era la mejor de todas, la más reluciente y técnica. Mi padre instaló entonces una viga de hierro 1.20 mts en el techo de la casa y asió la antena en su extremo superior.
Venían entonces los ajustes de rigor, mi papá montado en el techo moviendo la antena y nosotros ( mi mamá y mis hermanos) indicándole a gritos cuando se veía bien la señal. “!Ahí, ahí!” “!Muévela un poquito más, así…!” “Déjala ahí, que se ve bien!” Al fin la gritería cesó y en la pantalla de 21 pulgadas del Hitachi emergía clarita y nítida la imagen. Y arriba, herida por los rayos del Sol, orgullosa y altiva, estaba la super antena. Los canales 11 , 13 y Telecaribe eran receptados super bien, pero el plato fuerte, y lo que esperábamos todos, es que la recién inaugurada antena fuera capaz de sintonizar el canal Venevisión. Mi padre giró entonces las perillas del TV hasta que para alegría de todos se reprodujo con toda claridad el famoso canal. ¡Teníamos en casa un mundo de programas!
Quedó vívidamente grabado en mi memoria un eslogan institucional que repetían todo el tiempo el canal venezolano: “1983, el año de la democracia”. Había una popular franja que se llamaba, si más no recuerdo, “Tardes felices” donde pasaban durante toda las tardes de los días de semana programas de dibujos animados. No había franja educativa, ya que, seguramente, había otros canales destinados para ello. En aquellos años la TV venezolana estaba muy por delante de la colombiana. Los fines de semana y festivos, la programación mañanera era de dibujos animados y el resto, películas y series. Mejor dicho, sentíamos como si tuviéramos una antena parabólica.
Nuestra casa se
convertía entonces en el cine de la cuadra. Nuestros amiguitos de las casas
cercanas llegaban a ver la variada programación del canal. Tener a disposición
el “Canal de Venezuela” era un
verdadero lujo en aquella época y todo gracias al ingenio y experticia de mi
progenitor. Hoy día se puede hacer cualquier cosa, nada más se consulta en la
Internet y se encuentran inmediatamente guías
y videos explicativos; pero, en una época donde no había redes, ni Internet, ni
TV Cable, era más complicado recabar información sobre cómo hacer algún
aparato. Por eso tiene tanto mérito el ingenio de mi padre, ingenio que le
alcanzó para hacer prácticamente de todo. Era algo así como un “Mc Giver”.
Muchas veces, para
probar mi pericia, volaba mi cometa por encima de la antena mientras el Sol me
daba en la cara durante esas tardes sabatinas de julio. También me subía en los
arboles colindantes para verla desde otra perspectiva. Con el paso de los años,
la antena siguió prestando sus servicios. A veces se descuadraba por la brisa y
mi papá tenía que subirse raudo al techo para redireccionarla. En una ocasión llovió
con mucho viento y se desplomó aparatosamente sobre la terraza mientras yo,
impávido, contemplaba el suceso desde el otro lado de la ventana. Tuve que
esperar hasta el fin de semana para que mi padre la reparara y volviera a instalarla.
También había que hacerle periódicamente ajustes y mantenimiento porque la humedad y el salitre, propios del ambiente de la
costa, hacía mella en la estructura, dando como resultado el deterioro de la señal.
En 1988 nos mudamos de aquel entrañable vecindario. No recuerdo exactamente si mi padre la dejó instalada en la vieja casa o la desmontó para llevársela a la nueva casa (tiendo a creer que la dejó) Lo cierto es que en esta última, construyó e instalo otra antena, pero más pequeña e incapaz de sintonizar canales extranjeros. En cierta forma se había perdido el encanto. Al cabo de unos años, en 1994, llegaba por vez primera la televisión por cable a nuestra casa y las antenas comenzaban a volverse obsoletas, pues el nuevo sistema brindaba no solo muchos canales, sino, una imagen totalmente nítida sin necesidad de subirse al techo a colocar cosas.
Una de las últimas antenas que hizo mi papá y
que aún sigue en pie.
Sin embargo, en sus últimos años, mi papá siguió construyendo antenas, ya que a veces se caía el cable y había que recurrir momentáneamente a la vieja tecnología. De las últimas que hizo hay una que se mantiene en pie, aunque ya no presta ningún servicio. Es tres veces más pequeña que aquella del 83, pero tiene un significado especial para mí, pues me recuerda a mi papá, el constructor de antenas…









